Un contestatario sin Dios.

Carlos Bueno

24 enero, 2023

Tulio Bayer III

 

Después de dormir a sus anchas tratando de olvidar su derrota, llegó a París y lo recibieron dos funcionarios pálidos y una mujer escuálida que hablaba muy bien el castellano. Petronio estaba arisco y detestaba los locutorios que los periodistas le hacían con sus micrófonos, preguntándole sobre un exótico país del que ignoraban hasta el nombre. A las autoridades de inmigración les dijo que se negaba a lagartear subsidios, prebendas, reducciones para transporte, seguridad social, bonos para comida, y agregó que París sería para él la continuación de su manigua. Petronio vivió en la selva sus mejores días y conocía como la palma de la mano ciertos ríos caudalosos de aguas oscuras  por donde viajan troncos, vestigios de canoas naufragadas y cuerpos de rebeldes torturados.

Días después de su llegada, Petronio alquiló un estudio de 25 metros cuadrados, cuya única ventana, carcomida por los comejenes, dejaba entrar terribles oleadas de frío. Para llegar al edificio se cruzaba un patio interior repleto de canecas de basura y bolsas esparcidas con desperdicios nauseabundos. (Eduardo García Aguilar. El bulevar de los héroes, pág. 9).

 

Carretera al mar

 

Como siempre, la historia comienza mucho antes que nosotros mismos. A partir de 1886 y por la gracia de Dios, esto es, con ayuda de las armas y de la represión, Colombia queda en manos de la Iglesia Católica en materia educacional. Los estudios se reducirán al Seminario o a la Normal, dejando una gran masa escolar estancada en la escuela pública. Para proseguir estudios era preciso ir al Seminario, o viajar a Bogotá, o a Medellín o al extranjero.

En cada pueblo aislado, los muchachos atrasados en sus estudios están a merced de la sabiduría máxima y a veces única del párroco. Es algo que luego sabrá y que conviene perfectamente a la misión educadora de la Iglesia. Es una garantía contra el avance del modernismo. Todos los colombianos de la generación de Bayer pueden recordar todavía los frenéticos sermones de muchos curas de pueblos contra la llegada de las carreteras que solamente traen la perdición del alma, la prostitución y las malas costumbres.

Si Bayer era una excepción y había podido cursar tres años y medio en un colegio de ambiente europeo de Manizales, fue porque su padre era un caballero andante que había dejado su Sonsón natal, había viajado a Riosucio, Caldas, donde nació, lo había llevado de nuevo a Sonsón y se había establecido en Manizales, todo ello a lomo de mula, por caminos de cabra, por entre ciénagas y tragadales.

MONSEÑOR JUAN MANUEL GONZÁLEZ ARBELÁEZ: MONSEÑOR JUAN MANUEL GONZÁLEZ ARBELÁEZMonseñor Baltasar Alvarez Restrepo

Juan Manuel González Arbeláez                                Baltazar Alvarez Restepo

Recuerda que la única preocupación de su madre eran las medallas, imágenes y objetos tocados por manos sacerdotales: de esa forma y sin saberlo, su madre era la materia prima del Obispo, una partícula de la masa de creyentes que hace posible la santidad. Así, de la misma manera que su abuelo paterno, el Coronel Bayer, en Riosucio matando cristianos liberales en la guerra de los Mil días, todo el pasado colombiano lo había llevado hasta el internado del Colegio de Nuestra Señora de Manizales (CNS). Colegio fundado por un Obispo de Manizales, nacido en Rionegro, Juan Manuel González Arbeláez, y su hombre de confianza era Baltasar Álvarez Restrepo (BAR), su primer rector  y luego obispo de Pereira. BAR había nacido en Sonsón.

Por la época del primer gobierno de Alfonso López Pumarejo, de 1934 a 1938, Juan Manuel González se exhibía, hermosísimo, en las procesiones en un camión lleno de flores, adorando la custodia, y al tiempo, estaba creando problemas desde los confesionarios con las damas de La Acción Católica que lo adoraban, y esto llegó a molestar y tal vez a poner en peligro la naciente república liberal. De manera que Juan Manuel, que estaba predestinado a ser el primer cardenal colombiano, fue reemplazado por Luis Concha Córdoba, que se consideraba moderado, aristócrata de tendencia liberal y por haber estudiado en Inglaterra, era, por raro que parezca, de confianza para López.En fin, en el CNS nido de reaccionarios de extrema derecha, aunque se decía que estaba prohibida la política, la política cambió, insensiblemente para los inocentes, como era Tulio, entonces… Y en Nuestra Señora traían todos los años a un intelectual conservador, un filósofo de derecha, para que hiciera el discurso de clausura, pero ante el cambio de gobierno… BAR viró en redondo una vez caído Juan Manuel que murió muy rico en España, y trajo al Colegio un orador, Juan Lozano y Lozano, que en su discurso candidatizaba a BAR como futuro obispo. Se adaptó así al cambio detrás de su mitra, y morirá bastante rico en su apartamento de Medellín, años después de Bayer. La cocina de la política existía en el CNS detrás del signo pesos.

La Academia de Historia Eclesiástica de Pereira celebra su segundo aniversario - El Diario

Baltazar Alvarez Restepo BAR

 

Bayer pasó su primera infancia de dos a cinco años en Sonsón, en un harén del que era jefe su abuela doctora de la Iglesia y ministros, las siete mujeres de las cuales fueron sucesivamente monjas de La Presentación, cinco de ellas… Fue un niño muy mimado, muy aristócrata y prácticamente criado en un convento de monjas. En contraste, BAR que nació en Sonsón, es hijo de un señor que le hizo cuatro hijos a la pobre señora Baltasar, el ministro Antonio Álvarez Restrepo, el caballo de que hablaba Klim (Lucas Caballero Calderón, escritor, periodista dotado de exquisito humor), un comerciante, Juan, y una abadesa, Inés−. Este señor se largó dejando abandonada a doña Clarita, que pasaba en Sonsón por ser pobre vergonzante.

Sus primeros años de enseñanza primaria fueron en el Colegio de Cristo de los hermanos Maristas, un colegio para la burguesía manizaleña, por el que su padre pagaba una libra esterlina por semana. No siendo sino dos niños, Javier y Tulio, vivían como ricos, sin serlo. Un cambio de residencia, cuando su padre compró una finca en Aranzazu, Caldas, hizo que se viese en la situación forzosa de ingresar a un internado en Manizales. Ese fue el CNS. Así que de los 13 a los 17 años vive su verdadera novela, puesto que era una orquídea de invernadero, muchacho piadoso y obediente, casi femenino sin haber sido nunca un afeminado ni homosexual, que se topó con todos los machos de la gran Antioquia, muchachos todos ellos de mayor edad que se habían quedado sin estudio debido a la falta de comunicaciones.

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Colegio de Nuestra Señora de Manizales (CNS).

Alli viene la interpretación histórica del hecho de esta formidable república que pasa de la mula al avión, y que por la época  poseía el cable aéreo más largo del mundo, entre Aranzazu y Manizales, temible método de transporte en el que se pasaba colgado de seis a ocho horas para hacer el viaje de cerro a cerro, haciendo actos de perfecta contrición cuando el viento mecía la vagoneta.

Ingresa a la Banda negra asociación secreta de chiquitos para defenderse de los grandes, aprende a fumar, hace la epopeya de la masturbación, pero no pierde aún ni la fe en Dios ni la creencia de que BAR era el representante de Dios… así que su virginidad intelectual duró hasta el último año de bachillerato. Para Bayer, Dios desapareció de repente, como Sartre, un día en primer año de medicina, cuando cerró un texto de biología.

San Bar, Vestal y Contratista - Tulio Bayer

Bayer egresó de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia en 1950, realizó su año rural entre los municipios de Anorí y de Dabeiba, en Antioquia, y se especializó en la Universidad de Harvard, Estados Unidos, en químicos y fármacos. Fue médico de la compañía que construyó la que llamamos “carretera al mar” que lleva al caribe antioqueño. Su vocación literaria tiene allí su primera expresión.

Facultad de Medicina (Universidad de Antioquia) - Wikipedia, la enciclopedia libre

Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia

En su apartamento de París, evocaba en 1978 sus días de estudiante de medicina en Medellín en la década de los años 40 del siglo XX: Maturín con Niquitao. Casona siniestra, portón crujiente, piso de ladrillos inestables. Flor de baile que se abría a la media noche. Dos brujas. Dos brujas, propietarias, devotas de San Antonio de Padua, un marica íntimo de las viejas que reza el rosario con ellas. Es su primer año de Medicina en Medellín.

Hay un cuarto, a la izquierda entrando, el mejor. Lo ocupa el abogado Quintero Salazar, el mismo del caballo pintado de azul, el mismo de las defensas penales famosas. Otro cuarto lo ocupa un futuro abogado, de ojos de un azul cobarde, espíritu fino. Mente ágil, pero perfectamente anonadado porque nació sin las uñas de las manos y de los pies. Es un hombre sin uñas en la capital de las más largas, filudas. El cuartucho más pequeño lo ocupa Bayer. Es tan pequeño que para ocuparlo, tiene que comprar una cuna de niño grande. Duerme en posición fetal. Al otro lado del cancel duerme una de las brujas que siempre tiene pesadillas. Bajo su cuna, los huesos robados en el cementerio vecino, el cementerio de los pobres. Porque, como dirá tal vez algún día, si llega a escribir una novela vendible, en Medellín hay cementerio de los pobres y de los ricos: La lucha de clases se proyecta por toda la eternidad.

Más tarde, es La Casa del Estudiante. Pero aún oye los aullidos de un perro extraño que vino por muchos días a quejarse a la puerta de la casona. Era,  sospecha, el perro de su muerto. Como se ve, tiene bases para escribir historias no conflictivas, aceptables por las editoriales. La Casa del Estudiante lo acoge más tarde. Sin dictadura y sin controles. Generosamente, como debe ser siempre la ayuda. Allí encontró alojamiento y comida barata, por muchos años. Incluso, a pesar de que perdió tantas veces la materia Anatomía, que ya no se acuerda de la cuenta. Cree que ya era médico y todavía estaba rajado en Anatomía. Así era, atípico.

Esta Casa del Estudiante ocupaba el caserón de Miguel María Calle, hermosa casa, ecológica, casa como deberían ser todas, con patio delantero y trasero, con árboles, con flores. Y la casa vecina la ocupaba Chepe Metralla, por entonces Gobernador de la República de Antioquia. Un día llegó a enfrentarse con él, desde la tapia, cuando robaba naranjas de su huerto. Adujo el Código Civil. Las naranjas son mías. Colgaban hacia nuestro patio. Chepe Metralla le envió poco después un costal lleno de naranjas con felicitaciones para el abogado ladrón. Jamás supo que él iba a ser médico, que no fue sino médico, que más exactamente lo fue siempre y que después fue un biólogo. Un biólogo del montón. Atípico.

Ignacio Gómez Jaramillo 'Dr. César Uribe Piedrahita' | FlickrCesar Uribe Piedrahita por Ignacio Gomez Jaramillo

 

Grande era Antioquia, la suya, pensaba, que es capaz de parir un internado infame como el de Nuestra Señora en Manizales y una casa del estudiante libérrima en Medellín. Un libertario como César Uribe Piedrahita, o un inquisidor bobalicón como Baltazar Álvarez Restrepo (BAR). Bobalicón, pero eficaz en el sadismo, en la venganza, en la corrupción. Pensaba en Braulio Henao Mejía, amigo de su padre. Salían a cazar tórtolas en Sonsón, de muchachos. De allí que Bayer fue un privilegiado durante el breve mandato de gobernador de Antioquia de Henao, a pesar de que fue bulloso, bochinchero huelguista, tirapiedra y agresivo.

Carretera al mar fue escrita en tiempos de su curiosa y peculiar época guerrillera en el Vichada. Había llegado a aquella remotísima aldea asqueado de la política y los dirigentes y dispuesto a alzarse en armas, pero lo sedujo el paraíso de esa zona llanera excepcionalmente hermosa y la tentación de escribir una novela.

Relevado del cargo de médico, como tantas veces en tantos países y regiones, solo, sin dinero, un día se aisló. Su casa no estaba del todo deshabitada. Sobre su techo de zinc caían por la noche con estrépito, al que fue acostumbrándose gradualmente, los mangos maduros desprendidos por las ratas, que por la noche se lanzaban al asalto en los frondosos mangos cuyo ramaje se inclinaba sobre su prisión voluntariamente elegida. En el cuarto vecino vivían dos murciélagos con los cuales, puede decirse, trabó amistad. De día lo visitaba siempre una lagartija. Reemplazaba a la prensa: no decía nada. Sentado en la hamaca, con un cajón por escritorio, aprovechó la luz del día para escribir durante cinco  meses Carretera al mar. Ya no le gusta el libro. Cree que le faltó lo que le faltaba a él, entonces: unidad, orientación, una filosofía definida. Pero ello no viene al caso. El hecho es que concluido el libro pensó en el editor.

¿Quién iba a ser el editor? ¿Y con qué dinero viajaría a Bogotá en su búsqueda? Tulio Bayer en busca de un editor desconocido, he ahí otra aventura para llenarles la panza a esos cazadores de aventureros que se dedican a disimular su cobardía con vocabulario marxista. ¿Acaso la vida misma no es una tremenda aventura?

En fin, de vez en cuando venían hasta su refugio pacientes de la vecina Venezuela. Eran sus amigos y eran generalmente muy pobres. La mayoría asistían al puesto de salud ante su negativa de ejercer la medicina. El mismo día que terminó el libro, se ganó 20 bolívares en dos consultas. ¿Apelación al zar? Era una idea. Le puso un marconigrama al entonces presidente de la República, míster Alberto Lleras. Un marconigrama de 40 pesos, el más largo que había pasado entonces el empleado. Como no tenía otra cosa, creo que lo amenazó con la justicia Divina. Atrincherado en su Acta de Posesión, le reclamó tres meses de salario en el puesto de salud. Ocho días después le giraron el valor de dos meses. Viajó a Bogotá con su manuscrito debajo del brazo.

Bayer recuerda que al marchar hacia el aeropuerto de Puerto Carreño, caminando en chancletas, un amigo le preguntó por qué no llevaba puestos los zapatos. No tenía zapatos y le respondió algo que todavía se refiere en los llanos: ¡Es que yo no  voy a hacer el viaje a pié. Me voy en avión, camarada!

Se alojó en el hotel Clarigde. Un hotelito central que, como casi todos los de Bogotá, había conocido y al que hoy visitaría con todo respeto. Porque quizás en el último cuarto en donde hizo la pantomima para obtener el dinero necesario para la edición de su primera novela, es posible que empezara a crecer ese personaje que dividió en dos la historia de Latinoamérica: Fidel Castro. Fue pues, en el mismo hotelito en donde estuvo alojado Fidel el 9 de abril de 1948, en donde  fingió estar enfermo. Este fue el recurso desesperado, después de vagar durante quince días con unos zapatos nuevos en busca de editor. Se le había agotado el dinero y su decisión era irrevocable: hacer publicar el libro.

Fernando González Ochoa - Últimos años (1958 - 1964) • Otraparte.org

Fernando Gonzalez- Morelia Angulo, La Bambi– Gonzalo Arango. Otraparte, Envigado.

Llamó entonces por teléfono a Bambi, Morelia Angulo, su primera esposa, para la mis en scéne de su buena muerte. Después llamó a sus tías, cinco monjas. Iba a morir en olor de santidad.

Para conseguir los remedios necesarios a su improbable curación, eran necesarios dos mil pesos. El primero de los contados de su novela. Las monjitas le consiguieron el dinero.

Buscar un editor en Colombia es como buscar un ministro honesto. No existen. Hay impresores, lo cual es distinto. Y aún imponen condiciones al contenido del libro. Se toman la libertad de corregirlo, una vez cerrado el negocio. Hay que contar la experiencia, porque es un libro didáctico: La primera persona a quien acudió con el manuscrito fue  un amigo rico del café El Automático, de apellido Arbeláez, que le había prometido financiar un libro, si alguna vez llegaba a escribirlo. Editar el libro no le quedaba difícil. Era el dueño de unos talleres de artes gráficas. Le recordó su promesa y cuando él la recordó a su vez, le dejó el manuscrito sobre el escritorio. A los cinco días le dijo que había leído su novela de un solo tirón, pero… No es porque yo sea conservador, pero sí soy católico−. ¿No contiene el libro algo contra el dogma católico?

La lógica no funcionó. La razón no era otra que ésta: El libro era un riesgo innecesario para un impresor. Podía disminuirle la clientela, sobre todo la eclesiástica. Lo que más se produce en este Reyno de la Nueva Granada, tipográficamente hablando, son las novenas. Los libritos místicos, los textos de estudio para colegios privados y oficiales escritos por los religiosos. Esa mercancía es impuesta a los compradores, como los radiorreceptores de la Emisora Sutatenza. Están vendidos de antemano. El texto lo impone el profesor, el Padre Rector, el Colegio.

El librito místico, a la vez, lo venden casi a la fuerza los predicadores cuando salen en nuestros campos a las santas misiones. Hay, pues, un mercado asegurado para estos productores de libros, y por eso los imprimen, Y hay una dictadura intelectual en este Nuevo Reyno. Una dictadura todavía más odiosa que la que proclama abiertamente que lo es. La odiosa dictadura capitalista que finge defender la libertad de expresión. Formalmente, teóricamente, esa libertad existe. Pero, en la práctica, nadie se atreve a irse contra el orden establecido. En esta dictadura de las ideas hay algo bien singular, los curas son los únicos escritores del mundo que tienen compradores analfabetos para sus libros: “Yo no sé leer, doctor, pero compré esta novenita porque es muy milagrosa”, dicen tantas veces las viejas.

Así pues, que recorrió todas las imprentas en busca de un editor. Nadie estaba interesado. Y el que lo estaba resultaba ser un inquisidor. Además, exigía el pago de la edición. No era un editor. Halló un impresor. Y no puede menos de estarle agradecido, porque se atrevió a publicar su libro. Le pidió cinco mil pesos por los dos mil ejemplares que se imprimieron de Carretera al mar, según el  contrato. Cuando cerró el contrato y prometió traer el dinero tres días después, fue cuando se fue a morir al hotel Clarigde.

Bien, uno de los pocos ejemplares del libro es el que reposa hoy  en la biblioteca del cronista, el cual acompañó a Tulio por selvas, pantanos, cárceles, y varios exilios. Una nota de Bayer, de 1977 en la primera página, resume su origen: “Al amigo Carlos Bueno Osorio, este incunable, mi primera, única y candorosa novela médico-libertaria, escrita entre Dabeiba y Puerto Carreño, editado en 1960, decomisada por el Batallón Colombia, plagiada por el General enemigo Álvaro Valencia Tovar en su curiosa novela-pastiche-documento político Uisheda, diez años después. El libro está dedicado a Claudia Francis Lightner y comienza con una advertencia:

“Todo intento de identificar personajes de esta novela con personas de carne y hueso, vivas o muertas, y acontecimientos relatados aquí con sucesos de la historia colombiana, corre por cuenta y riesgo de los lectores. El autor no garantiza dentro de la presente narración sino tres cosas reales. Una aldea de Antioquia, que en un tiempo fue muy desdichada. Un pueblo que hoy, como ayer, lucha por recuperarse de su larga ruina. Y una carretera que centenares de seres humanos desearon ver atravesando la selva húmeda y alta, y el extenso pantano. Y que hoy llega hasta el mar. Puerto Carreño, diciembre de 1959”.

Uisheda; violencia en el llano - Alvaro Valencia Tovar - Google Books

Las experiencias académicas y sus primeras actividades médicas están allí literalmente transcritas: “Antonio Uribe –Tulio Bayer– acababa de terminar su Internado en el Hospital San Vicente de Paúl de Medellín. Aspiraba a cumplir con el requisito de hacer, en algún pueblo pequeño, el año obligatorio de medicina rural: Tenía 24 años. Y cumplir con ese requisito era lo que él llamaba, por esos días, su próximo objetivo.

Fue así como, una tarde, aturdido por las seis horas de viaje en un jeep del ejército, entorpecido por el calor y por el guayabo de una noche anterior rica en libaciones con los compañeros que se habían quedado en el hospital, se apeó frente al hotel de doña Valeriana Isaza, en Dabeiba.

 

“Realmente, ¿quién eres? No eres nadie. Tienes que comenzar por ser alguien. En primer lugar no eres un gran cirujano, esto es, un artesano de postín que sabe un cierto número de técnicas necesarias para sentirse vanidoso y comprar automóvil… Bueno si así concibes a los cirujanos. Pero de todos modos, no lo eres. Ni eres tampoco un gran médico, un hombre para quien la patología resulte transparente, o al menos, así lo crean muchos enfermos. No lo eres. Ni mucho menos un científico, un virtuoso de la Filosofía, por ejemplo. Ni siquiera eres lo que quizás podrías ser: un gran escritor. O al menos, un escritor. No. No eres nadie. Eres Antonio Uribe, −Tulio Bayer−, un pobre diablo. Un pobre diablo metido ahora en la aventurilla de la medicina rural obligatoria.

“Al menos tienes una meta definida. Vienes a hacer una experiencia vital. A coleccionar ciertas vivencias. A conocer cómo viven las gentes de un pueblo. Puede que consigas también lo necesario para pensar, después, en esas cosas burguesas del matrimonio católico, de la biblioteca personal organizada y rica, de la casa propia, del automóvil brillante. O en vez de todo eso, en una especialización, en un viaje al extranjero”.

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Carlos Bueno- Gustavo Alvarez Gardeazabal.

Curiosamente, un escritor colombiano contemporáneo, Gustavo Álvarez Gardeazábal, haría una síntesis vital de Bayer que coincide con estas preocupaciones del joven médico:

“Hay que tratar de entender un personaje que el país nunca pudo aceptar, al que  le cerraron las puertas y nadie le dignificó teniendo derecho a mucho más. Tal vez el verdadero problema de Tulio Bayer es que no fue sobresaliente, diría mejor que no fue triunfador, en nada de lo  que asumió. Ni como médico ni como farmaceuta, pese a haberse graduado en Harvard, ni como guerrillero ni como combatiente ni como político, y mucho menos como escritor pudo saltar la línea media del comportamiento. Allí residió el problema del tratamiento que el país le concedió. Parecería como si el no haber cuajado un espacio concreto le difuminara ante los ojos de la patria.

“Leí con avidez sus textos, con pasión de adolescente  sus cartas cargadas de visión política del país, pero me quedé como muchos colombianos esperando su concreción. Literariamente su obra se resiente muchísimo. Médicamente, su ejercicio chocó contra las teorías de la ciencia. Farmacéuticamente se enfrentó con argumentos a la explotación multinacional. Pero ni fue aceptado como novelista, porque el oficio apenas lo conocía ni su labor como médico pudo superar su mito de guerrillero que sabía de medicina y como combatiente de los pulpos y los oligopolios tomó un puesto equivocado. Ni siquiera como preso fue más allá de su propio entorno, aunque muchos le vimos su aureola de mártir. Pero intentó tantas cosas con tal validez de criterios que para muchos como yo se nos volvió envidiable ejemplo del contestatario que tanta falta le ha hecho a este país”.

Eran, desde antes, inquietudes del propio Tulio.

“¿Tu vida?”, torna a preguntarse Uribe –Bayer,

“¿qué demonios ha sido tu vida? Estudio y pobreza sería una síntesis. ¿Una buena comida en un restaurante? Solamente una vez al mes, cuando llegaba el giro de tu casa. ¿Una bella edición de un libro que te gustaba? Solamente la has podido mirar en las librerías… ¿Una boleta para teatro? Te ha costado dejar de tomar varios almuerzos. ¿Cine? Has tenido que entrar varias veces allá arriba a la galería, donde el vestuario se ensucia y apesta el olor del tabaco y de la mugre”.

Colombia. Camilo Torres Restrepo, a 52 años de su muerte: “Insistir en lo que nos une” – Kaos en la redCamilo Torres Restrepo.Camilo Torres

Curiosa la suerte y el origen diversos de Bayer y de Camilo Torres Restrepo. Uno médico, el otro sacerdote. Ambos guerrilleros. Aquél, detenido por el coronel Álvaro Valencia Tovar. Camilo muerto en combate con tropas de Valencia Tovar. Un paralelo que se extiende más allá. Dos coetáneos con suertes dispares.

 

“Camilo se crió entre la clase alta de Bogotá durante las décadas de los treinta y los cuarenta, en un mundillo que se complacía en su propia prosperidad. Aunque su madre, Isabel, dramatizara la calamidad que sufrió la familia con el fracaso del hotel Ritz, y relatara cómo ella la salvó del borde de la penuria con la confección de sombreros de estilo francés, vendiéndolos a sus amigas acomodadas como modelos genuinos importados de París, no hay motivo alguno para creer que sus dos hijos se sintieran amenazados por la pobreza. Cuando Isabel los llevó a vivir a La Granja, una finca lechera que estableció en las afueras de la ciudad (con plata de mi bolsillo, se quejaría Calixto, el papá), no fue tanto por necesidad como por capricho.

“En todo caso, Fernando y Camilo estudiaban en los mejores colegios, eran miembros del círculo social bogotano, y experimentaban el sentimiento de seguridad y progreso que compartía toda la burguesía de la época. Camilo pasó su niñez y su juventud en el frívolo ambiente del norte, en salones de sabor inglés o francés, rodeado de gente petulante en busca afanosa de lo nuevo, lo extranjero, con la convicción de que sólo era digna de tenerse en cuenta una opinión y aceptable una moda siempre y cuando no tuviese origen colombiano. También en lo político, los bogotanos concedían el tinte de superioridad a lo foráneo. Se tenían como discípulos de la democracia inglesa y la apreciación de Bogotá como La Atenas sudamericana poseía rigor axiomático.

Un cura de armas tomar

Fernando, Camilo, Isabel, Calixto Torres

“Politicastros y leguleyos se deshacían en discursos de ciceroniano acento sobre las maravillosas esperanzas que se abrían con el nuevo régimen liberal de Olaya Herrera. No se les ocurría mirar más allá de aquel barniz de progreso que los encandilaba por los años treinta. De haberlo hecho habrían descubierto, tal vez, el germen de su decadencia. Los ataques contra Isabel fueron inevitables, porque suscitaba la envidia de todas las mujeres de la ciudad. Bogotá era una ciudad provinciana incrustada entre montes, sofocada por el eterno gris de la neblina; una ciudad donde los miembros de la alta sociedad murmuraban en clubes, cafés y salones. En tal sociedad a Isabel no se le presentaba sino una alternativa: o someterse, o rebelarse. Ella se decidió, naturalmente, por lo segundo.

“Aún muy atractiva, no consideraba que su separación de Calixto fuera motivo para vestir de luto o limitarse simplemente a sus deberes de hogar. Gustaba de llevar una vida activa. Como mujer mordaz e inteligente que era, tenía su círculo de amigos y nunca le faltaron admiradores. Sus críticos la perseguían con ojos de águila y pusieron el grito en el cielo la noche que apareció en el Teatro Colón acompañada de un distinguido general en traje de gala. Pocos vieron el espectáculo del escenario, distraídos por el que brindaba el palco de Isabel. Y las lenguas que empezaron a agitarse aquella noche no se habían silenciado treinta años más tarde. Siendo Camilo líder revolucionario, y aún después de morir en combate, las piadosas almas de la elite bogotana seguían hablando de la noche que Isabel fue a la ópera con el general fulano de tal y atribuían las aberraciones de Camilo a la nefasta influencia de su madre. Es más, explicaban la vida de Camilo como una huida constante de la vergüenza de ser hijo de Chavela Restrepo.

Biografia de Camilo Torres RestrepoCamilo Torres- Isabel Restrepo

“Tal fue el mundo en el que Camilo pasó su juventud: No podía menos que afectarle y todavía un muchacho sin experiencia, sucumbió a veces a las presiones sociales de Bogotá. Jamás, sin embargo, traicionó a su madre en el más mínimo detalle. Y el día que descubriera la otra cara de Colombia, un país de gente trabajadora menos dañada por los vicios burgueses, él también se rebelaría”. (Walter J. Broderick.  Camilo Torres, el cura guerrillero. Bogotá: Círculo de Lectores, 1977, p. 37).

walter j broderick - AbeBooks

 

Para Bayer el inicio de su rebeldía está en la carretera al mar, atendiendo enfermos y realizando autopsias sin los más mínimos elementos. Uribe –Bayer pasa la primera autopsia…

“Miró entonces los dos papeles ensangrentados y sucios con los apuntes de la víspera. Allí estaban consignados los datos de lo que podría llamarse en su futuro una experiencia médico-legal. ¿Lo era ciertamente? O ¿Se trataba de un simple rito bárbaro?  Comenzó a analizar el asunto y se dijo:

“De acuerdo con lo que me enseñaron en la Escuela de Medicina, más exactamente de acuerdo con lo que leí en el librito, sin láminas y sin fotografías, escrito por un tal doctor Uribe Cualla, estas anotaciones me servirán para redactar una oración más o menos en estos términos: Cadáver de un hombre en regular estado de nutrición, de un metro con tantos centímetros de estatura, distribución piloso normal y raza mestiza… Después, siguiendo la estúpida fórmula sacramental, tendré que hacer la descripción de todas las lesiones. Si he de describir los órganos, las arterias, las venas, los nervios, los músculos que destrozó el filo de los machetes, tendré que transcribir toda la Anatomía…

“Y bien… ¿Todo eso para qué? Todo ese acopio de nombres ¿qué luz llevará a los jueces, más aún, a los jurados de conciencia? Desde el punto de vista legal que es el que se busca, ¿no es más importante saber de una vez, en opinión del presunto experto, cuál fue la primera de las heridas recibidas? Y más aún, ¿una enumeración breve del posible orden en que fueron recibidas?

Medicina legal y psiquiatría forense... Catálogo en línea

“Y por otra parte, ¿qué representan estos muertos para la justicia colombiana? En primer lugar no eran nadie. Nadie supo sus nombres. Nadie podrá saberlos después de sepultados. Al hacerse estas tristes preguntas, Uribe tenía razón: porque en el librito de Uribe Cualla, de donde iba a transcribir la leyenda, tan propicia al galimatías, transcrita a su vez por el autor para darle pomposidad y exceso de palabras a una diligencia en la que cuentan más los hechos, los hechos escuetos, da la circunstancia de que no figura por parte alguna lo relativo a la identificación de los cadáveres. ¿Si hay que hacer esta autopsia para cumplir con las Leyes, si ése es el objetivo, por qué no poner en ellas algo del sentido común que el gobierno pone en los formularios que deben llenarse para la declaración de renta?

“¿Por qué no, en vez de la confusa retahíla, un esqueleto estandarizado para todo el país, con preguntas concretas y tres dibujos de muñecos, de frente, de perfil y por detrás, para pintar las heridas y señalar la dirección de las mismas? ¿No evitaría esto que la verdad, que es siempre simple en esencia, no naufragara en un mar de vocablos griegos y latinos? ¿No se obtendrían así una serie de datos concisos para los jueces y de datos inobjetables para los jurados?

“Y sobre todo, ante todo, ¿No sería posible dejar un sitio en ese papel para estampar allí las huellas digitales del muerto, unas huellas finales, distintas al destino común y distintas a las huellas del salvajismo que ahora sirven para diferenciarlos? Definitivamente, se dijo, nadie está interesado en hacer justicia con estos pobres muertos. Esto de las autopsias es una farsa”.

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La última gira de Gardel: su fatídica muerte y los meses que demoró el traslado de su cuerpo a Buenos Aires - Infobae

Accidente de Carlos Gardel. Medellin, 1935.

No es extraño. Todo esto tenía relación con su vida estudiantil y académica. En 1954 resolvió asentarse, como decían los abuelos. El año anterior se había graduado con una tesis sobre Medicina Legal que “presentaba toda la pantomima ésa que hace el viejito Uribe Cualla con nuestros pobres muertos del pueblo. Ofrecía un sistema científico al tradicional rito del levantamiento del cadáver y el arte subsiguiente de practicar una autopsia médico-legal”.

En el jurado estaba Alberto Gómez Arango, en trance de legista; el viejo estuvo en la carnicería legista en sus años mozos y llegó a ser famoso por haber escarbado científicamente en los restos carbonizados de Carlos Gardel, cuando el avión en que viajaba se quemó en el aeropuerto de Medellín. También estaba en el jurado Bernal Nicholls, por ser Rector de la Universidad le correspondía estar allí y no le quedaba otro remedio. Así que el Presidente de tesis era el único de los puntos de referencia amigable. Mirando a Bayer, leyó la dedicatoria: A todos los campesinos colombianos cuyos cadáveres ni siquiera sirvieron para hacer progresar la Medicina Legal colombiana.

Pedro Antonio Rodríguez Pérez, el Presidente de tesis, era un izquierdista español de esos capaces de desbaratar una Semana Santa en Popayán. Todos, menos él, fruncieron el ceño al escuchar la dedicatoria. Pasó la hoja y comenzó a leer el primer capítulo. Bernal Nicholls se mordía los labios. Gómez Arango empuñaba las manos, Rodríguez Pérez dibujaba neuronas y cilindro-ejes en un papelito. Gómez Arango, escuchando su propio pasado médico-legista, estuvo a punto de convertirse en estatua de sal.

La conclusión principal de la tesis era que el Gobierno, los gerentes de nuestra Sociedad Anónima, deberían unificar en todo este país el esqueleto a llenar, la forma a llenar, con muñecos pintados de frente y de perfil, de manera que el carnicero del pueblito, a falta de médico, o el médico a falta de atención o de tiempo, pudieran explicar por dónde habían entrado y por dónde salido los proyectiles oficiales o los perdigones chusmeros. Estábamos en plena violencia. La tesis fue aprobada. Llenado ya ese requisito, casado ya con Bambi por el rito católico, comenzó a construir su futuro alrededor de los 900 pesos que le pagaban como profesor de Física Médica en la naciente Facultad de Medicina de Caldas en Manizales.

Álvaro Valencia Tovar: TRAYECTORIA DE UN SOLDADO. Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro Correspondiente De La Academia De Historia De Santander. - Óscar Humberto Gómez GómezÓscar Humberto Gómez Gómez

Ironías históricas. Nuevamente el azar une los destinos de Bayer, Camilo Torres y Valencia Tovar:

Dónde está el cuerpo de Camilo Torres, el cura guerrillero colombiano al que comparan con el Che Guevara? - BBC News MundoEl combate en el que cayó Camilo Torres hace 50 años - Las2orillas.co

 

 

 

 

“La primera persona que identificó el cadáver de Camilo fue el Coronel Álvaro Valencia Tovar. Sentado en su escritorio en el cuartel de la Quinta Brigada de Bucaramanga, se enteró de la emboscada mediante un mensaje de radio; desde Barranca le informaron que había varios guerrilleros muertos, y que uno era diferente de los demás: más grande y más blanco. El Coronel inquirió acerca del guerrillero muerto, aquel que era distinto de los demás.

El misterio alrededor del cadáver de Camilo Torres - Las2orillas.co

¿Hay señales de identificación? ¿Algún documento?

Sí, mi Coronel. Cargaba documentos. Pero la mayoría en lenguas extranjeras.

El Coronel sabía que Camilo hablaba francés, alemán e inglés.

¿Y qué más? Poca cosa, Mi Coronel. Únicamente una pipa.

Al Coronel le vino a la mente el recuerdo del joven sacerdote tal como lo había visto la última vez en su despacho de la ESAP. Retenía la imagen de Camilo con el hornillo de la pipa anidado en la palma de su mano, y quién sabe por qué, un detalle le quedaba grabado. ¿Tiene la pipa un anillo de plata, un anillo bastante ancho, a la mitad del cañón? A ver… Sí, mi Coronel, tiene un anillo plateado y es bastante ancho”.

Un día como hoy cayó en combate Camilo Torres - Colombia Informa Destacadas

“Hoy puedo sentir aún con toda intensidad la sensación que corrió bajo mi piel, como fluida de la médula espinal y del cerebro simultáneamente, sin posibilidad de expresarla en palabras. Allí en ese preciso instante, supe que Camilo Torres Restrepo había caído, en la emboscada tendida por él y por sus compañeros de lucha a las tropas a mi mando, bajo la húmeda penumbra de la selva.

“En la necesaria soledad de aquella hora medí una vez más, pero en forma más intensa que nunca, la brutal magnitud inhumana de la guerra. Todo lo que puede destruir y aniquilar. Y, en contraste, la impotencia, la pequeñez del ser frente a las fuerzas desatadas de la violencia. Muchas veces volvería a formularme la pregunta que entonces me asedió: ¿Por qué tenía Camilo que meterse en semejante aventura? ¿Y por qué, precisamente en mi jurisdicción y no en alguna otra parte de este país destrozado por la inconsciencia de sus mismas gentes?

“Comprendí en medio de la urgencia de darles sepultura y, al mismo tiempo, de saber a ciencia cierta y lo antes posible lo ocurrido, que la penosa función me correspondía. Por tanto ordené el traslado de los cuerpos hasta un lugar accesible esa misma noche, donde tuvo lugar el reconocimiento.

“Bastó la primera mirada para que de mi certidumbre previa se despejara la menor duda. Allí, tendido sobre una de las camillas de troncos cortados en el monte y tela burda de costal, improvisadas en medio de la selva para el transporte de los cuerpos, plenamente reconocible a pesar de las horas transcurridas desde su muerte y de la barba y cabellos crecidos, yacía sin vida mi amigo de muchos años. Su cuerpo se advertía notoriamente más delgado que en sus tiempos de sacerdocio, su epidermis señalada por múltiples picaduras de insectos que habían dejado huellas cárdenas y sepia.

Registro de la muerte de Camilo Torres - Otras Ciudades - Colombia - ELTIEMPO.COM

“La magnitud del acaecimiento se me reveló allí en sus exactas dimensiones, acrecentando la sensación del absurdo que flotaba sobre todo aquello. Era un cuadro trágico y amargo el de aquella madrugada en el reducido recinto, empalidecido por la luz vacilante de unas lámparas de petróleo: Muchas veces a lo largo de mis años militares me había estremecido la sinrazón de la violencia, que por todos los medios lícitos a mi alcance había intentado tratar por métodos distintos al de la violencia misma, con éxito que me confirmó en la razón de mis teorías que innumerables camaradas compartieron.

“Allí, en Santander, mi idea había sido repetir lo realizado en el Vichada frente a un problema similar contra el médico Tulio Bayer, y en Caldas bajo circunstancias de violencia partidista, sin dolor ni sangre inútiles. ¿Por qué este hecho no buscado por mí, aunque sí por quien fue mi amigo? Quienes fueron mis jefes o mis subalternos en las épocas de tránsito por las filas del Ejército de Colombia, conocieron de cerca mi absoluta intolerancia ante cualquier posibilidad de violación de las leyes escritas o de los códigos morales.

“Tampoco en la conducción de operaciones llegué a dar órdenes de eliminación de cualquier adversario. Cuando en semántica militar se habla de destruir, jamás se hace referencia a individuos sino a formaciones de guerra, y el término no implica en ningún sentido la eliminación de los integrantes de aquellas. Se trata, y así se enseña en textos y se expresa en nuestra doctrina militar, de reducir los organismos de combate del antagonista  a la total impotencia, capturando, dispersando, o desarmando sus miembros según resulte del encuentro armado que, si no puede evitar el causar bajas, puesto que la guerra lleva aparejada la muerte desde que apareció sobre la faz de la tierra, tampoco producirlas es esencia de esa destrucción.

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“De ahí que en el Vichada, por ejemplo, en diez meses de operaciones sostenidas contra Bayer y su guerrilla, no se hubiese producido sino un muerto adversario, por oponer resistencia en el momento de la captura. El enemigo en armas fue destruido en terminología militar porque se eliminó su voluntad de lucha sin necesidad de recurrir a la violencia de las armas. Porque sus fuerzas se dispersaron como consecuencia de lo anterior. Porque los elementos civiles, colonos, agricultores, indígenas, negociantes de los grandes ríos que inicialmente estuvieron fusionados en la revuelta, fueron persuadidos del absurdo en que se sumían y de la necesidad de recobrar la paz en la región.

“Porque no se les arrinconó en callejones sin salida hasta obligarlos a morir matando, sino que se les permitió reincorporarse al trabajo aún sin sanciones penales para los simples ejecutores de la lucha guerrillera. A los verdaderos responsables del alzamiento armado se les aplicó la ley, sin ánimo persecutorio, concediéndoles todas las oportunidades que esa ley otorga para su defensa y minimizando el alcance de su responsabilidad, en gracia a las circunstancias invencibles que propiciaron la sublevación, comprendiendo la desesperanza y el abandono en que toda una inmensa comarca había sido situada”. (Álvaro Valencia Tovar. El final de Camilo. Bogotá: Tercer Mundo, 1976, 257 p.).

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Acta de levantamiento del cadáver de Jorge Camilo Torres Restrepo:

 

“[…] de 35 años de edad, de buena talla y de buena complexión muscular. Tenía los cabellos largos y la barba rubia. A la inspección general del cadáver presentaba: 1- Herida circular de 1 centímetro de diámetro en la cara anterior del hombro izquierdo, hecho con proyectil de arma de fuego de grueso calibre. El proyectil salió por la región escapular izquierda. 2-Herida igual a la anterior en el costado izquierdo; el proyectil siguió una trayectoria de arriba hacia abajo y de izquierda a derecha y salió por la fosa ilíaca derecha. Esta herida es necesariamente mortal. Autopsiador: Doctor Rafael Calderón Villamizar, médico legista Jefe. Oficina de Medicina Legal de Bucaramanga, febrero 17 de 1966”.

 

La diligencia de necrodactilia cumplida por el DAS expresa:

 

“Que el cadáver es de Camilo Torres Restrepo, quien nació el 3 de febrero de 1929. De 1.80 metros de estatura, cédula de ciudadanía No. 653 de Bogotá. Que en septiembre de 1954  presentó certificado de buena conducta para viajar a Bélgica como estudiante: No tenía antecedentes penales ni policivos…”.

 

Tampoco con un guerrillero ilustre había avanzado mucho la medicina legal colombiana. Bayer tenía razón.

Sí, su rebeldía había comenzado en esos pantaneros y trochas de la carretera al mar. Pero también el comienzo del fin de sus creencias religiosas:

 

“Cuando Uribe –Bayer entró a la iglesia aún no había comenzado la misa… si hacía un examen de conciencia de acuerdo con el catolicismo, ni siquiera tenía derecho a decir nada allí. Técnicamente, si así podía decirse, era un católico. Nadie lo había excomulgado… De los doce a los dieciocho años había sido tibio. Volcánico en otras actividades vitales, había nacido en él, cómo en casi todos sus compañeros y amigos de entonces, una rebelión contra ciertos mandatos. Y él la había tomado muy en serio, resuelto a definir por si mismo tan trascendental problema, o a pasar a otra cosa, más tangible, después de tomar una resolución. Esa peregrinación filosófica y esas especulaciones metafísicas, sustentadas en largas y variadísimas lecturas, lo llevaron a una conclusión extraordinariamente simple: no podía ser católico. Y adoptó cierto escepticismo sin ingresar a ninguna otra religión. El proceso había sido gradual pero irreversible”.

 

La elección de la carrera de medicina había obedecido en gran parte a ese deseo casi morboso de obtener una respuesta al problema fundamental: ¿Quiénes somos los hombres? ¿Adónde vamos? ¿De dónde venimos? Las respuestas a sus inquietudes juveniles las había encontrado más claras en los textos de física, de biología, de fisiología y de anatomía comparada: se había quedado con esos raciocinios y con esas demostraciones frías y lógicas. Si eran incompletos, al menos no eran absurdos. Así pues, nada tiene que orar en este templo de Dabeiba. Mientras llega el momento de ir a hablar con el Cura, observa esta manifestación folklórica que hace tiempos no mira, con ojos de pagano.

 

“Lo que es evidentemente inexacto es la no-intervención de la iglesia colombiana en política. ¿En cuál de las actividades no interviene? Han intervenido en las elecciones populares, en los nombramientos de ministros, de gobernadores, de alcaldes, de corregidores. Jamás han estado al margen de las luchas partidistas. Han ejercido su control sobre el hombre colombiano, mucho más modernizado que el que podían ejercer en la Edad Media en pleno auge de la Inquisición. Menos sangriento, tal vez, pero mucho más completo.

“El bautismo es, a la vez, la inscripción del ciudadano futuro, por intermedio del cura párroco, en la vida colombiana. El matrimonio lo tienen en sus manos, haciendo de la ceremonia religiosa algo digna y respetable y del compromiso civil una caricatura que se atreven a adjetivar con los peores vocablos. El matrimonio civil es, en Colombia, un pacto sin sentido, sin ninguna de las ventajas para lo cual fue previsto. Y quienes se atreven a unir sus vidas, sus cuerpos y sus destinos, por el procedimiento simplemente legal, deben someterse al escarnio, a la persecución y a la difamación desde los púlpitos, tribunas libres e irresponsables para las cuales no se ha legislado jamás.

“El ser humano libre que nace en Colombia tiene que ingresar a la Iglesia Católica por simple conveniencia civil, prevista por los padres. Lo contrario equivale a quedar fuera de la ley. Cuando el niño llega a la discutible edad de la razón de los siete años, aún sin capacidad de adoptar una posición religiosa, debe alistarse en lo que ellos llaman la Iglesia militante, no sin cierta nostalgia por parte de muchos jerarcas por lo que fue en un tiempo el poder temporal de la Iglesia. Confirman  a los niños que aún no entienden ni el juramento ni la palmadita. Es un reclutamiento precoz como el que han hecho los dictadores de todos los tiempos, desde Esparta hasta la Italia fascista.

“Volverse atrás de estos compromisos con la Iglesia, requiere dinero, influencias y cobardes capitulaciones, si ha de evitarse el llamado escándalo, esto es, la guerra fría que fabrican abundantemente para perseguir al impío, al apóstata, al renegado; que no es, en suma, sino un ciudadano libre, en un país nominalmente libre, que se permite el derecho, tal vez infrecuente pero garantizado por la Constitución, de no estar de acuerdo con ellos.

“Hasta la muerte misma, la propia e intransferible muerte de un ser humano, llega el poder político de la Iglesia Colonial colombiana: pueden negar sepultura en los cementerios colectivos a quien cometa el delito de elegir su propia muerte. Los cementerios son, pues, propiedades suyas, como lo son las escuelas del Estado. Y como lo es una gran parte de la llamada opinión pública, la menos ilustrada y la más apta para el fanatismo, esto es, las mujeres y los niños, habilidosamente manejados con las dos armas, maquiavélicamente dosificadas, del amor y del temor de Dios.

“El temor al peligro desconocido sobrecoge al alma humana desde el principio de todos los tiempos. Tal fenómeno es inherente al animal sabio y bípedo como una herencia antiquísima de sus predecesores en la larga evolución de la vida. Solamente que en el hombre hay variantes de ese temor ancestral en toda la gama de las culturas individuales. Así por ejemplo, el alma campesina es un alma singularmente miedosa cuando se la coloca en terrenos limítrofes con el alfabeto. Como puede serlo la de un abogado frente a una lagartija.

“El campesino entiende las máquinas. Llega a familiarizarse con ellas con más rapidez que muchos intelectuales que nunca aprenden a conducir un automóvil, porque mientras lo hacen, tratan de resolver problemas de economía o se imaginan ir piloteando un avión de propulsión a chorro en fuga acelerada hacia países menos inhóspitos que los que ellos mismos se han fabricado para su tormento. Para el campesino, en cambio, no hay mundo imaginario atrás ni siquiera adelante. Hay una realidad de acero que interpreta lo mejor de sus sueños. Ve sus engranajes, observa alelado las ruedas que giran, compara sus movimientos con los de los animales, con los suyos propios, con los que provoca el viento en el bosque y las corrientes en los ríos. Maquinizarlo es fácil. Hay sin embargo, una máquina a la que teme más que al tigre, cuyos ruidos detecta en la noche y más que a la serpiente, cuya presencia adivina entre la hojarasca. Es la máquina de escribir.

“Y es porque detrás de esa máquina, en las oficinas públicas, está casi siempre un baturro que dice saber lo que llaman leyes. Y esas leyes son trampas para el campesino. Trampas invisibles cuyo mecanismo no comprende y cuyos lazos no puede ver. La enfermedad y las pestes en los ganados son otras especies de trampas. Pero para ellas, él sabe oraciones y los espíritus están más cerca de su simplicidad que los incisos y los parágrafos. El campesino es presa fácil del leguleyo, sentado a la sombra, frente a la máquina de escribir y frente al retrato del Presidente de turno.

“Por eso, cuando firma su declaración ante el Juez, además del temblor que revela la escasa escuela pública de sus primeros días, está la torpeza de sus dedos, la inquietud del animal que teme caer en las trampas. Es un animal útil y fuerte que lleva a sus espaldas la carga del país, y que viene oyendo por generaciones la historia de los pocos de entre ellos que un sábado de farra hirieron o mataron y fueron llevados ante la Justicia.

“Han escuchado esa historia mientras la noche cae en los pegujales, cuando calla la voz de la guitarra y el sindicado cuenta lentamente cómo fueron sus días en la cárcel, qué piensan los carceleros, qué negocios hacen los penados y sobre todo, cómo los doctores de la ciudad enredan, desfiguran, embrollan y adulteran los hechos más simples. Es apenas natural que el campesino haya tenido siempre de las leyes el concepto de que son un monstruo respetable y extraño. Respetable porque es ineludible y extraño porque lo han visto tragarse inocentes y devolverlos, después de mucho tiempo, en calidad de inocentes, pero ya castigados, viejos, arruinados y enfermos. Y porque lo han visto también atrapar culpables y devolverlos a la libertad, a corto plazo, en calidad de inocentes.

“Han comprendido que son demasiados los errores judiciales cuando los comprometidos no disponen de dinero. Y como ellos son pobres, los ahuyenta toda investigación. Acrecientan así, sin saberlo, la peligrosidad del monstruo. Por eso, en tiempos normales, el campesino colombiano no dice nunca espontáneamente frente a las autoridades: Yo vi cuando lo mataron. Piensa en cambio: Mientras no me llamen y me acosen a preguntas no me acercaré al monstruo. ¡Pero esa actitud es la de los tiempos normales! Y en la época correspondiente a este relato no existía sino una ley fundamental, una ley no escrita, más propiamente hablando un instinto, que a lo mejor es el que ha inspirado al hombre todas las Leyes: el de sobrevivir.

“Por eso era raro saber el nombre de cada uno de los muertos que llegaban al remolino, de los que eran denunciados en los despoblados por el vuelo circular de los gallinazos, de los que enviaban al pueblo caballeros en bestias sin dueño. Esos nombres no se oían nunca en la plaza pública, entre los curiosos que los miraban atónitos ni muchísimo menos en las Oficinas en donde los funcionarios judiciales llegaban a administrar Justicia, en nombre de la República de Colombia y por autoridad de la Ley. 

“Los guerrilleros eran implacables con lo simples sospechosos de delación. Haber tenido la azarosa oportunidad de ver cometer un asesinato, de haber escuchado la componenda previa a la realización de un asalto, colocaba a los testigos entre el paredón verde y móvil y cargado de inexorables venganzas de los guerrilleros que se deslizaban por la selva, y la llamada espada de la justicia. Esta última no era propiamente una espada: era un funcionario, a veces inicialmente honesto, que estaba permanentemente presionado. Y que de un momento a otro recibía órdenes disfrazadas de sugerencias y sugerencias de la Policía de muy valeroso desobedecimiento… Y era también, un bosque de yataganes y de bayonetas hasta la cárcel de La Ladera en Medellín, después de haber permanecido algún tiempo en las inmundas prisiones del pueblo”.

 

Bayer vivió su vida saliendo trabajosamente de la desinformación: Su trayectoria vital fue el penoso avance bregando a aprender cosas nuevas que los tramposos le ocultaron por mucho tiempo.

 

“Desde este lejano Anorí, al que hay que llegar por la noche a caballo, hasta alcanzar sus calles empedradas de chismes y de brujerías, hasta este refugio en la selva en donde estoy eludiendo la pena de muerte que me decretó el periódico El Tiempo, van muchos años de lucha por encontrar la verdad política. Lucha por poseerla en sus inquietantes dimensiones humanas y lucha por recetarles a mis pobres pacientes, algo más efectivo que un analgésico o una vitamina: la fe en sí mismos, en la patria. La seguridad de que la patria no ha muerto, aunque le sirva de sudario la bandera. La certeza de que, aunque no lo parezca, la patria somos nosotros”. (Tulio Bayer. Carta abierta a un analfabeta político. Medellín: Hombre Nuevo, 1977. 237 p.).

BAYER, Tulio – | Diccionario Biográfico de las Izquierdas Latinoamericanas

Relata el escritor Gustavo Páez Escobar, que Alfonso López Michelsen calificó como una curiosidad bibliográfica la novela Carretera al mar. Por aquella época, López Michelsen se hallaba exiliado en México y allí se interesó por llevar al cine la novela de Bayer, con quien simpatizaba por haber sido uno de los iniciales adherentes del MRL., y cuya obra fue catalogada como una muestra elocuente de la violencia política que azotó al país en los años cincuenta. Sin embargo, el proyecto cinematográfico no se llevó a cabo.

Un significativo rasgo de la solidaridad del médico Bayer con la desgracia de los pobres lo constituye el ataúd comunitario que inventó en Anorí, hecho que representa no sólo un episodio de novela, sino que pertenece a la realidad alucinante. Al descubrir que el municipio otorgaba una suma para costear la caja funeraria de los pobres de solemnidad, propuso a las autoridades que él mandaría fabricar por su cuenta un ataúd de calidad para prestar el servicio de velación a esas personas, las cuales serían luego enterradas sin ataúd. Así sucedió. A cambio, el municipio le entregaba en cada caso el respectivo auxilio, con el que compraba leche para los niños desnutridos que atendía en el hospital.

Tulio Bayer es un hábil narrador de la violencia. Su Carretera a la mar, ahora olvidada, merece sitio destacado en la literatura testimonial de aquellos tiempos horrendos. Esa carretera de penetración por la selva húmeda, por la selva agresiva, hasta llegar al mar, está plagada de violencia. Con ella soñaron muchos colombianos. Se hizo con sangre inocente. En la novela aparecen los primeros signos de la sensibilidad social del escritor, la cual determinó su rebeldía y le ocasionó tremendos descalabros.