“Es más fácil morir por la revolución −o por la mujer−  que se ama, que vivir con ella.

Carlos Bueno

23 enero, 2023

Tulio Bayer II

Solo, contra todos

 

El Loco Rincón buscó instaurar un mundo feliz sobre la tierra y para lograrlo renunció a todo, menos a la esperanza. Al final de su primera aventura, cuando los soldados de Ciudad Bolívar lo condujeron hacia la avioneta militar, sintió el caluroso llamado de la gloria y creyó ver el destello de una espada en el firmamento. El sol caía llameante sobre la planicie y olorosos vientos cargados de esencias vegetales cruzaron el valle del Orinoco donde vivió gran parte de sus sueños. La polvareda ocultó el horizonte, mientras el piloto gritaba desde su cabina para espantar dos reses que obstruían el paso. Petronio se recostó sobre un cajón repleto de mangos biches y se puso a fumar. Sudaba con abundancia y sus ojos negros brillaron al despedirse, al decirle adiós a las armas. Lo esperaba el exilio. (Eduardo García Aguilar. El bulevar de los héroes. México: Plaza y Janés, 1987, pág.7)

 

París

En su mitología personal era un revolucionario que debió haber muerto en 1959, en el 64 o en el 66, no importa la fecha. Cometió ese error histórico de ser un anacronismo que se paseaba como best seller con un libro atrasado por el cual debía responder ante los implicados allí, añadiendo incluso más cargos y más nombres si hay polémica, y responder ante los revolucionarios o presuntos revolucionarios diciéndoles cosas muy desagradables de sus respectivos grupúsculos.

No podía imaginarse regresando a Colombia a pedir un puestecito como médico. Pensaba, mientras adelantaba en su apartamento de París una nueva traducción para editoriales médicas, que le gustaría trabajar en otro oficio, que le encantaría, y de serio que lo añoraba, cuidar animales, administrar plantaciones o vender pirulí, pero eso es muy difícil en Colombia. Obligado a trabajar para vivir, como centenares de miles de proletarios de todo el mundo, el destino le impuso estar atornillado a una silla, no escribiendo lo que le gusta, que sería un placer, sino lo que abomina, lo cual es una tortura.

Para entonces estaba  cansado de la serie de cortometrajes que constituían  la vida de ese tal Tulio Bayer, médico, guerrillero, errante por tantas geografías. Consideraba el más estúpido de todos ellos, el de quedarse a vivir o más exactamente a morir en Francia, simplemente para pagar impuestos, cuando ya ha desaparecido todo el aroma, toda la sensibilidad, toda la curiosidad inicial. Y sobre todo cuando el revolucionario está ya muerto, pues ya en ese instante apenas pasado mayo del 68, confesaba que la solución planetaria del problema actual de la especie humana se le presentaba dudosa, con posibilidades de precipitarse en una catástrofe universal por atentados incesantes contra la vida llevados a cabo por los dos imperialismos, el yanqui y el soviético, que tenían en sus manos todos nuestros destinos.

No era lo mismo ser fervoroso revolucionario años atrás, cuando no conocía las complejidades del socialismo o de los pretendidos socialismos, cuando no creía que los verdaderos revolucionarios rusos son los resistentes de entonces que estaban en cárceles o campos de concentración y, que los verdaderos revolucionarios cubanos son muchos que están hoy también en granjas por haber señalado con razones los errores de dirigentes mejor colocados en el partido.

Tulio Bayer en París

Todo ha cambiado. Si como decía Wilde, el que vive más de una vida debe morir más de una vez, Bayer había asistido ya a la muerte de varios de los componentes del sujeto, de él mismo, y si no lo ha eliminado ya, para poner bien puesta la palabra FIN, es porque le queda todavía una nostalgia del sol. Aunque el sol europeo es como un espejito que le pasaran a uno por la cara dos horas al día durante escasos 90 días. Un sol raquítico, casi una figura retórica. De modo alguno un astro en incandescencia como el que tenemos los colombianos. La imagen que ya tenía de lo que había pasado en la evolución de las ideas, era que el cadáver de Dios, putrefacto, había servido para que se alimentaran los gallinazos, los zamuros de derecha y de izquierda, los obispos católicos y marxistas. Era con base en estas cagarrutas dogmáticas como se habían hecho todos los socialismos. El verdadero socialismo está por inventar.

Pero que no haya fantasmas, que los hombres no se evaporen, porque los fantasmas derriban todos los gobiernos. Si una revolución no puede explicar a un hombre de qué se le acusa, no puede condenarlo ni absolverlo, ni dejarlo salir libremente de su país, entonces esa revolución no vale nada para nada. No es más que un episodio de barbarie humana, a nombre de un ismo.

¿Cómo había llegado Bayer a esa situación? Intentemos un resumen de la situación: Tulio llegó  a París en 1967, venía de su polémico asilo en la embajada de México en Colombia, luego de su aventura guerrillera en el Vichada y de su reclusión en la cárcel Modelo de Bogotá. De México será expulsado  por el gobierno del PRI. Luego viene su  expulsión  de Cuba, su asilo en Checoslovaquia y, posteriormente, llegó a Francia. En ese momento, Francia estaba gobernada por un mito, Charles de Gaulle, próximo a Juana de Arco y a Carlomagno. También Bayer era un mito, pero en el ocaso.

Tanque, Amira Pérez Amaral

Se alojó con su esposa venezolana Tanque, Amira Pérez Amaral −siempre le dijo así, por pequeña, gordita y revolucionaria−, en un suburbio pintoresco a la orilla del Sena, en un viejo garaje acondicionado en el que disfrutaban sin pagar de la radio y de la televisión. El aire era puro afuera. Monique Bechet, que era la dueña del tugurio modernizado, semejaba una diosa de ojos verdes con un niño que parecía un ángel, estaba poseída por todos los demonios de la lujuria, y cambiaba de vertientes de ideología de izquierda según el último amante. Bayer ganaba 400 francos y con eso comían y bebían; casi todas las noches eran fiestas: París estaba lleno de leyendas, de embrujos, de encantos, de lugares por descubrir.

Llegan a creer que la revolución estaba al alcance de la mano, ¿al fin y al cabo casi no tuvieron el poder en 1968?  Pero, como siempre, ¿no era ésta una nueva traición de un partido comunista, esta vez el francés? Murió el Ché. El médico colombiano Leiva, que se creía agente de enlace, resultó miembro de la CÍA. Todo era una traición, pensamiento y acto no coincidían, menos aún en los que se confiaba.

Así, un día se lanzó a París, se salió del burdel, como lo llamaba, arregló sus papeles, declaró impuestos, comenzó a pagar a cajas de pensiones y de compensación familiar. Se mudó a una torre oligárquica, y se convirtió en una especie de tránsfuga que trabajaba  dizque para vivir, cuando hace ya mucho tiempo que no vive, y que lo único que hace es consumir y pagar. Pagar impuestos, al año, un mes y medio de trabajo. Cuando se sabe que los políticos y los industriales de la contaminación los eluden. Pagar. Hace ya rato que lo dejó la Revolución.

Y la rabia y la preocupación es mayor para Bayer: Esos impuestos sirven para perfeccionar la bombineta y el armamento nuclear francés, que además es puro bluff, pura baladronada, pues sólo han tenido accidentes y no impone respeto ni a los yanquis ni a los rusos ni siquiera a los chinos, es absurdo. Tanto que la cierta idea de Francia que tenía: Egalité, Fraternité, Liberté, era distinta a esta nueva que conocía de ser un mercader de centrales termonucleares, algo más abominable que el clásico mercader de cañones.

En fin, empieza a reconocer que su error fue salirse a vivir juicioso, meterse solo en el engranaje administrativo, convertirse en un mouton francés. Monique se lo advirtió, le hizo ver que iba a perder el alma, que él era mejor pobre y fuera de la ley que metido en un estatuto de refugiado político, porque se convertiría en un absurdo ambulante: ni francés ni colombiano.

Los amigos revolucionarios que conocía entonces, marroquíes, españoles, argelinos, colombianos –Julio César Cortés, Medina Morón, Toro, etc. – habían sido asesinados, murieron tal vez sin pena ni gloria aparente, pero en su ley, en pleno vigor, en tanto que él y Tanque estaban sepultados en vida, fichas de un archivador. Pero ya para ellos no era tiempo de salir a reeditar aventuras guerrilleras, aunque tampoco estaban viejos. En fin, Bayer tenía ganas de buscar un oficio diferente, digamos que estaba cansado de lo que hacía. La situación era difícil, pero no grave,  en todo caso de ningún modo seria.

Sí. Su vida era una serie de cortometrajes, todos sin terminar. Pensaba que tal vez la razón estuviera en su nacimiento, en su infancia. Que quizás por haberle faltado o sobrado una palabra del bautismo, su vida no era una película completa como la de todo el mundo, sino una serie de mediocres cortometrajes.

Bayer está en el momento de ponerle punto final al episodio de refugiado político: Para él, ya es un título equivocado en la significación emocional y romántica que le dio al principio de  esos años de trabajo, puesto que políticamente hablando ya no gozaba de ninguna libertad y estaba trabajando prácticamente para el enemigo.

LA GUERRA DE TULIO BAYER

Su destino estaba marcado desde siempre. Definitivamente su vida no era un rodaje terminado. Recordaba cómo de primera intención lo bautizó don Julio Jaramillo, abuelo materno y alcalde de Pácora, de vacaciones en Riosucio. Este azaroso sujeto era fundamentalmente… alcalde y, accesoriamente, afilador de navajas, de tijeras y de machetes, médico homeópata y en ocasiones, partero. Se especializó en el bautismo, que en el peor de los casos, libraba a la criatura de ir al limbo. De allí su manía bautizadora. Ocho días después, lo rebautizaron solemnemente en el templo de San Sebastián de Riosucio. Y su padre, alcalde del pueblo, acompañado de su abuelo, coronel de las guerras civiles y por entonces juez municipal, discutieron ante el auditorio de policías y futuras monjas el reato de conciencia de don Julio que temía no haber hecho bien la ceremonia.

Circula, así pues, en su medio familiar, que resultó bolchevique porque le faltó una palabra del bautismo o hubo una peligrosa duplicación de algunas de las personas de la santísima trinidad. En todo caso, no pudiendo nadie programarse ni genética ni teológicamente, hay que defender hasta el final el derecho a la diferencia.

Ahora sí que la apreciaba en París. Bastaría hacerla notar no sólo por el impuesto y por el alquiler sino por su trabajo mismo: gran parte de sus ingresos proceden ahora de traducciones sobre misiles, radares, tanques, helicópteros, vale decir material de guerra, y sobre publicidad aparentemente científica de productos farmacéuticos. Lo que da plata en la traducción es pura basura, salvo la de la enciclopedia médico-quirúrgica que estaba adelantando. No tiene sentido trabajar para el enemigo… y para engordar. Traducir, un trabajo que puede ser tan largo como la concepción de la obra original y, aún más, solitario. Y que pese a todos los sacrificios, siempre tendrá un aire de anonimato. Al fin de cuentas, todos los traductores son autores de letras ajenas, que hablan por otros y no por sí mismos. Un oficio que acaba por saturar a quien lo practica.

Su experiencia nueva de habitante de torres en París ha virado progresivamente al infierno, pues a la contaminación del aire se suma el diluvio de facturas, de impuestos, de seguros, de contribuciones y de donaciones, casi todas ellas obligatorias, de modo que el gobierno por una parte, y las grandes compañías por otra, han convertido estas aglomeraciones en prisiones verticales, estandarizadas, dirigidas, influenciadas por todos los medios de propaganda, serializadas, de manera de sacar el máximo provecho de administrados y consumidores.

Años atrás, Bayer pudo subsistir de una manera no penosa, por aquella vieja amistad con la dama francesa, madre celibataire a la francesa, Monique. Ella pagaba el gas, la electricidad y nacionalizaba en la empresa, en donde trabajaba un promedio de 200 francos en estampillas destinadas a su uso particular, así como papel, cintas de máquinas de escribir e inclusive una magnífica máquina de teclado francés, que es la que utilizaba en su trabajo. Esta situación, como todas, tuvo su final. Monique se fue unos días a Argelia en busca de un amante y en el intervalo se le presentaron problemas con unos amigos de ella que ocuparon parte de la casa e hicieron trepar las cuentas de tal manera que se presentó el conflicto, aunque sin bajas.

Che Guevara - Wikipedia

El año 1968 en Choisy le Roi, suburbio de París, fue también el año de una digestión muy difícil, la de digerir su experiencia política, traicionado por todo el que hasta ahora ha tenido la oportunidad de usarlo, incluyendo a Fidel Castro. Siempre aseguraba que en la muerte de su colega Ché Guevara, en su gesto desesperado y final, un verdadero suicidio aceptado conscientemente, hubo mucho de decepción. Para decirlo sin los innumerables detalles y matices que están adheridos a este doloroso asunto, Ché pensaba, al modo de Lord Byron con respecto a las mujeres, que es más fácil morir por la revolución −o por la mujer−  que se ama, que vivir con ella.

En Choisy le Roi se presentó el más sangriento drama de esta vida de revolucionario ingenuo que había vivido hasta entonces con un médico tolimense, Alberto Leiva Samper. Su historia con él es larga, pero se resume en que desde su llegada a Francia con pasaporte colombiano en regla, su francés y la falta de costumbre de hablarlo, le hizo ponerse un poco bajo la protección del colega y del revolucionario Leiva.

Él lo mantuvo en Choisy trayendo y llevando hojas de vida, que siempre eran rechazadas. Su único ingreso el año anterior, habían sido 200 francos mensuales que le daba Leiva. El Gran Hermano se presentaba con su cheque, comía en su casa, y de paso, muy de paso, le encargaba hacerle unas traducciones francés-español sobre temas médicos o inglés-francés sobre otros temas. Meses después de estar recibiendo los famosos 200 francos mensuales del generoso colega, se topó con el descubrimiento de que Leiva vendía su trabajo a una casa de ediciones hasta por  600 francos. Le estaba explotando en nombre del marxismo-leninismo, sin duda.

Lo obligaba, de esta manera, a comer gatos, cogidos en cacerías nocturnas, y palomas −las hay muchas y muy gorditas en París y mansitas, además−, a cumplir las leyes cinegéticas aprisionando de preferencia los machos adultos, y a pedir tablas para calentarse en el invierno.

BAYER, Tulio – | Diccionario Biográfico de las Izquierdas Latinoamericanas

Ya se verá que el analfabeto político ha sido él, y ya para ese momento le parece presuntuoso el estilo, el tono ingenuo y más que naïve de Carta abierta a un analfabeto político, ese famoso libro que hoy lo revienta.

Esta residencia en la tierra es pura lucha de lobos, el hombre nuevo, generoso, sin egoísmo, no ha sido creado todavía y no queda más camino que morir en una cañada a lo Guevara, o decidirse a vivir en París, al menos en un medio en donde es posible enriquecerse de cultura, que es lo que definitivamente eligió.

Tanque tiene muy buenas cosas, como dicen en Antioquia. Sabe cocinar muy bien, algún día será Cordon Bleu, dispara bien la carabina 22 y el fusil de guerra, y gracias a un bombardeo de discursos de su parte, hasta ha aprendido francés, el necesario para el consumo regular. En cuanto a sus opiniones, en realidad, ella piensa que Bayer escribe muchas pendejadas. Desde que se casó con Tulio, no cree en Dios pero sí en el camarada destino, que es como él llama a la buena suerte, la suerte, o la providencia. Ella marcha despacito pero sin claudicaciones por todos los caminos por los que Tulio se mete y para él, eso es grande. Vive ahora en el bulevar Reuilly, en un bonito cuartico que da sobre la alameda. Lo llama Le petit pentagone, y es ahora, su última trinchera.