Pensar  sin  límites  ni  deudas

Carlos Bueno

2 enero, 2024

Hannah Arendt

Follow in Hannah Arendt's footsteps on this New York walking tour | The Times of Israel

La  diferencia  entre teoría y filosofía política: se trata de una diferencia objetiva. La expresión «filosofía política», que yo evito, está extraordinariamente lastrada por la tradición. Al hablar de estas cosas,  desde  un  punto  de  vista  académico  o  extraacadémico,  tengo  siempre  en cuenta la existencia de una tensión vital entre filosofía y política; en concreto, entre el hombre como ser que filosofa y el hombre como ser que actúa. Esta tensión no se da en la filosofía natural, por ejemplo. El filósofo se sitúa frente a la naturaleza como cualquier otro ser humano y, al reflexionar sobre ella, habla en nombre de toda la humanidad.  Pero  no  puede  ser  objetivo  o  neutral  frente  a  la  política.  No  desde Platón.  […]  Por  ello,  en  la  mayor  parte  de  los  filósofos  se  da  una  especie  de animadversión contra toda la política, con muy pocas excepciones; Kant entre ellas. Una animadversión que, en este orden de cosas, tiene enorme importancia, pues no se  trata  de  una  cuestión  personal.  Es  algo  objetivo.  Se  halla  en  la  naturaleza  de  la cosa  misma.  […]  Quiero  contemplar  la  política,  por  así  decirlo,  con  ojos  no enturbiados por la filosofía.

Thinking Our Way Through Coronavirus: Hannah Arendt's Insights for Dark Times – Blog of the APA

 

Este  rechazo  casi  automático  de  todo  lo  público  estaba  muy  extendido  en  la Europa de los años veinte con sus «generaciones perdidas» —como se denominaban a  sí  mismas—  que  por  supuesto  eran  minoría  en  todos  los  países,  vanguardias  o élites, dependiendo de cómo se las evaluara. Que fueran reducidas en número no las hace menos características del clima de los tiempos, aunque ello quizá explique la curiosa y general distorsión de los «locos años veinte», su exaltación y su casi total indiferencia con respecto a la desintegración de todas las instituciones políticas que precedió a las grandes catástrofes de los años treinta. Hay testimonio de este clima contrario a lo público de la época en la poesía, el arte y en la filosofía; fue la década en la que Heidegger descubrió das Man, los «Ellos» en oposición al «verdadero ser un  yo»,  la  década  en  la  que  Bergson  creyó  necesario  en  Francia  «rescatar  el  yo fundamental» de los «requerimientos de la vida social en general y del lenguaje en particular».

 

Livro - Hannah Arendt - Livros de Filosofia - Magazine Luiza

El hecho de que Sócrates no hubiese sido capaz de persuadir a sus jueces acerca de  su  inocencia  y  sus  méritos,  que  parecían  bastante  obvios  para  el  mejor  y  más joven  de  los  ciudadanos  de  Atenas,  hizo  que  Platón  dudara  de  la  validez  de  la persuasión. A nosotros nos resulta difícil comprender la importancia de esta duda, porque «persuasión» es una traducción muy débil e inadecuada del antiguo peithein, cuya importancia política se advierte en el hecho de que Peito (Peithó), la diosa de la persuasión, tenía un  templo en  Atenas. Persuadir, peithein, constituía  la forma de discurso  específicamente  política,  y  puesto  que  los  atenienses  se  enorgullecían  de que ellos, al contrario que los bárbaros, conducían sus asuntos políticos en forma de discurso y sin coacción, consideraban la retórica, el arte de la persuasión, como el arte más elevado y verdaderamente político.

 

Cita de libros: El inquietante peligro de la banalidad del mal en la actualidad

 

La calamidad de los que han quedado fuera de la ley no estriba en que se hallen privados de la vida, de la libertad y de la prosecución de la felicidad, o de la igualdad ante  la  ley  y  de  la  libertad  de  opinión  —fórmulas  que  fueron  concebidas  para resolver problemas dentro de unas comunidades dadas—, sino que ya no pertenecen a comunidad alguna. Su condición no consiste en no ser iguales ante la ley, sino en que no existe ley alguna para ellos; no es que estén oprimidos, sino que nadie desea oprimirlos siquiera. Solo en la última fase de un proceso más bien largo su derecho a la   vida   puede   verse   amenazado;   solo   si   continúan   siendo   perfectamente «superfluos», si no hay nadie que los «reclame», puede hallarse su vida en peligro Incluso  los  nazis  comenzaron  su  exterminio  de  los  judíos  privándolos  de  todo estatus legal (el estatus de ciudadanía de segunda clase) y aislándolos del mundo de los  vivos  mediante  su  hacinamiento  en  guetos  y en  campos  de  concentración;  y antes  de  enviarlos  a  las  cámaras  de  gas  habían  tanteado  con  cuidado  el  terreno descubriendo, para su satisfacción, que ningún país reclamaría a estas personas. La cuestión es que antes de que el derecho a la vida se viera amenazado se había creado la condición de una completa ilegalidad.

 

Eichmann a Jerusalem: A32621 : Arendt, Hannah: Amazon.sg: Books

El peligro de las fábricas de cadáveres y de los pozos del olvido es que hoy, con el aumento  de  la  población  y  de  los  desarraigados,  masas  de  personas  se  seguirán tornando  constantemente  superfluas  si  seguimos  pensando  en  nuestro  mundo  en términos utilitarios. Los acontecimientos políticos, sociales y económicos en todas partes se hallan en tácita conspiración con los instrumentos totalitarios concebidos para  hacer  a  los  hombres  superfluos.  La  tentación  implícita  es  bien  comprendida por  el  sentido  común  utilitario  de  las  masas,  que  en  la  mayoría  de  los  países  se sienten demasiado desesperadas para retener una parte considerable de su miedo a la muerte. Los nazis y los bolcheviques pueden estar seguros de que sus fábricas de aniquilamiento,  que  muestran  la  solución  más  rápida  para  el  problema  de  la superpoblación,  para  el  problema  de  las  masas  humanas  económicamente superfluas y socialmente desarraigadas, constituyen tanto una atracción como una advertencia. Las soluciones totalitarias pueden muy bien sobrevivir a la caída de los regímenes totalitarios bajo la forma de fuertes tentaciones, que surgirán allí donde parezca  imposible  aliviar  la  miseria  política,  social  o  económica  de  una  forma valiosa para el hombre

 

 

Eichmann à Jérusalem - Rapport sur la banalité du mal (Collection Folio Histoire , n°32) de Arednt Hannah | Achat livres - Ref RO80248261 - le-livre.frEichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil - Arendt, Hannah: 9781452601656 - IberLibro
Hannah Arendt y la banalidad del mal (2012) | MUBI
Hannah Arendt, 1906, Hannover- 1975 NY.USA,  fue una escritora​ y teórica política​ alemana, posteriormente nacionalizada estadounidense, de religión judía y aunque ella no se hacía llamar como tal, puede ser considerada como una de las​ filósofas más influyentes del siglo XX.​

Encarna, quizá como nadie en el campo del pensamiento,  las  turbulencias  del  siglo XX,  un  periodo histórico  que,  a  partir  de  las  penurias  que  ella  misma  sufrió como ciudadana, se dispuso a juzgar con valentía y sin sostén metodológico, animada por la necesidad de comprender y de salvar algo entre las ruinas de la tradición en la que se había educado  y  que  había  visto  derrumbarse  con  inquietud  pero también  con  inagotable  curiosidad.  Formada  en  filosofía germánica  y  pronto  desengañada  de  la  disciplina,  Arendt abandonó  la  morada  que  habían  ocupado  los  grandes pensadores  europeos  para  salir  al  ágora  y  vérselas  con  las necesidades  políticas  y  sociales  de  su  particular  tiempo  de oscuridad, reinventándose en otra lengua —el inglés— como teórica  del  espacio  público  e  inmiscuyéndose  en  todos  los asuntos vinculantes de su presente: el totalitarismo, la Shoah, la creación del Estado de Israel, el deterioro de la democracia estadounidense  o  la  guerra  de  Vietnam. 

La banalidad del mal, de Hannah Arendt - Filosofía y Humor | Lyssna här | Poddtoppen.se

El  rasgo  intelectual que  mejor  la  define  quizá  sea  la  osadía.  No  hubo  ninguna cuestión,  por  compleja  que  fuera,  que  no  abordara  con  la misma  decisión  y  el  mismo  ímpetu,  desafiando  a  los especialistas  en  la  materia,  desbordando  su  campo  de investigación  y  abriendo  siempre  su  propio  camino.  Ella misma  se  refirió  a  menudo  a  su  falta  de  método  como  un «pensar   sin   barandillas»   que convertía    sus    obras    en    trabajos    constitutivamente experimentales  y  provisionales,  alejados  de  la  comodidad  de la rutina interpretativa y expuestos al peligro de la intemperie. Quizá  por  esa  razón,  Arendt  nunca  ha  dejado  de  recibir ataques de la ortodoxia académica, indignados algunos de sus colegas  por  su  independencia  crítica  e  incluso  por  su arrogancia.  Ideológicamente,  además,  Arendt  tampoco  se dejó  encasillar  nunca.  Conservadora  o  reaccionaria  para algunos e izquierdista para otros, ella misma admitió que no sabía  qué  lugar  ocupaba  en  el  espectro  ideológico,  algo  que por  otra  parte  tampoco  le  importaba  demasiado.  Y  es precisamente  en  esa  indefinición,  síntoma  de  una  forma  de pensar  sin  límites  ni  deudas,  donde  estriba,  junto  a  su desmesurada ambición intelectual, la vigencia de su legado.

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Disculpen la vanidad: el día que me pierda, búsquenme con las putas y los borrachines.

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