Los últimos nadaístas.

Carlos Bueno

17 agosto, 2021

Los últimos nadaístas

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San Juan de Andes: los restos del nadaísmo llevando los restos del papa negro, Gonzalo Arango, a su tierra.
Carlos Bueno-F. Zapata-Jaime Espinel, Barquillo-J. Mario Arbelaez-Pablus Gallinazo-Jorge Iván Correa-Berta Lucía Gutierrez-Carolo-Josué-Elmo Valencia-B.Loaiza-Juan Jairo García.

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 Jotamario Arbelaez-Carlos Bueno. San Juan de Andes.

La tarde de perros, plomiza y lluviosa, del 27 de septiembre de 1976 tres escuálidos, anónimos e insolentes jóvenes llegaron en un viejo jeep Willis 54 de color rojo que semejaba un juguete de la marca Búfalo, al cementerio Campo de Paz de Medellín. Pocas horas antes redactaron apresurados un discurso entre tierno, incoherente y majadero para leerlo en el entierro del profeta del nadaísmo, Gonzalo Arango, caído el día anterior por un cebollazo. No sabían bien qué carajo iban a hacer, pero ahí estaban en una sala de velación donde nadie hablaba y con el Papa Negro en el medio, pocos instantes antes de que lo taparan por siempre. Este cronista fue el último que lo observó antes de que cerraran el ataúd.

En la Universidad de Antioquia habíamos fundado con Leonel Gallego, Jairo Osorio, Rodrigo Maya, Juan José Hoyos y Hernando Guzmán Paniagua periódicos punzantes y divertidos que nos ganaron el odio por igual de los miles de grupúsculos de la cavernaria izquierda colombiana y de la otra caverna, la derecha y los conservadores de la Antioquia profunda goda y recalcitrante. Creamos un llamado Comité Cívico para concretar el sarcasmo. La tendencia Manecitas Rosaditas que la conformaban Gallego, Osorio y Bueno estaba allí con dos cuartillas de afán para leer en ese momento.

Comienza el descendimiento del féretro y ninguno se atrevía a leerlo. Y cuando el operativo fracasaba, Jairo Osorio, intrépido, desvergonzado y heroico se parapeta en el montículo final de arena y comienza a decir, tembloroso al comienzo y seguro al final, mientras descienden el cajón:

Señor muerto, señores duelos cuasi muertos. Nosotros, intrusos, chiclets o embolados en este entierro, reclamamos nuestra parte para dar a buen morir a aquel que un día nos dijo: “fui irreverente y eficaz en la tarea de proclamar el desastre, el terror, la ausencia de sentido y por cumplir la voluntad satánica fui condecorado con las rosas de la lujuria y la locura. –Ahí murió tu eternidad-. Equivocaste el camino y por eso estás ahí, yermo, tieso, mudo, inmóvil como cualquier muerto. Rescatamos de ti el buen decir y tus primeros pasos.

Si no se te fue permitido trascender, si nos está permitido seguir desordenando palabras, incumpliendo órdenes y violando todo, hasta tu entierro. Ya quedaste bien ahí. Mejor así. Porque podemos ignorar tu entrega a la tradición sin discutirte y querer tu Manifiesto para dárselo como novenario a las gentes buenas y cristianas de Antioquia. Ahí estás sin poder mover un dedo ni para señalarnos. Ahí estás inmóvil. Ahí estás con tus mejores amigos, los gusanos… Llegamos a enterrar sólo tu ascetismo y a desenterrar los años en que te hiciste enemigo, mezquino y traidor de aquellos que hoy te fosilizan, maquillan y momifican como Gloria Nacional, para que tu nombre no se incluya en los textos escolares que babearán maestros de urbanidad y buen decir.

Venimos por ti Gonzalo, para que salgamos a juniniar, dejando en tu lugar a estos sepultureros, inspectores de la moral y demás entomófagos que han venido noblemente a espetar tus despojos. Venimos por ti y esperamos que no te niegues, porque la primera tanda está pagada y en el traganíquel está sonando siglo veinte cambalache, problemático y febril. Irreverentes, tiernos y sospechosos. Tendencia Manecitas rosaditas.

Todo en el momento en que se le echaba tierra a Gonzalo Arango. Este discurso ocasionó distintas reacciones, siendo la más notoria la indiferencia. Al final un asistente se acercó al orador y le dio la mano. En igual sentido se manifestaron los miembros presentes del Comité Cívico.
La crónica del día siguiente del periódico El Colombiano señalaba que al final del sepelio, cómo era de esperarse, unos nadaístas hicieron su exhibición lóbrega e insolente de siempre. Éramos nosotros, los últimos nadaístas. Gracias, compañero Jairo Osorio, sos un varón, o ¿barón?. Et nemini culpa imputanda est.

 

Texto original del 27 de septiembre de 1976. 

CRÓNICAS
Ancón 1971-2021.

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