Un maricòn ilustre.

Carlos Bueno

12 mayo, 2021

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En sus noches alucinadas por los oscuros cafetines de la fría Bogotá de 1928, el poeta Porfirio Barba-Jacob vociferaba que Max Grillo, Tomás Carrasquilla y él mismo, constituían la trilogía de los maricones ilustres de Colombia. Lo afirma otro maricón ilustre de hoy, Fernando Vallejo.

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En sus largos paliques o en las reuniones y costureros femeninos de su época, que siempre disfrutó, Carrasquilla nutrió ese enorme y precioso conocimiento sobre la vida y acciones de los hombres que lo establecen como nuestro mayor escritor. Entre sus curiosos oficios, además de concejal, juez municipal y empleado público de pequeña categoría, estuvo el de la sastrería. Siempre mostró una afición singular por los trajes de mujer y tuvo una memoria admirable para recordar la apariencia de un vestido hasta en el mínimo detalle. Las detalladas carrozas fúnebres que acompañaron en 1905 a Jorge Isaacs hasta su mausoleo en el cementerio de San Pedro en Medellín fueron diseñadas por el viejo carrasca.

Ñito Restrepo, su condiscípulo, lo recordaba “por 1876 como un filipichín o petimetre, voces aplicables al que se acicala demasiado y cuida más de su persona e indumentaria que sus libros o tareas o negocios. Estudiante frisador en los 18, él y su compañero inseparable, Pacho Rendón, era la pécora de nosotros los estudiantes puebleños”. Su propio personaje, Martín Gala protagonista de Frutos de mi tierra, estaba más “dedicado a los vestidos, leontinas, relojes y otras galanuras que a sus libros de estudio y cuya mayor ambición era la de ser un Cachaco”.

Contaba su biógrafo, el eminente canadiense Kurt Levy que “dentro de sus sencillos hábitos personales de hombre, tenía dos aficiones en grado extremo: beber y fumar. “Mi nombre es una inflexión verbal, que he practicado toda mi vida, porque he tomado mucho aguardiente”, decía. Testigos presenciales le calculaban el promedio de ración cotidiana en cincuenta copas, que al parecer no le afectaban en lo más mínimo. Fumaba hasta 70 cigarrillos al día. Y sus distracciones favoritas eran el tresillo y el tute que le proporcionaba grata oportunidad de charla con las damas y por este medio mantenerse al hilo en la chismografía local. Sugerían que completaba su información parándose a echar ojo por las ventanas mientras iba por la calle. Carrasquilla negaba el cargo alegando que sólo la malicia del prójimo podía interpretar en esa forma la lentitud del paso a que lo obligaba la herida de un pie.
Gracias a su maravillosa memoria podía reconstruir no sólo los detalles exactos de los vestidos que había visto, sino aún retener conversaciones oídas años antes.

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Un ejemplo al zar tomado de la magistral La marquesa de Yolombó: “Bien adobado y mejor comido, se bota a la calle, muy campante y plantadote. Aunque setentón, trata de empinarse y hasta se empina; aunque desdentado y sumido de carrillos, aún lucen sus ojos, casi negros, unos vislumbres juveniles de honda picardía. Es alto y cenceño, no muy arrugado, y sus facciones enérgicas aún dan fe lo que esa cara pudo haber sido en sus floridos años. Negrean sobre el cabello albo el sombrero al dos y el lazo mariposil de la coleta; rompepaño de San Fernando, ala de mosca, en un terno más para corte que para cortijo”.
O esta maravillosa descripción de un baile negro:

“Es el mapalé delicioso. Son doce: Fórmanse en filas, negros de un lado, negras del otro. Alzan los blasones a igual altura y aun solo golpe. Se cruzan, se alternan, los brazos se entrelazan, se traban las llamas. Cara a cara, blanqueando los ojos, vibrantes las jetas, se magnetizan. Acentúan el compás con pie experto, ya hacia adelante, ya hacia atrás. Bordan y dibujan sin desligarse un ápice. Se alzan, se menean, se doblan, se agachan. Van a caerse. Mas, a un tiempo mismo, se prenden en rueda, levantan las diestras y las acumulan en el centro en un solo foco, mientras las siniestras forman, junto al suelo, un círculo concéntrico. El molinete gira y gira, en vértigo de llamas.

Rómpese de pronto y aquello sigue por parejas. Es el desvanecerse supremo. Remenean las caderas, en convulsivo zarandeo. Tiemblan los senos cual si fueran gelatina. Jadean aquellas bocas. Serpean aquellos cuerpos, barnizados por el sudor. Relumbran los ojos, los aros y las gargantillas. Se estrellan los cuerpos en un espasmo: Tornan a inclinarse. Tornan a erguirse. Se afianzan en los remos, lanzan los bustos hacia atrás. Arrojan las teas y terminan. Es un brote de esa África lejana que llevan en su sangre y que sus ojos nunca vieron. Es un rito sagrado ante un Eros cruel y dolorido. .!Oh fuego, que así ardes en la cera obscura de la colmena agreste, como en los campos nevados de las abejas rubias!

Los tamboriles y caramillos siguen y siguen. Sigue la gaita y el bombo. Arden las fogotas y el embolismo no cesa. Vienen después otras danzas menos complicadas. En fin, esos padres de la cumbia y abuelos de ese tango dominador, de quien se ha ocupado el Santo Padre…“

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En el año 1928 vió la luz la primera edición de La Marquesa de Yolombó y se celebró el cumpleaños número setenta de su autor. En esa ocasión Porfirio Barba Jacob rindió homenaje a Carrasquilla como “la más brillante personalidad de nuestra novela y uno de los más altos exponentes de ese extremado género literario en los pueblos del nuevo mundo”.


En el comienzo de su escabrosa, lírica, expresionista, magnífica y satírica novela, El Fuego secreto, rayando en la histeria, la furia y la alucinación el propio Fernando Vallejo, escribe: “! Mierda !, dijo la Marquesa, poniendo las tetas sobre la mesa. Con quién peleo, si sólo maricas veo…” Echó una mirada en torno, por el cafetín abyecto y sus ojos se detuvieron en mí. Yo solté la gran carcajada: era el personaje más extraordinario que había visto en mi vida.

Hernando Aguilar, la Marquesa, tendría cincuenta y cinco o setenta años entonces, una edad antediluviana y era de Yolombó, en las montañas de Antioquia. De ahí el título: La Marquesa de Yolombó, que se puso él mismo, porque no se lo dio nadie: ni Dios, ni el Rey, ni el pueblo inmundo. Y como un escapulario se lo chantó encima, por burlarse de él, de mí, de usted, de Antioquia, del partido conservador, del partido liberal, de la Santísima trinidad y la Sagrada familia y primero que todo y antes que nada y al final de cuentas, de Tomás Carrasquilla, ese viejito chismoso y marica de Santo Domingo el pueblo de mi abuelo, que había escrito entre varias una novela: La Marquesa de Yolombó, justamente.

En Antioquia, con tanto que ha corrido el río, no ha habido más Marquesas que ésas: una que cruzó por la imaginación de un viejito urdidor de mentiras, y otra que vivió una noche, una sola noche de mi recuerdo en el café Miami, entre tangos y boleros, mientras iba y venía endemoniado el aguardiente y cantaba el traganíquel y se me quemaba el corazón. Marquesa de la vida o la novela, ahora las dos se me hacen una sola, acaso porque la vida cuando se empieza a poner sobre el papel se hace novela.
Trilogía de maricones ilustres a la que faltaría agregar –al azar de la memoria- a José María Vargas-Vila, Bernardo Arias Trujillo, Gustavo Álvarez Gardeazabal…

Hoy, a más de 160 años de su nacimiento asombra su prosa, sus convicciones literarias, el nivel de conocimiento de los hombres y la cultura de su época. Una vasta y dilatada literatura: Tomás, una inflexión verbal. ! Salud!