La columna de fuego
Capítulo 26 de la novela Aqui se aprende a morir del periodista Hernando Guzman Paniagua. Medellin, 2026
“No me voy a convertir en defensor de oficio —que no lo necesitan— de estos muchachos, pero sí voy a tratar de comprobar cómo lo que ellos hacen
no es una novedad, ni mucho menos, como que todas sus actuaciones han sido eternas en el género humano. En cambio, quizás, sí es novedoso y extraño lo que ellos piensan en estos momentos de ambición, de rapiña, de sangre y de traición permanente, ya que los jipis viven en un ambiente muy distinto sirviendo a la paz, dejando hacer al vecino y obrando siempre con desprendimiento y con amor”
Euclides Jaramillo Arango — Defensa del jipismo: Los jipis no saben matar.
(Artículo del libro “El Festiva de Ancón: un quiebre histórico” —Gonzalo Caro Carolo” y Carlos Bueno Osorio)

En el regreso de mi viejo Aspirantado, pasé por el parque de Ancón Sur y cómo no recordar lo ocurrido allí hace tiempos, el festival de rock en el que “Medellín perdió la virginidad”, al decir de Carolo, su organizador. Recordé una misa que oficiaba el capellán del claustro, cuando predicó sobre el pasaje de la liberación de los israelitas en Egipto y la columna de fuego que los protegió de los egipcios en el desierto.
Por esas calendas, estaba en cartelera la película Los Diez Mandamientos. Una noche de junio me acosté con las imágenes revueltas del sermón del capellán y las escenas cinematográficas: los carros egipcios alcanzando a los hebreos, las aguas del mar abiertas, la columna de fuego, Moisés… Soñé que los aspirantes nos rebelábamos contra el rector y demás jerarcas de la Comunidad, incluso el Superior General de la Comunidad. Atrincherados en los bosques del Romeral, resistíamos, con palos, machetes y azadones, la represión de los Hermanos. Cuando nos iban a dar alcance, prendimos fuego a la espesura, formando una columna de fuego para cubrir la huida. A punto de ser atacados, desperté con sobresalto.
Cuando íbamos a una visita a la iglesia parroquial de La Estrella, vi un cartel de publicidad. Decía textualmente:
“Es cuestión de fe y nos unimos todos con música…”
FESTIVAL DE ANCÓN
Primer Festival rock en Medellín 18 y 19 de junio de 1971. A 21 grados de energía
pura”.

Aparecían nombres de grupos rockeros, entre ellos Galaxia, Fraternidad, Gran Sociedad del Estado, La Banda de Marciano, Los Flippers y…Columna de Fuego. Me iba al Festival de Ancón o no me llamaba Francisco. ¡Mi música y al pie de la celda! Perdérsela era pecado contra natura. Pensé proponer al rector, en nombre del Triunvirato, que asistiéramos todos, en comunidad. ¿No sería un acto de comunión con la naturaleza, obra magnífica de Dios y exaltación de su grandeza? Allí entonaríamos las vísperas. Incienso no faltaría, ya fuera el de iglesia o el de la “planta sagrada”, al decir de los hippies. Consulté la idea con los otros dos triunviros.
—Me muero de las ganas —dijo Julián— , ¿vos que creés, guevón?
—¡Cómo! ¿Los Flippers y La Columna de Fuego? —exclamó Roger— . Pero…¡estás loco, Francisco!, ¡andá decile eso al rector: nos bajan del triunvirato y nos echan pa´ la puta mierda!
Tenía quince días para conseguir la plata y el permiso. Llamé a la central telefónica de mi pueblo, dejando un mensaje para mis tías. Les pedía dinero para costear útiles de estudio. Ellas quedaron de enviarlo. Venía lo más difícil, la autorización de los religiosos para pasar tres días fuera del internado, en un evento satanizado por el arzobispo de Medellín como peligro para la moral y las costumbres católicas.

El Hermano rector consideró que, en principio, mi petición era razonable. No obstante, ese permiso reñía con la disciplina del Aspirantado, y por ello me remitió al Prefecto, a quien repetí mis argumentos. Le dije que recientemente había muerto una tía y mi familia me esperaba para una misa preparada especialmente para que asistieran los familiares que vivían en otras ciudades. Tuve que decirle el nombre de la difunta para que el capellán la incluyera en las intenciones de la próxima misa. Después de un largo interrogatorio, aceptó mi salida con el compromiso de desatrasarme luego de las clases y conseguir un reemplazante en el triunvirato. No hizo falta probar la muerte, pues previamente una amiga de Medellín, adiestrada para el efecto, había llamado llorando a la Secretaría del establecimiento, para avisar del fatal deceso. Un inconveniente inesperado se interpuso en mi plan: Mi tía Ana Tulia, quien tenía el deber de estar tranquila en su ataúd, en vez de enviarme la plata con un hermano mío como yo solicité, decidió traer ella misma el dinero y aprovechar el viaje para hacer una promesa a la Virgen de Chiquinquirá en su santuario de La Estrella. La tía me avisó qué día llegaba, y eso me sirvió para estar pendiente atisbando desde la ventana de mi celda. Cuando la vi llegar a la portería, corrí escaleras abajo. Antes de que ella se presentara, informé al portero que se trataba de una vecina de mi casa, quien venía a visitarme y a traerme noticias familiares.
No fue fácil convencer a mi tía para que no entrase al internado, tan interesada como estaba en saludar a los religiosos. Entré con ella hasta la capilla que por fortuna estaba solitaria a esa hora, hicimos el rezo de rigor y luego le dije:
—Tía, no sabe cuánto le agradezco la platica y que se haya tomado el trabajo de venir hasta aquí. Pero… en este momento los religiosos no aceptan visitas porque estamos en retiros espirituales. Vea, yo creo que lo mejor es que corra para la iglesia a visitar a La Virgen de Chiquinquirá, antes de que cierren por la hora de almuerzo.
La tía Ana Tulia aceptó, me dio mil consejos de buen comportamiento, me echó la bendición y hasta me felicitó por ser tan piadoso y dedicado a los ejercicios espirituales.

Lo siguiente sucedió como estaba previsto: tres días de música, paz y amor, este último ingrediente para quienes tenían quién se los prodigara, bajo rústicas carpas de lona o a la intemperie, en los matorrales de Ancón, a orillas del río Medellín. De bluyines, correas de enorme chapa, camisa de colorines, gafas oscuras de contra-espionaje y sombrero, me sumé a la romería iniciada en el parque de Bolívar de Medellín y que llegaba al campamento del Woodstock paisa. Columna de fuego, Gran Sociedad del Estado, Los Yetis, Galaxia, La Banda de Marciano…en el aire límpido del valle de Aburrá, los más salvajes sonidos se entrelazaron con el sahumerio canábico. Yo, timorato por naturaleza frente a esa aventura sicodélica, traté en vano de rehuir la humareda, atizada desde el tablado por Carolo, el oficiante mayor, quien antes de cada tanda de rock and roll anunciaba:
—Pasajeros del próximo viaje, favor abordar en el sitio que prefieran…
Roger y Julián se unieron al Festival el último día, por ser domingo, día de salida libre en el Aspirantado. También fueron partícipes de la inhalación pasiva. A los tres nos aterraba que la comunidad religiosa nos catalogara como marihuaneros. Pero caí en la tentación de una Eva que me ofreció la manzana alucinógena. Varios pitazos de la Cannabis sativa fueron suficientes para que San Francisco, California Dreamin, Me siento loco, Paint it black, Mi primer juguete, La bamba y otras tonadas de la época me retumbaran en el cerebro, en una dimensión desconocida. Viendo lo mareado que estaba, la amiga ocasional, que al menos se sostenía en pie, me dio ánimos:
—Tranquilo, brother. Esta es nuestra comunión con la naturaleza.
De nuevo en el Aspirantado, a tiempo para la misa de las seis de la tarde, todavía aturdidos por la Columna de Fuego y toda esa orgía musical, asistí a la misa con el recogimiento que cabía esperar en un aspirante que venía de enterrar a un ser querido. No fui capaz de comulgar. Al salir de la capilla, el Prefecto me abordó:
—Francisco, ¿usted por qué no comulgó?
—Ehh..pues, porque yo ya comulgué hoy, su Reverencia…
—¿Ah, sí? ¿Y dónde?
—En una misa campal, su Reverencia.

