..era fastuoso, ostentoso, perezoso, mentiroso, e impetuoso perseguidor de faldas…

Carlos Bueno

25 agosto, 2022

No hubo faena, no hubo lidia, no hubo nada:

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 1912. Rafael Gómez Ortega, El Gallo, también conocido como El Divino Calvo.

 

Joselito dando un pase natural, de forma muy moderna, toreando ya en redondo.

 

Carrera Girardot

Circo Teatro España en el cruce Girardot con Caracas. Medellin. Manuel A. Lalinde, 1922.

Medellín, Anverso y Reverso: El Circo España
El circo España estaba situado en el corazón de un barrio residencial de Medellín entre las calles Caracas y Argentina y las carreras Girardot y El palo. Eran tapiales bajos, coronados de tejadillos rojos de barro cocido y otros pintados en color gualda con zócalo escarlata que eran los colores de la bandera monarquista española. Tenía capacidad para cinco mil aficionados cuando la ciudad entera albergaba unos cien mil. A ese circo llegó en 1924, más mentiroso que nunca Rafael Gómez Ortega, El Gallo. Era hermano de Joselito, el niño prodigio del toreo, cuya muerte en 1920, prematura e inesperada, no hizo sino engrandecer su leyenda como gran maestro de la vieja lidia.

Era, además, cuñado de Ignacio Sánchez Mejías. Aquel torero de A las cinco de la tarde.¡Ay qué terribles cinco de la tarde!¡Eran las cinco en todos los relojes!¡Eran las cinco en sombra de la tarde! de Federico Garcia Lorca. Pero, también , fue inventor del par al trapecio: que consistía en llevar los garapullos cruzados y juntos, a modo de las barras de un trapecio. Famosos por sus largas cordobesas, la afarolada de su propia creación, las reboleras, las serpentinas, sus verónicas y navarras. El Gallo era fastuoso, ostentoso, perezoso, mentiroso, gastador e impetuoso. Fumador y perseguidor de faldas y tenía una graciosa silueta gitana de aceituna quemada. Llegó a esta villa y se la puso de ruana. Acá se lidiaban unos animales que llamaban novillos tigreros que traían del Casanare o de Córdoba con grandes cornamentas.

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La publicidad de la época creó una gran ansiedad por su presentación, una figura legendaria del toreo y hermano del más grande de todos, Joselito. No le cabía un alfiler al circo. Todo el entusiasmo desapareció cuando El Gallo se espantó sin pedirle permiso a nadie. No hubo pases de ninguna marca, no hubo faena, no hubo lidia, no hubo nada. Entró en pánico. Le cogió asco y miedo al novillo tigrero desde que lo vió salir por la puerta de chiqueros. Se tapó en un burladero y nadie logró que le diera un trapazo. “Silbatina. Botellas. Berridos. Alaridos. Insultos. Desentablada de graderías. Conato de incendio. Policía. Heridos. Insultos. Decepción. Y Rafael, El Gallo, como quien oye y ve llover, impasible, esperando que le devolvieran vivo al toro a los corrales para salir, él también, vivo de aquel aquelarre, temiendo que si no lo hacían antes con su enemigo, toparía con él en la calle o en los corredores del flamante hotel Bristol donde se alojaba, con gentes que habrían de impedirle regresar a Sevilla, España, nadando”, como deliciosamente narró el periodista Uriel Ospina Londoño.

Rafael el Gallo, el torero que ganó millones pero no supo hacerse rico

Rafael se quedó en Medellín muchos meses: desagerando, bebiendo, persiguiendo niñas, inventando faenas. Salió algún día para el sur y al cabo de los años regresó con ganas de sacarse el clavo. Ahora si quería torear. Nuevamente publicidad. Menos suspenso. El circo apenas registraba media entrada. Pero esa vez se emborrachó de torear, hizo lo que le vino en gana con los toros del Casanere o de Ayapel, sentó cátedra, mató como en sus mejores tiempos, mejor que su genial hermano Joselito. Así era cuando tenía duende.

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En la ciudad todo el mundo lo reconocía por sus pantalones ceñidos, sombrero cordobés, camisa de encaje y botonadura de nácar. Los hombres y mujeres se lo disputaban para recrearse con sus historias. Las tardes en que se confiaba, su toreo era el de mayor plasticidad, aunque con excesiva frecuencia la superstición gitana le llevaba a inhibirse de la lidia, huir del toro y aliviarse en la suerte suprema. “El hombre más mitológico y lunático que ha dado el toreo. Y, a la vez, el más artista, más fecundo, más personal y lleno de una maestría inédita, con un instinto de genial artista; dijo de él, Néstor Luján en Historia del Toreo.

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MIRADAS
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