
Oscar Collazos
Se siguen escribiendo cartas de amor. Solo que hoy no gozan de prestigio literario, y mucho menos de credibilidad social. No se escriben como se escribieron, con exaltado acento romántico, porque en gran medida el amor ha pasado a ser, después de la adolescencia, una mercancía, un objeto de transacciones, la mejor manera, no siempre autentica, de justificar la necesidad biológica de emparejarse en ceremonias sacramentales o civiles.
Hay algo más. Los gustos y las modas, la intelectualización a veces críptica del concepto de amor, han acabado por convertir el antiguo lenguaje amoroso en motivo de vergüenza. Los folletines televisivos y radiales han degradado el lenguaje romántico y lo han conducido no a los límites irracionales de la pasión y del deseo ferviente por alguien, sino al artificio de sueños y ambiciones edulcoradas e inverosímiles. La paulatina liberalización de las costumbres ha dado paso a un “erotismo de fast food”, y este es hoy otra mercancía, el producto de una fábrica que trabaja con la materia prima de la anatomía y la gimnasia acrobática. Desde dos polos opuestos, el folletín y la pornografía han contribuido a aislar y volver casi arqueológico el lenguaje del amor. De allí la velada vergüenza que se siente cuando por impulso irrefrenable y secreto, escribimos cartas de amor.

Puesto que ya no es necesaria la paciencia y el ingenio de la seducción. Don Juan es un cadáver exquisito, perdido para la última modernidad. Y ayuntarnos es menos dispendioso que llenar un formulario del Ministerio de Hacienda, el hombre se habría despertado un día con el lícito deseo de volver a hacer que las cosas sean tan trabajosas y excitantes como antes. Algún sociólogo de la vida cotidiana dirá que esa vuelta al romanticismo cumple uno de los ciclos previstos por la hipótesis del eterno retorno. Alguien más escéptico, éste cronista, para mal ejemplo, podría conjeturar que la vuelta al romanticismo es una huida de decepcionados: estuvimos buscando la liberalización de las costumbres, nos ganamos el derecho al ejercicio erótico, a la espontaneidad del corazón y a la desinhibición en el cuerpo, y muy pronto descubrimos que se había llegado a un inmenso territorio dominado por el tedio.
Se podrá decir que la moda del romanticismo es el reflejo de una incapacidad: no haber podido conciliar el erotismo ganado con el sentimiento amoroso, desprovisto ya de miedos y egoísmos. No se pudo machihembrar la dinámica creativa del amor con la mecánica descontaminada del erotismo. Había que volver a la escisión, original, a la absurda negación de esa criatura bifronte, amenazada por un Tanatos de rutina.
Queda pendiente una respuesta a la pregunta de por qué ya no escribimos cartas de amor. O, si las escribimos, todavía estamos consumidos por la sospecha del ridículo, por el miedo de no estar a la altura de los tiempos. De esta sospecha nace un malentendido: siendo como es uno de los grandes mitos en todas las sociedades muertas y vivas, el amor y el lenguaje están fuera del tiempo. Solo el arte y la literatura, por ser máscaras que felizmente ha adoptado el hombre para responder a su naturaleza creativa, siguen dando cuenta, sin vergüenza ni pudor, de algo que la vida cotidiana habría abolido en nombre de las modificaciones que el amor ha sufrido con el tiempo.
Oscar Collazos. Para un final de siglo. Universidad de Antioquia-BPP. Medellín, 1991

Óscar Collazos (Bahía Solano, Chocó, 1942 – Cartagena, Bolívar, 2015) es considerado uno de los principales representantes de la llamada “Novela Urbana” en Colombia. Su trayectoria literaria está compuesta por la publicación de alrededor de diecisiete novelas, además de otros géneros literarios y columnas periodísticas. obras.
Con más de 15 novelas publicadas, Collazos ha podido conseguir un estilo propio, caracterizado en sus primeros libros por la experimentación formal y las búsquedas en el lenguaje coloquial de las barriadas urbanas. En sus novelas y cuentos se expresan las diferentes formas de violencia sufridas por la sociedad colombiana en el último medio siglo, las relaciones de los individuos con estructuras de poder como la familia y el Estado, y los procesos de desintegración social y moral de los últimos años.
Las revulsivas imágenes mostradas a lo largo de sus novelas son la transposición imaginaria y a veces cruelmente realista del entorno del autor, desde la costa del Pacífico de sus primeros cuentos y novelas, hasta el Caribe colombiano, donde transcurren algunas de sus últimas novelas, Rencor y Señor Sombra.
