Vargas Vila.

Carlos Bueno

7 septiembre, 2021

-“

 

 

-No soy un pederasta. No soy un homosexual. Fui trasvesti. Me repugnan las mujeres. Amé inmensamente a mi madre”.

– “Yo, no quiero ese último destierro; lloraría de dolor, aquel átomo de mis cenizas”.

– Con su herencia montaron el diario El Siglo en Bogotá. Un poblacho de cuarenta mil almas escasas, frío y desapacible, extremadamente sucio, nido de todas las epidemias, especialmente la del fanatismo religioso.

– Existe consenso en considerarlo uno de los grandes entre los malos escritores de este continente.

– Solía andar estrafalariamente vestido, con lujosos chalecos, extrañas antiparras y vistosos bastones.

– Hoy, su prosa resulta ilegible por fatigante, pomposa y cantinflesca.
-. La difusión de sus libros se hizo en ediciones piratas ya que se trataba de un escritor prohibido. Y la lectura de un autor prohibido es en si un acto de transgresión.

-.” Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo, muriendo en él. Ahí está vivo, después de haber fatigado la infamia”.

– Borges, diría: es la injuria más espléndida que conozco; injuria tanto más singular, si consideramos que es el único roce de su autor con la literatura.

-.Era grotesco, sublime, cómico y trascendental al mismo tiempo. Quería deslumbrar, a toda costa, y para ello acudía a toda clase de reclamos publicitarios, al mismo tiempo que cantaba su soledad y hablaba de su aislamiento casi trágico.

– Si el poder de una pluma se mide por la cantidad de suicidios que suscita, la suya ocupa lugar destacadísimo.

– Obsceno, pervertido, más bien un hombre, como tantos otros, que se conocía bastante bien a sí mismo, y por lo tanto se mentía, se engañaba, agravado, en su caso, por la telaraña de una literatura farragosa.

 

Dilatada, ardua, caótica, dispersa y desatinada es la posteridad de José María Vargas Vila. En su balance final no le va bien. Empecemos. Contra su expresa voluntad concluyente, unos masones colombianos repatriaron sus restos desde Barcelona a Bogotá en 1981. No solo no contaron con su manifiesto desdén por las ceremonias masónicas sino con su deseo postrero de permanecer en Barcelona. Otrosí. Con su testamento y herencia, tras la aparición de un extraño codicilo, compraron las rotativas del periódico El Siglo en los años treinta del siglo XX, para defender a su abominada iglesia católica, al fascismo – un mimo hecho lmperatore en Italia-, a las dictaduras y al imperialismo yanqui. ! Quel horreur!

Pero, como colofón de su trasegar panfletario y sedicioso, morir escribiendo por la vil subsistencia a favor de uno de los bandos de la revolución mexicana. En la otra orilla de otro mercenario a sueldo colombiano, Porfirio Barba-Jacob. Dos plumíferos a sueldo, dos legionarios de la pluma. Uno defendiendo a los generales Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. Barca-Jacob, destrozándolos. Aunque no se conocieron, si sabían del otro. Vamos despacio, desglosemos.

¿Qué carajos pensaban Jorge Valencia Jaramillo y sus amigos masones para trasladar ese 24 de mayo de 1981, desde el cementerio de Las Corts al Central de Bogotá los restos del panfletario y agitador radical, José María Vargas Vila Bonilla, el Divino? Y ponerlo cerca de su archienemigo histórico, Miguel Antonio Caro, retórico vil, escapado de los tugurios de Bizancio… gramático pedante y nulo, ebrio del latín…retórico mediocre… La parábola de la ignominia estaba completa. Habían negado su última voluntad, su deseo más antiguo: “Fue el sueño de toda mi vida, poder edificar en mi soledad, un asilo que amparara mi vejez… ¡Vano sueño, como todos los sueños de mi vida! El destino no oyó mis votos, y, me ha condenado a envejecer en tierra extraña, bajo cielo extraño, sin poder mirar como míos, la tierra que huellan mis pies, ni el techo que cubre mi cabeza…No tendré tumba propia; La pala del enterrador aventara un día mis cenizas, de un recinto que no era suyo…Y, el viento las dispersará…Solo pido al viento misericordioso, que no sople hacia occidente, y, no lleve un átomo de ellas hacia la playa de mi patria; Yo, no quiero ese último destierro; lloraría de dolor, aquel átomo de mis cenizas”.

Claramente, no quería volver a Bogotá, ciudad a la cual le dio el nombre de envidiopolis. Capital de los Estados Unidos de Colombia; un poblacho de cuarenta mil almas escasas, frío y desapacible, extremadamente sucio, nido de todas las epidemias, especialmente la del fanatismo religioso. . En Alba roja dijo: «La ciudad Capitalina, ganada por la gangrena clerical, que luego había de convertirla en pústula viviente devorada por los gusanos, es Santa Fe de Bogotá, momentos antes de convertirse en tribu apostólica, allá, por el año 1884, en el alborear de ese pataleo de sátrapas epilépticos, bajo el cual he vivido, si vida puede llamarse una ignominia que dura cuarenta años».

En el comienzo de una novela inédita del filólogo y escritor Juan Rúa se describe como “el 23 de mayo de 1933, un instante después de cuando el sol alcanzó el cenit, El Divino, a sus setenta y tres años, despedido de sí, exhaló su última bocanada de aliento en un piso interior del número 183, en la calle Salmerón, en Barcelona. La noche anterior, febril, dispéptico, neurótico, murmuraba con desgarros disfónicos el nombre de su madre, única mujer a quien amó, entre súplicas y vocaciones: – ¡Elvira! ¡Elvira! ¡Elvira! El hijo de la viuda toca a tu puertaEl Divino dispuso alojar sus restos lejos de Colombia. Las tierras catalanas eran el puerto para el día sin señalar, para permanecer olvidado y, finalmente, tranquilo, lejos de la comarca y del clero patrio. Los anarquistas mueren felices en Barcelona, sintiendo cerca de la tumba el aliento de este gran pueblo, tan fuerte y tan viril, en cuyo corazón duerme siempre un jirón de tempestad.

Mercedes Guigou Villazán, esposa de Ramón Palacio Viso, secretario y a quién El Divino llamara su hijo, y el abogado Claudio García G. Carballar, condujeron a éste, como lazarillos, ante el cuerpo sin vida. Ella retiró con delicadeza los psicopompos que retenía con los brazos ante el pecho, y los tres, ante el muerto, precisaron los detalles más urgentes de la última voluntad: El cuerpo desnudo, como a la tierra vino; en una caja de madera de pino; sin barniz, sin forros, sin adornos vanos de recia ostentación; poned mi pluma entre mis manos; y el retrato de mi madre sobre mi corazón; y como epitafio, grabad únicamente esto: Vargas-Vila.

Sí. Disponía que nunca ningún átomo suyo llegara a tierras colombianas. La mano esquelética se alzaría en puño, desde la tumba o desde el infierno, para maldecir a quien, sin pertinencia, interrumpiera su sueño y su olvido, transportándolo a donde los tiranos descansan; aquellos que pusieron precio a la cabeza de los caudillos liberales y a la suya, mientras componían versos a la Virgen María en el despacho presidencial. Legaba también, a su secretario e hijo espiritual, Ramón Palacio Viso, como su heredero universal, es decir, beneficiario de una biblioteca de mil ejemplares y de los derechos de toda su obra, publicada e inédita, nada más.

Mercedes y el doctor Claudio dejaron solos a Ramón y al cuerpo de El Divino, hasta que vinieran por éste para conducirlo al cementerio, y, entre tanto, se ocuparon de cuestiones legales y de la logística del enterramiento. .. En una noche seca y sin luz, martes de luna nueva, El Divino, como un Werther, fue conducido al Cementerio de Les Corts, acompañado de Mercedes y Ramón hasta un panteón para ciudadanos del común. Nadie proclamó las últimas palabras. Su placa, aunque sin epitafio, decía más que simplemente Vargas Vila; aparecía, junto a la fecha de nacimiento, el nombre de Colombia, así como día, mes, año y ciudad del deceso. No se escoge el lugar de su cuna; y sí puede escogerse el de su tumba; y en este caso, ésta es nuestra verdadera Patria, porque en ella moramos para siempre, y ella no nos expulsa jamás de su seno generoso… Votos por un feliz – algún día- regreso de sus restos a Barcelona. Así lo decidió él.

Vargas Vila, sentado. Atrás, el poeta Rafael Maya.1924. Barranquilla.

Arturo Escobar Uribe señala en Divino Vargas Vila que el testamento consultado por él en 1966, da cuenta de la existencia de un codicilo, pero que, sin embargo, este no figura en el registro notarial de Barcelona. Este codicilo es el que crea la controversia según la cual, hasta hace poco, Beatriz de la Vega, nieta de Antonio Vargas Vila e hija de Isabel Vargas Vila, reclama derechos sobre la herencia de El Divino. Pero, García G. Carballar, abogado de Vargas Vila durante sus últimos años, había sido recomendado a éste por José de la Vega, esposo de la susodicha Isabel, cuando la pareja vivía en Barcelona, en años cercanos a la muerte del tío José María. Y ahí empieza el dominio del chisme. Isabel recibe unos dineros gracias a dicho codicilo, que son invertidos en la construcción de la casa de El Tambo y en el pago de las rotativas para El Siglo, provenientes de Alemania, encargadas allí por Laureano Gómez, y de las cuales se antojó durante sus aventuras diplomáticas en la Alemania Nazi durante 1930 y 1932. Este es el texto:

En la ciudad de Barcelona y hora de las doce del día cinco de Febrero de 1930.
Constituido previamente requerido, en el piso cuarto, primera puerta de la casa número ciento ochenta y tres y ciento ochenta y cinco, de la calle Salmerón de esta ciudad, ante mí, don Ramón Forn y Bellet, Abogado y Notario del Ilustre Colegio territorial de Barcelona con residencia en la capital y los testigos que al final se nombrarán,
Comparece don José María Vargas Vila y Bonilla,
Publicista, mayor de edad y soltero, natural de Bogotá, República de Colombia y residente de esta ciudad, provisto de pasaporte con su fotografía adherida, que me exhibe, librado a su favor por la Legación de Colombia en París, a nueve de Mayo de mil novecientos veintisiete, visado por el Cónsul General de Colombia en Barcelona a veintisiete de Julio del año anterior, no presentando cédula personal por su condición de extranjero y residir accidentalmente en España, según afirma.

Declara el señor otorgante ser hijo legítimo de los consortes difuntos Don José María Vargas Vila y Doña Elvira Bonilla Matiz. Asegurando tener y teniendo a juicio del suscrito Notario, la capacidad jurídica bastante para otorgar este documento, hallándose en condiciones perfectamente normales de salud, manifiesta:

Que deseando disponer de sus bienes para después de su muerte otorga testamento en la forma y términos siguientes: Nombra albacea testamentario a Don Ramón Palacio Viso, escritor, que ha sido compañero fiel y adicto otorgante Colegio, dejando a su disposición y prudencia la clase de entierro que haya de hacerse a su cadáver en los últimos años de su vida y a Don Claudio García G. Carballar, Abogado de este Colegio, dejando a su disposición y prudencia la clase de entierro que haya de hacerse a su cadáver.

Nombra también a los mismos señores Don Ramón Palacio Viso y Don Claudio García G. Carballar, contadores, partidores, liquidadores o comisionarios de su herencia a fin de evitar la intervención judicial, ya que prohíbe la formalización del juicio de testamentaría queriendo que los dos citados señores actúen juntos o separadamente confiriendo a cada uno de ellos, todas las facultades que les otorga a los dos, si por cualquier circunstancia no pudiera actuar más que uno. Quiere que si alguna deuda dejare al fallecer, sea pagada por su heredero después de comprobada su legitimidad. Declara al otorgante que no tiene herederos forzosos según las leyes tanto de su país como españolas.

Y en todos sus bienes presentes y futuros, derechos, acciones, créditos, obras literarias, contratos y cuanto sea de propiedad del otorgante, instituye heredero universal suyo a Don Ramón Palacio Viso el cual recibirá la herencia con facultad de poder disponer de ella libremente. Revoca sus anteriores disposiciones de última voluntad, queriendo que sólo esta sea válida y que prevalga a todas las demás ya como testamento ya como codicilo en los casos previstos por la ley.

Así lo otorga en un solo acto, conocido de mí el Notario, de que doy fe, así como de su estado, profesión y vecindad, siendo testigos llamados y rogados por el señor testador Don Fernando de P. Amargós Moll y Don Juan Tornell Roselló, mayores de edad y vecinos de esta ciudad, a quienes y al testador he leído íntegro el presente a su elección, previamente advertidos de su derecho a leerlo por sí; firmando uno y otros. De todo lo contenido en este instrumento público, yo el Notario autorizante, doy fe. –J. Ma. Vargas Vila. –Juan de P. Almagrós. –Juan Tornel. –Signado: Ramón Forn. –Rubricado.En la misma fecha remito al Sr. Decano del Colegio Notarial el parte para el registro general de últimas voluntades. –Forn. –Rubricado.

Ahora regresemos a Los archivos del divino, la novela inédita del escritor y filólogo Juan Rúa.
– …Isabel, necesito $10.000 para participar con el doctor Gómez en una empresa que hará frente a los liberales. Los lopistas planean entregar por completo el poder de Colombia a los masones. Darío Echandía y toda esa gente atea. Dios nos ampare, están trabajando en una reforma constitucional que anulará de nuevo la relación entre el Estado y la Iglesia. ¿Lo imaginas amor…? la sinarquía de los ateos como en el 63. Es nuestra obligación detenerlos… los comunistas han llegado en reemplazo de los viejos radicales…

– Pero, José ¿tanto dinero? -dijo Isabel Vargas Vila de la Vega.- y justo cuando estamos construyendo la casa de El Tambo que, corazón, vale casi tanto como me pides…
– Sí, ajá… ¿y tú de qué te quejas Isabel? si recibiste mucho más que eso con lo de tu tío… además esa plata no estaría en nuestro poder sino fuera por los buenos oficios de nuestro querido amigo el Dr. Carballar… quién aclaró en el codicilo que los derechos literarios de las obras de tu tío pertenecen a su secretario, el señor Palacio Viso, mientras que las propiedades y efectivos a su pariente más cercano, es decir tú, como lo ordena la justicia. Además, mi querida… verás que estos $10.000 son un préstamo pro-patria… o, prefieres que esta secta de satanistas vuelva a radicalizar al país. Sabemos que Echandía es peor, y tanto más peligroso, que el Camilo Antonio Echeverri, ese tuerto indecente que redactó, botella en mano, metido en un prostíbulo, los más absurdos artículos de la Constitución del 63. Ahora, como antaño, retirarán el nombre de Dios de la Carta del 86, luego admitirán la libertad de cultos y negarán los beneficios que, por derecho natural, tiene nuestra Santa Madre Iglesia de asistir a los más pobres y de educar al pueblo sobre los preceptos morales de la fe verdadera. La amenaza masónica regresó y es nuestro deber defendernos.

Isabel Vargas Vila recogió su cabellera y pensativa se lanzó en brazos de su esposo. Debía asentir sumisamente y con agrado, no tiene facultades legales para administrar su propia fortuna. En Colombia, la mujer casada es considerada, junto a los menores de edad, los sordomudos, los dementes y los quebrados como seres incapaces de celebrar cualquier acto jurídico que implique transacciones importantes de dinero. El rico empresario cartagenero, José de la Vega, pretendía, con Laureano Gómez Castro, junto con el Partido Conservador y con la Iglesia, hacer oposición a los planes reformistas a la Constitución de 1886, que incluían, participación de la mujer en la administración pública, sufragio universal sin importar el patrimonio o el grado de alfabetización, reconocimiento de los derechos laborales, la protección del sindicalismo, especialmente de los huelguistas, para evitar otra masacre de las bananeras. Ahora, a cincuenta años de promulgada la constitución de la Regeneración Nacional, cuyos principales artículos fueron redactados por el jesuita José Telésforo Paúl, Arzobispo de Bogotá, los liberales, bajo la roja bandera de la Revolución en Marcha, planeaban secularizar de nuevo al Estado.

– Tranquila cariño, sabemos que si tu tío viviera no apoyaría nuestra empresa de El Siglo; la abominaría, la combatiría. Pero, tu tío no está aquí para impedir que su dinero se invierta en el nacimiento de un periódico dispuesto a luchar contra esos apátridas liberales masones… Por otra parte Isabel, los doctores Gómez y Vargas Vila fueron sinceros amigos, así como yo también lo fui de él. Y pese a que combatimos desde orillas distintas y por conceptos opuestos de libertad, tu tío siempre respetó las ideas de don Antonio, tu padre, y que son las nuestras. Es más, cuando hace días Laureano y yo nos encontramos en su casa para tomar las onces, nos preguntábamos cómo financiar esta empresa, y tras haber comentado yo sobre la posibilidad de disponer de este dinero, él me contó la historia de cuando, en 1924, recibió su visita en Buenos Aires, siendo Ministro Plenipotenciario en la Argentina, después de que Leopoldo Lugones hiciera severa campaña en su contra, hasta almorzaron juntos en su casa; fue el único político colombiano que recibió a Vargas Vila de buena gana en su gira por América. Hablaron de literatura y después, muy admirado, aquel escribió sendos homenajes, entre los cuales que decía: “… y Laureano, posee, por igual la Elocuencia de la virtud y la virtud de la elocuencia, por eso es digno del triunfo”. En este almuerzo estuvo también tu amiga, doña María Hurtado… pregúntale cuándo quieras… Amor, tu tío José María está muerto; y no está mal, quiero decir, no es una injusticia invertir su dinero en esta empresa, especialmente porque clama respeto y reconocimiento por nuestras ideas.

– Ya… yo entiendo, -asintió Isabel- pero cuéntame querido, para sentirme más segura ¿qué posición tiene el clero? ¿Qué opina al respecto? Supongo que les apoya.
– En efecto, no estamos solos, nos apoyan todos los colombianos, cristianos de bien conducidos por el alma pía de Monseñor Miguel Ángel Builes, quien además prepara desde ya una intervención para frenar las intenciones de los doctores López, Lleras, pero, especialmente las de Echandía, quién, cómo te he dicho, es el ideólogo principal y el encargado de la redacción del nuevo articulado. Monseñor Builes nos ha compartido unos borradores que he recibido justo hoy, y que serán presentados por él ante el Congreso Nacional. Aquí los traigo ¿te leo un fragmento?

– Por favor. Su Eminencia es inspirador.
– Por supuesto Isabel, lo es, dice: “Si el Congreso insiste en plantearnos problemas religiosos, lo afrontaremos decididamente y defenderemos nuestra fe y la fe de nuestro pueblo a costa de toda clase de sacrificios, con la gracia de Dios. Esta declaración nuestra no implica ninguna amenaza, ninguna incitación a la rebelión pública, pero sí es una prevención terminante al Congreso de que todo el pueblo colombiano está con nosotros y que llegado el momento de hacer prevalecer la justicia, ni nosotros, ni nuestro clero, ni nuestros fieles permaneceremos inermes y pasivos”.

– Tiene razón. Es un hombre preclaro. No nos quedaremos de brazos cruzados mientras la República involuciona hasta la barbarie de esos liberales, con perdón de mi tío y de mi abuelo. Cuentas con todo mi apoyo, mi vida. Tómalos tranquilo y a modo de ofrenda en esta tarea… Por otra parte, recuerda mi querido que, esta tarde, hemos sido invitados a tomar el té en casa de Pepita Pombo de Pombo, y que asistirán, aparte de las Pombo y las Holguín, María Elena de Grillo, Teresa de Gazzera, Elena Gamba de Koppel y muchas otras personalidades de nuestra clase. Así que, mientras no estás, le diré a Ricardo que me lleve. Tú y yo nos regresaremos juntos, para que, por favor, deja el otro coche aquí en casa. Llama a uno de esos Taxi.

José de la Vega tomó un Ford T rojo frente a su casa en la carrera cuarta con calle doce, en el barrio de La Candelaria, hasta la carrera 15 con calle 37, en Teusaquillo, en Bogotá. Tras las dos ventanas en arco sobre la pared blanca del frente se veían Gómez y de La Vega celebrando la buena nueva y preparando la publicación de El Siglo, antes de cumplir con sus compromisos sociales.

A las cinco de la tarde la garúa sobre Bogotá. Los invitados de Pepita Pombo de Pombo ingresaron a la residencia para huir del agua. Acompañados por la música de una radiola Víctor que amplificaba vesti la giubba, departían mientras Isabel Vargas Vila, María Hurtado y sus maridos jugaban al bridge junto a la chimenea.

– ¿Es cierto que tú conociste a mi tío José María? –preguntó Isabel a la esposa de Laureano Gómez.
– ¡Ay! Ni me lo recuerdes y, perdóname, yo no quiero insultar a tu familia gratuitamente… pero, ¡qué tipejo tan desagradable, ala! Con ese acentito como de indio centroamericano, hablando disparates de la política nacional y de sus libros de moral impracticable. ¡Ay no! vestido de toda clase de telas sofisticadas, sombreros e imposturas. Un filipichín por Dios. Y es que, querida, no sé qué opinarás tú, pero a los que nacen pobres la riqueza no les luce. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. ¡Yo no sé qué mosca picó a Eleuterio cuando se le ocurrió invitarlo a nuestra casa! –Decía María Hurtado mientras golpeaba leve a su marido con el codo- El único funcionario colombiano en todo el mundo que tiene el alumbramiento de recibir a un paria que despotrica de su propia patria…

– No María –contestó Laureno Gómez, dirigiéndose también a José de la Vega y a Isabel- Vargas Vila y yo coincidimos pero no comulgamos en los mismos principios de nacionalidad. Siempre he dicho que el personalismo mata la política; yo no tengo problema en escuchar a un liberal, aunque sea inútil. Sí bien Vargas Vila nunca comprendió nuestras tradiciones, ni tuvo moral, y siempre lo invadió una agitación política estéril, estuvo a la altura de la contienda y eso puede ser admirable. Fue un gran orador. Pero, es distinto recibir a un masón, y discutir con él pacífica y civilizadamente, que ceder o hacer cambiar una mente equidistante, que, como dicho fue, no supo nunca de fe, ni de amor, ni de ningún principio rector de una República cristiana y pura como la nuestra.

– Laureano tiene razón… -añadió José de la Vega- Vargas Vila representa en Colombia dos de los tres principales peligros de amenazan la civilización: el judaísmo, el comunismo y la masonería… y perdonen la intromisión de un tema que no es abiertamente conexo a este, pero ya saben que no podemos dejar de elogiar los frutos frescos de la inteligencia sajona… ¡y es que son tan admirables la vanguardia alemana que logra combatir los peligros mundiales, bajo la bendición de Su Santidad!, El Siglo será un soldado de Cristo, y combatirá también estas amenazas… ya hemos encargado en Berlín unas modernas rotativas, máquinas de escribir y demás equipos que llegarán prontamente…

– y ¿liberalismo, comunismo, judaísmo y masonería por igual? –Preguntó Isabel Vargas Vila-.

– Pero si son la misma cosa querida –respondió María Hurtado- Los liberales tienen a la masonería por escudo, de guarida, de caverna, así como nosotros tenemos a nuestra santa madre Iglesia por hogar. Además, tú bien sabes que ser liberal es pecado, y que los masones fueron excomulgados. Esperemos que El Siglo ayude a estas pobres almas a acercarse de nuevo a Dios.

– Nuestro diario –afirmó Laureano Gómez- tiene el deber de mantener la vida, la libertad y la justicia en su orden, combatir la ineficiencia administrativa y reunir a la nación bajo una misma bandera, tal como lo hace con vigor y determinación el pueblo alemán bajo la tutela del Fürher, todo esto lo pude constatar durante los dos años de ministerio en Berlín.
El primero de septiembre de 1936 las rotativas de El Siglo, en Bogotá, dieron a luz pública un diario dedicado a la oscuridad. En la noche, en casa de Laureano Gómez se brindaba un sobrio banquete. De la Vega golpeó su copa de champagne, abrazó a su mujer y frente a los invitados dijo:- “Por Vargas Vila, y por la prensa libre”.

A otra vergüenza. Plumífero a sueldo de la revolución mexicana. Un capítulo poco conocido de sus días postreros. La relación entre los generales Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Vargas Vila fue ideológica, pero también de intereses, entre las oportunidades idealistas y las órdenes políticas. El trabajo propagandístico se realizaba a través de su revista Némesis, para los gobiernos de Carranza, luego de Obregón y más adelante de Calles. Vargas Vila nunca visitó México. Desde sus residencias en Barcelona y en Cuba realizó ese efectivo trabajo para tres presidentes sucesivos. La prosa fue apologética con las figuras representativas de la revolución. A Carranza por ejemplo lo llamó el hombre escudo de América, a Álvaro Obregón el Hombre Superior y de Calles diría que es la revolución. El trabajo propagandista de Vargas Vila era remunerado económicamente, remuneraciones exclusivas que le permitieron mantenerse por varios años. El dinero que Vargas Vila percibía era por cuenta del subsidio a la revista Némesis de la cual eran adquiridos 2000 ejemplares, número que para la época eran extraordinarios. El apoyo hacia el escritor colombiano fue discreto.

En un extenso ensayo de Pablo Yankelevich sobre estas relaciones, titulado Mecenazgo revolucionario y propaganda apologética , señala que “José María Vargas Vila publicó 108 libros en vida y fue, sin duda, el primer escritor latinoamericano que hizo alguna fortuna con su profesión. Existe cierto consenso en considerarlo como uno de los grandes entre los malos escritores de este continente. En los tratados de literatura, su nombre apenas se menciona como integrante de la generación modernista. Sin embargo, durante las primeras décadas de este siglo, su figura aparece envuelta en la leyenda, ejerciendo un atractivo que, quizá, sólo haya sido superado por Rubén Darío, aunque a diferencia de éste, Vargas Vila asumió posiciones políticas que remiten a los orígenes de lo que más tarde fue su carrera literaria. Vivió en Roma, París, Madrid, Málaga, Barcelona, Venecia, Ginebra. Formó parte de la bohemia modernista latinoamericana radicada en el viejo continente; entre otros, alternó con Rubén Darío, Rufino Blanco Fombona, Amado Nervo y Enrique González Carrillo. De todos ellos fue el más exitoso. Sus libros se vendían por millares. París, Barcelona y México fueron los principales centros editores.

Por aquellos años de bonanza, la leyenda y la realidad parecían mezclarse dotando a su vida de cierto misterio aristocratizante. Solía andar estrafalariamente vestido, con lujosos chalecos, extrañas antiparras y vistosos bastones. Se decía que era propietario de castillos y villas campestres, aunque en realidad parece haber sido un personaje solitario, cuya única compañía fue su secretario venezolano Ramón Palacio Viso, a quien consideraba como a un hijo.

Su extraordinaria fortuna, si es que la tuvo, terminó por diluirse en medio de una vida ostentosa, viajes y enfermedades. En 1922 emprendió una gira latinoamericana para publicitar sus libros. El resultado orilló al fracaso. Visitó Buenos Aires, donde la crítica fue poco favorable. Hugo Wast, hoy un escritor tan sanamente olvidado como Vargas Vila, dijo que las letras del colombiano eran lecturas de cocineras. El autor de Ibis contestó que en ciudades de segunda categoría, como Buenos Aires, las cocineras eran naturalmente más inteligentes que los críticos. Estuvo en Río de Janeiro y al poco tiempo desembarcó en Barranquilla, siendo ésta la primera y última vez que volvió a pisar suelo colombiano desde 1885. Pasó luego a Cuba, donde se radicó un par de años, para finalmente fijar su residencia definitiva en Barcelona. Allí, sin el esplendor de glorias pasadas, continuó escribiendo sus novelas, libelos y panfletos hasta su muerte en 1933. Las novelas de Vargas Vila no fueron buenas, se revelan como el antecedente más inmediato de una literatura de fotonovela. El erotismo en algunos relatos parece haber sido uno de los atractivos que despertaron sus libros. Personajes que transgredían las cánones de una estricta moral cristiana, sumergidos en ambientes decadentistas, sirven para exaltar una visión trágica de la vida: La muerte es el único desafío a la fatalidad, el suicidio hace al hombre superior a Dios, porque Dios no puede morir y el hombre sí”.

Los críticos sostienen que el anticlericalismo como constante en sus relatos y el recelo que su pluma desata entre los miembros de la Iglesia, sirven para explicar la fortuna de sus obras. Hasta mediados de la década del veinte del siglo XX, sus escritos fueron la cartilla romántica de la juventud latinoamericana. Hoy, su prosa resulta ilegible por fatigante, pomposa y cantinflesca. Sin embargo, sus escritos políticos merecen cierta atención, sobre todo aquellos redactados en los últimos quince años de su vida, cuando puso su pluma al servicio de la inconclusa revolución mexicana.

En noviembre de 1919, Genaro Estrada, comentando las novedades del mundo editorial mexicano, escribía a su amigo Alfonso Reyes: Vargas Vila es el autor predilecto de nuestro público, cualquier número de ejemplares se agota en una semana. Ni para los hombres de letras, ni para los caudillos revolucionarios este hecho pasaba inadvertido; y mucho menos para Álvaro Obregón, quien ultimaba detalles para su participación en la campaña presidencial.

Un personaje menor en las letras mexicanas, Juan B. Delgado, fue el encargado de poner en contacto al escritor colombiano con el futuro presidente de México. En el desempeño de sus funciones de cónsul de México en España, Delgado, a la fidelidad a Carranza, anteponía su colaboración a la carrera política de Obregón. En septiembre de 1919, desde Barcelona, escribió al general:
… he hablado casi a diario con Vargas Vila […] sobre asuntos internacionales. Vargas Vila no es propiamente un literato: es un panfletario, un combatiente […]. Estoy robusteciendo la idea de que vaya a México a dar conferencias que nos convengan. Desde luego va a escribir en su periódico Némesis algo en pro de nuestra patria codiciada por el rubio gringo. Hoy le escribo al Sr. Carranza acerca de un anticipo para este escritor…

Cuando la revuelta de Agua Prieta sellaba la suerte de Venustiano Carranza, el colombiano desplegó su pluma, y en un estilo inconfundible , se dedicó a enaltecer al hombre-escudo de la América, el único que se había opuesto al Tratado de Versalles, a la entronización de la Doctrina Monroe y que había resistido con alma de César a las amenazas de los Pretores enanos que reinaban más allá de las fronteras […]: Sólo un Pueblo y, un Hombre, en esa cobarde avalancha de vencidos y, de vendidos, han osado alzarse ante el tropel de las Victorias Ultrajantes…Ese Pueblo, y, ese Hombre: Son México y Venustiano Carranza…

[… ) Los búfalos invasores quedaron absortos ante el vuelo de aquellas águilas negras, a las cuales el furor, parecía hacer crecer alas de llamas; desde aquel momento, Carranza dejó de ser una figura nacional y, se hizo una figura continental; el alma de América se fundió en él; en medio de tantas traiciones a la Raza, él, se alzó , como el Único Defensor de ella; [… ] él trazó a los invasores el círculo de Polipius, y, los obligó a capitular…Los bárbaros se retiraron, pero la lluvia de sus flechas ,no ha cesado de caer […].

La muerte de Carranza en nada obstaculizó la relación de Vargas Vila con los generales. Por el contario, en 1921, recibió la visita de Manuel Otálora, el nuevo cónsul de México en España. Este funcionario, previa entrega de una carta de presentación firmada por Álvaro Obregón, se aprestaba a cumplir una misión. Vargas Vila tenía problemas para financiar y Otálora recibió instrucciones de ayudar al escritor. El acuerdo no tardó en concretarse. El gobierno mexicano subsidiaría Némesis mediante de un convenio por el que se comprometía a comprar mil ejemplares mensuales; a ello se agregaba un pago único a Vargas Vila por cinco mil pesetas, para después y por concepto de ayudas, liquidar mensualmente dos mil pesetas al escritor.

Quizá para sorpresa de Vargas Vila y del propio cónsul, el presidente Obregón considero poco generoso el acuerdo. La propuestas de Otálora acerca de la necesidad de que Némesis se comercializara, no sólo para recuperar la inversión, sino porque regalada no produce efecto porque luego se descubre que hay un fondo interesado en sostener aquella obra, parecían no reparar en las ventajas que reportaría a la libertad de los hombres y de los pueblos contar con la pluma del colombiano.

Sobre esta base, Obregón propuso que el subsidio se duplicase, esto es, que el gobierno mexicano adquiriera mensualmente dos mil ejemplares, mil para cualquiera de las empresas editoriales de este país y el resto para Sud-América y cualquier suma que se recaudara por este concepto, podría aplicarse al fomento de la misma empresa. Por último, sugería que a los fines de guardar la máxima discreción, se evitase en la correspondencia nombrar a Némesis y a su director, usando al referirse a ellos las claves de: La Revista y nuestro amigo. Desde finales de 1921, Némesis se puso al servicio del gobierno de Obregón. El presidente había conseguido un bardo dispuesto a cantar sus glorias:

Álvaro Obregón venía del corazón del Tumulto, pero dominándolo; salía del Incendio, pero extinguiéndolo en pos de Sí; surgía de la Tempestad, pero cabalgando en el rayo, y dominándolo; ¿millar… Sí… Ocho mil kilómetros en campaña, delatan al estratega; un brazo menos dejado en los campos de batalla, delata al Héroe; pero el glorioso mutilado, no es un profesional de la Espada, ni tiene el culto de ella; siendo el Ídolo del ejército, renunció a todos sus títulos militares, y puso su Espada en las manos del Congreso Nacional;

Este benjamín de la Tribu Presidencial – porque es el más joven de los Presidentes en nuestra América – es el tipo más lejano del Caudillaje opresor […] […] Obregón, es más que un Inteligente, Obregón es un Intelectual […].

El panegírico resultó del agrado de Obregón, quien dio inicio a una correspondencia directa con Vargas Vila, donde abordaba temas de actualidad internacional, remitía discursos y ensayaba interpretaciones sobre el destino y futuro de las naciones hispanoamericanas. Entre tanto, el servicio exterior en España y la propia oficina de la presidencia se encargaban de nutrir a Némesis con documentos oficiales. Así, en medio de la prosa vargasvilesca, se insertaban discursos completos del presidente de México, artículos constitucionales, notas y entrevistas de prensa, reclamos diplomáticos y una variedad de materiales ensalzando a Obregón, todo ello como parte de un continuo de lectura tan pomposa como farragosa.
La negativa de la Casa Blanca a otorgar reconocimiento al gobierno mexicano fue explotada en profundidad por Vargas Vila, en el entendido de que, para los pueblos hispanoamericanos, aquella actitud mal escondía la oposición a la política nacionalista e independiente de Obregón. Estas ideas fueron alentadas por el propio presidente, pero también y al mismo tiempo, trabajaba para restablecer las relaciones con el gobierno estadounidense. Este juego oscilante entre los anhelos y los deberes de la política, explica que, por un lado, confesara a Vargas Vila sus sueños de unidad continental frente a las ambiciones norteamericanas, y por otro, considerara inoportuna una visita del director de Némesis a México.
En efecto, Obregón, quizá pensando que el reconocimiento estaba pronto a alcanzarse, evaluó a mediados de 1921 que la presencia del colombiano podría agitar pasiones antinorteamericanas entre sus admiradores, que los tiene muy numerosos en México, por lo que giró instrucciones al cónsul Otálora de aplazar el viaje de nuestro amigo. Vargas Vila preparaba su gira por Latinoamérica y no resultaba descabellado gestionar una invitación para visitar el país que financiaba su revista. No viajó a México, pero es¬ tuvo en algunas ciudades de Sudamérica. En Buenos Aires dejó sobradas muestras de su profesión de fe obregonista, declarando, a cuanto reportero se acercó para entrevistar lo, que Obregón es el hombre más completo de la política, el político privilegiado, la síntesis de la raza en la América Latina, […] es el más fuerte gobernante intelectual que haya aparecido en la historia de este siglo. Este tipo de materiales se encuentran por decenas en Némesis.

Presidente Obregón sobre Vargas-Vila.

Si la relación con Obregón fue cercana, aquella que mantuvo con Plutarco Elías Calles fue aún más estrecha. Una serie de razones lo explican: en primer lugar, el mecenazgo con Calles llegó en momentos en que la estrella vargasvilesca comenzaba a declinar; además, su salud se había deteriorado y en cuidarla invirtió fuertes sumas de dinero. De manera que, la ayuda que en un principio debió ser un complemento adicional a sus ingresos por derechos autorales, poco a poco se convirtió en la única fuente de sustento del otrora exitoso novelista. En segundo lugar, el radicalismo anticlerical del callismo, constituyó una nueva fuente de atracción. La militancia liberal de Vargas Vila, sus posiciones antirreligiosas defendidas en Colombia y Venezuela, parecían revivir en la política mexicana.

De suerte que la apoteosis del elogio se potenció hasta alcanzar límites insospechados. Calles debe haber heredado de Obregón el vínculo con Vargas Vila. Este, desde 1924, radicaba en La Habana, enfermo y convaleciente de una intervención quirúrgica. A finales de 1925, el presidente mexicano hizo saber su preocupación por la salud del novelista y por la suerte de Némesis. La respuesta no tardó en llegar:

“Mi Eminente y Noble Amigo: Me incorporo…Y, hablo…como el tullido de la escritura, hago de mi lecho de dolor una tribuna… No declamatoria y pública; confidencial. ..y, vengo, a dialogar con su amistad, para decirle: Gracias…[…] Gracias por su noble gesto de interrogar por mi salud […] Némesis, no sufrió del colapso de mi Salud, vivió y vive aún; tal vez, usted me habrá hecho el favor de leerlo, y habrá visto, que nada, ni el dolor, ha tenido la fuerza de abatirme… […].
Vargas Vila, en correspondencia con Plutarco Elías Calles, comunicaba impresiones sobre el acontecer mundial, se lamentaba: “[…] ¡qué época, nos ha tocado vivir, los que como usted y como yo, hemos amado la libertad, y le hemos consagrado nuestra vida… “. Se decía víctima de la dictadura de Miguel Primo de Rivera en España, condenaba el ascenso de un mimo hecho lmperatore en Italia, y confesaba desgarrarse ante los horrores de Nicaragua., preludio de una amenaza generalizada sobre Indoamérica. Remitía sus últimos libros y suplicaba recibirlos como un homenaje a mi Admiración por la Obra Titanesca que usted realiza.

Pero también anunciaba sus proyectos y, sobre todo, solicitaba ayuda. La enfermedad parece no haber sido un obstáculo en el plan que puso a consideración de Calles en 1926. Propuso realizar una gira por Panamá, Buenaventura, Guayaquil, Callao, Santiago, iré a través de la cordillera a Buenos Aires, de allí al Paraguay, Uruguay y Brazil [sic], para regresar de nuevo a La Habana. El objetivo era dar conferencias “de sentido libertario, ultrarrojo”. En el diseño del itinerario, el novelista consideró inútil su presencia en México: mis conferencias violentamente antiamericanas holgarían en un país que […] ha llegado a la Cumbre de su Desarrollo Político, guiado por la mano de Ud. Sin embargo, para la empresa requería financiamiento, habida cuenta de que lo que mis libros y Némesis me producen no son bastante para vivir con el decoro que mi nombre y mi posición exige. En realidad, Vargas Vila estaba en severos aprietos económicos, por lo que pedía a Calles:

[…] un auxilio pecuniario para ese viaje de propaganda, si usted lo cree necesario. O, la compra, para bibliotecas públicas y del Estado de un número de ejemplares de mi Obra, en cantidad suficiente que me permita salir de la angustiosa situación personal en que me encuentro. O cualquier solución que su amistad y su generosidad le dicten para venir en mi auxilio. El periplo por América Latina no se realizó. El director de Némesis permaneció en La Habana hasta que en 1927 regresó a Barcelona.

En Cuba y a sueldo del gobierno callista, al decir de José Vasconcelos, Vargas Vila permaneció más fiel que nunca a sus mecenas mexicanos. Las páginas de Némesis dan sobrada cuenta de ello. Los panegíricos a una Revolución libertadora, que fulgió como un Rayo en la Espada de Álvaro Obregón, y brilla hoy como una Tea en las manos fuertes de Plutarco Elías Calles…, alternaban con transcripciones textuales de la legislación callista; fue el caso, por ejemplo, del extenso espacio dedicado a la Ley Reglamentaria del Artículo 27 Constitucional. El enfrentamiento del gobierno mexicano con la jerarquía católica, permitió desplegar decenas de páginas en apoyo a Calles. En ellas encontraron cabida los discursos del presidente y los principales funcionarios, crónicas del actuar de la jerarquía eclesiástica y la legislación contra esos vándalos ensotanados que se han declarado en rebeldía contra la República, y van al asalto de las instituciones nacionales. Una de esas diatribas, La cuestión religiosa en México, fue tomada de Némesis y, bajo la forma de panfleto, reproducida por millares en México.
El asesinato de Obregón enluta el anticlericalismo de Vargas Vila, pero también potencia la glorificación de Calles. En una carta a Fernando Torreblanca, escribe: La muerte de Obregón, es el duelo de la Revolución, pero, no es su Muerte. […] Obregón ha muerto pero Calles vive, Calles, es la Revolución en marcha.… Promete escribir un libro¬ homenaje que titulará: Álvaro Obregón. Páginas de Historia y de Epopeya. Tiempo más tarde, cuando la rebelión escobarista, comunica que abandonó aquella empresa, pero que se encuentra redactando los capítulos finales de Los dos Libertadoresaquel que murió sin realizar la Revolución, y aquel que acaba de realizarla con sus últimas Victorias […].

 

 

La red de informaciones que nutrieron a la revista se diluyó. Némesis como espacio de propaganda parecía agotado. La restablecida cordialidad en las relaciones con Estados Unidos, a partir de la llegada del embajador Dwight D. Morrow, obligaba a abandonar el discurso combatiente de tiempo atrás. Quedaba el agradecimiento y la solidaria amistad que desplegó el expresidente mexicano para con un Vargas Vila pobre y enfermo. En 1930, la Cancillería mexicana consideró oportuno prescindir de los servicios que prestaba el escritor colombiano. En septiembre de aquel año, el cónsul en Barcelona aconsejó al canciller Genaro Estrada la conveniencia de suspender la ayuda, toda vez que ni Vargas Vila ni su Revista tratan asuntos mexicanos, además que nadie lo quiere en España y ni lo leen. A pesar de coincidir con esta opinión, el canciller fue explícito en la respuesta: razones de orden político se interponen siempre para suspender ese donativo, con las recomendaciones consiguientes al Jefe de Estado.

En efecto, desde aquel año y hasta su muerte, Vargas Vila vivió en permanente zozobra. Con gran dramatismo comunicaba a Calles la suspensión del donativo de cuatro mil pesetas, que mensualmente le entregaba el consulado mexicano, así como la compra de buena parte de la edición de la revista. La intervención directa del expresidente Calles, turnando las recomendaciones a que aludía Genaro Estrada, hizo posible el restablecimiento de los pagos. Para el novelista, se trataba de maniobras tramadas en las alturas del poder.

En sus devaneos seniles, consideraba que su publicación era el baluarte de la Revolución en las prensas del exterior; de suerte que las dificultades que enfrentaba Némesis eran muestra de que fuerzas oscuras se movían para traicionar al Jefe Máximo: sé que basta un gesto suyo, escribía a Calles, para aplastar los enanos turiferarios que han organizado este golpe […] contra Némesis, y ¿por qué no decirlo? contra usted, contra la influencia de usted, que es el sostén moral de Némesis […].
La subsistencia de Vargas Vila dependía de la ayuda de Calles. La enfermedad consumía tanto su salud como sus menguados recursos económicos, pero, además, Ramón Palacio Viso, su hijo y secretario había perdido la vista. Entre la desdicha y el infortunio transcurrieron sus últimos meses de vida. Hasta el final, Vargas Vila continuó editando Némesis. Las solicitudes de apoyo se hicieron más frecuentes: con urgencia pedía a Calles y a Torreblanca girar órdenes para restablecer la subvención. En enero de 1933, Arturo de Saracho, nuevo cónsul en Barcelona, conmovido por los apremios de Vargas Vila, escribió a su amigo Calles, sugiriendo la urgente necesidad de comunicarse con el presidente Abelardo Rodríguez: Tengo noticias de que en años anteriores también se anuló esta ayuda, pero en cada caso se acordó favorablemente su reanudación, y es por lo que me apresuro a suplicar le tenga usted a bien hacer las gestiones que considere oportunas para que Abelardo ordene que subsista por el presente año la subvención […), toda vez que, le repito, le es indispensable a nuestro amigo para vivir.

· ¿A quién volver mis ojos que ya van a cerrarse para siempre? A México y a usted…, escribió Vargas Vila en su última carta a Calles. Con setenta y tres años de edad, el 15 de mayo de 1933 se despedía de su mecenas, no sin antes encomendarle la suerte de Palacio Viso, mi hijo ciego, […] yo parto, pero él queda […] desamparado con su mujer y sus hijos y […] no me ha sido posible dejarle otra herencia que la miseria […]. Una semana más tarde fallecía en Barcelona. En cumplimiento de su última voluntad, Calles fue el primero a quien se le comunicó el deceso. Némesis desapareció, los libros que alguna vez prometió escribir nunca se conocieron, pero entre los inéditos estaba Tagebücher, sus memorias, que dedicó a su eminente amigo el Jefe Máximo.

El mecenazgo todavía se prolongó un par de años. Ramón Palacio Viso se trasladó a Cuba en compañía de su esposa Mercedes Guigón y sus dos hijos. El ex presidente mexicano atendió el pedido de Vargas Vila y, previa gestión ante el canciller Puig Casauranc, consiguió un empleo a Mercedes Guigón en el consulado de México en La Habana. Al igual que con las periódicas suspensiones del subsidio a Némesis, se hizo necesaria la intervención del Jefe, ante las distintas amenazas de cesar aquella contratación. Calles se movilizaba, cuando desde Cuba, Palacio Viso escribía:
Vengo a pedirle, en forma de súplica, sacarnos de esta espantosa miseria en que nos debatimos por vivir y no podemos conseguirlo, haciendo que el Gobierno derogue esa cesantía, o poniendo ese nombramiento en mi nombre si Ud. lo cree bien en esa forma o cualquiera otra que Ud. disponga para mi protección, como fue el más grande deseo de nuestro querido Vargas Vila...

Como prueba de amistad hacia el más leal de sus escritores, Calles trató de remediar la situación, hasta que la ruptura con el general Lázaro Cárdenas lo condujo al exilio. Desde entonces, ya nada se supo de la familia del novelista, quien seguramente cumplió su promesa y, desde la eternidad continuó agradeciendo el comportamiento generoso del Hombre más cabal de la Historia, encarnación gloriosa de Aquiles: Plutarco Elías Calles.

 

Álvaro Obregón – Plutarco Elías Calles.

 

 

Del Presidente Plutarco Elías Calles a Vargas Vila  

 

 

No olvidemos que Vargas Vila creó más de un centenar de obras, entre ensayo, narrativa –cuento, crónica y novela– poesía, historia, filosofía, y sobre todo, política y panfletos. Fundó y dirigió revistas ilustradas y periódicos, por ejemplo Némesis. Una publicación, únicamente escrita por él, que tuvo circulación periódica –aunque con breves interrupciones- entre 1903 y 1932. Un considerable volumen de archivo no estudiado, cuya colección no se encuentra íntegra en ninguna biblioteca pública o privada, conocidas hasta el momento. Su particular estilo se extendería, para bien o para mal, a lo largo del siglo XX hispanoamericano. Un ejemplo de su manera de escribir: Luciano Miral conoció entonces la sentencia dogmática de los fósiles, el apóstrofe virulento de los batracios, el epigrama mordaz de los satiristas callejeros, el gracejo insulso de los bufones de salón], el odio de los ebrios profesionales, la estupidez altanera de los políticos en alza, las leyendas implacables del fanatismo en cólera, las prédicas venenosas de la clerecía viperina y sórdida… todo fue dicho y escrito contra él. Se entendería estar oyendo a Jorge Zalamea, ¿no?

Sabemos también por personas que lo conocieron joven que Vargas Vila, ese mismo que ciñó espada y usó charreteras en las guerras civiles, solía disfrazarse de mujer y salir de noche por las calles, ya puede adivinarse con qué objeto. “Lo que Vargas Vila pudiera hacer disfrazado de mujer, una noche cualquiera, por las calles del Bogotá de 1884, no quiero ni imaginármelo”, sentencia Juan Gustavo Cobo Borda. La alegría de leer. Colcultura, Bogotá, 1976.

La lectura clandestina de Vargas Vila fue el factor que incrementó su fama. La difusión de sus libros se hizo en ediciones piratas ya que se trataba de un escritor prohibido. Y la lectura de un autor prohibido es en si un acto de transgresión. Esa conciencia de ruptura produjo fascinación en sus lectores. Ahí en ese poder de captación está el valor de su obra y le da aún hoy un lugar especial en la literatura latinoamericana que en muchos casos no puede librarse del lirismo vargasvilesco. Recordemos solamente a García Márquez en El Otoño del patriarca. Sus ecos políticos dentro del país se notan en Los Leopardos, en su nombre y en su estilo, La influencia es fuerte en la derecha, como se nota en Laureano Gómez, que como joven ministro plenipotenciario en Buenos Aires festejaba al escritor en 1924: la lucha intrépida, la pura doctrina, las campañas contra López Pumarejo tienen notas vargasvilesco y la imagen de demoledor solitario, con acceso místico a una sabiduría superior, recuerda las páginas de Los divinos…

Hay tintes de Vargas Vila en Jorge Eliécer Gaitán. Antes de ser frase suya, Yo no soy un hombre, soy un pueblo fue lema de Martí, pero tiene un eco de Vargas Vila…En Argentina, el caso notable es Perón. La frase la fuerza es el derecho de las bestias que utiliza Perón en uno de sus escritos más difundidos, parece muy del estilo de El divino y es una cita de Cicerón utilizada por Vargas Vila en Laureles rojos, París,1906. En Chile, hay mucho de Vargas Vila en la obra más política de Pablo Neruda y hasta en la literaria. Neruda cuenta su lectura de Vargas Vila en Confieso que he vivido.

Las novelas de Vargas Vila nunca fueron buenas y hoy son ilegibles. Como se señaló atrás, gran parte de su prosa política es fatigante por el estilo, además vacía y mentirosa, pomposa y cantinflesca, adolescente con todo lo malo de la adolescencia. Después de leerlo cualquier lector estará de acuerdo con el general Reyes, en que “hay que desvargasvilizar a Colombia”. ¿Por qué no seguir entonces el ejemplo de botar sus libros por la ventana, con la esperanza de que no van otra vez a la calle pero sí esta vez a la caneca de la historia. Serían necesarios muchos maestros botando por muchos años por muchas ventanas y aún entonces uno dudaría de la posibilidad de la limpieza. Lo inaguantable de casi toda su obra no disminuye el interés singular de su carrera y de su proyección sobre su propio tiempo…hay un corto número de páginas que por ser ingeniosas, acertadas y a veces conmovedoras, vale la pena rescatar. Su opinión no difería:

“Mis novelas, es bien posible que no sean en puridad de verdad novelas, desde el punto de vista de los pontífices de ese género; son lo que deben ser: surcos para sembrar ideas, acantilados para espantar cándidos, objetivo para soliviantar apetencias, abismos para sobresaltar fariseos y asustar clérigos. Con ellas penetré en la conciencia de más de cincuenta millones de lectores y los puse nerviosos, afanados porque no sabían qué decir ni qué pensar ni para dónde coger una vez que las terminaban. Defiendo hasta el último momento mi estilo: palabras iniciadas indistintamente con letra mayúscula o minúscula, inclusión de palabras extranjeras, creación de nuevos vocablos, juegos tipográficos y el uso arbitrario de puntos suspensivos, cortes bruscos de texto con líneas o asteriscos y uso repetido de puntos y comas.

Es una rebeldía premeditada contra lo impuesto por los académicos que usan el lenguaje puro y correcto para imponer sus criterios e ideologías de dominación en todos los campos. Asumo la responsabilidad de mis errores u omisiones, del supuesto ultraje a la lengua de la Real Academia, y lo expreso sin ambages ni pretensiones de erudito: es por eso, que todos los errores y, aun los horrores, hallados por el vulgo de éticos y de clásicos, en mis libros, han sido voluntarios, deliberada y conscientemente puestos allí, no sólo para enojarlos y aun escandalizarlos por mis flagrantes violaciones a sus cánones, sino para demostrar con ellos, cuan distante estoy yo, de todos esos rebaños letrados o semiletrados que pacen en las dehesas anacrónicas de la Tradición, así como el vulgo inconsciente que aspira cándidamente a dar o a quitar reputaciones, con la sola autoridad de su insuficiencia. Mi estilo va más allá de las normas y de las reglas gramaticales, en busca de una autenticidad que pertenece a quienes se atreven a desacatar y a producir obras sin temer ser criticados o admirados por quienes respetan la normatividad o por quienes la trasgreden o simplemente por quienes se hunden en la esencia del pensamiento sin detenerse a contemplar el uso del lenguaje. Mi discurso es contestatario”.

El 27 de abril de 1924 en Barranquilla en su entrevista con el poeta Rafael Maya para la revista Cromos preguntado por el seguimiento que hacía del movimiento intelectual de Colombia, Vargas Vila dijo: ”¿Movimiento intelectual? Aquí ha habido dos grandes poetas: Guillermo Valencia y Julio Flórez. No olvidemos que la poesía fúnebre llegó hasta lo más hondo de la sensibilidad popular. La escena de horror en el sepulcro violado de la amada en Bodas negras guarda un cierto parecido con la descripción que Vargas Vila hace del velorio de la protagonista en Aura o las violetas.

Julio FlórezGuillermo Valencia

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“Pero su juicio sobre Valencia y Flórez era acertado. Vargas Vila, en ocasiones, despliega su indiscutible talento en párrafos de gran belleza. La copiosa adjetivación, propia de los modernistas, en su caso no siempre va en detrimento del sentido y los galicismos y neologismos le dan cierta flexibilidad a su prosa. Quiso ser un esteta en el más puro sentido de la palabra, pero su afán de ser raro y original no le permitió diferenciar entre la grandeza y el ridículo. Sus novelas, como lo dijo él mismo, no fueron más que un vehículo de sus ideas políticas. En sus historias no hay personajes verosímiles. Son seres sin vida, teatrales. Los hombres son siempre de belleza andrógina y todos danzan al compás de la música de Wagner. Todo es irremediablemente decadentista. Su teoría del mal deviene siempre en degeneración del individuo. Todo al final es culpa y dolor y acá está la esencia del mal. Sus personajes gozan con el sufrimiento y esto les sirve de justificación del mal. Vargas Vila no niega que su erotismo proviene del naturalismo de Emile Zola y por la moral de su época que no considera prohibido ningún tema. Los modernistas describen sin dificultad la necrofilia, el incesto, el fetichismo, el sadismo, el onanismo; al fin de cuentas son degeneraciones del espíritu. Le rinden culto a la muerte y él mismo blasfema, escandaliza y profana lugares sagrados, fiel a su estética decadentista”, puntualiza el poeta Rafael Maya.

Hace cien años ya, Porfirio Barba-Jacob en su aventura periodística mexicana, lo había suscrito como un catálogo ético patas arriba: Escribe no según la inteligencia del lector sino según la tuya propia. Ten convicciones sinceras. Y si no tienes una convicción sincera, que el lector se convenza de que estás convencido. Eso que llamas lector no es más que un niño que quiere ir a la feria. Entra en polémicas pero sólo si puedes destrozar al contrario. Nadie puede impedir que un perro callejero se orine en el monumento más glorioso.

No era original. Tenía ilustres precursores en esas técnicas. En 1832, Francisco de Paula Santander regresa a Santa Fe desde Nueva York cuando ya puede poner en su diario de viaje, secamente, que ha muerto Bolívar. El general aprecia rápidamente las condiciones polifacéticas y ubicuas de Lorenzo María Lleras y a poco, por su instigación, con Florentino González, dirigen La Gaceta de la Nueva Granada y El Cachaco. Dos periódicos ministerialistas, que Santander considera parte indispensable del poder político, herramientas eficaces e intimidatorias. Es la misma tradición de los papeles públicos iniciada por Nariño en La Bagatela.

Como escribe Alberto Lleras Camargo en su excelente autobiografía Mi gente, eran “papeles diminutos y trabajosamente impresos, para cultivar un género literario y político sarcástico, socarrón, urticante, pueblerino y no pocas veces adulatorio. De extraordinaria y desproporcionada eficacia, si se atiende a su ínfima circulación servían, sin embargo, para que en la capital y en las provincias, los iniciados supieran por dónde iba el agua al molino, leyendo, más entre líneas que en ellas, las reservas del gobierno con sus amigos o el grado de furor con sus enemigos. Santander era muy dado a este estilo y lo cultivaba desde el gobierno, por interpuestas personas, lo cual irritaba a la oposición, que se sentía mal tratada y escarnecida por el primer magistrado, aunque los directores de los periódicos se preciaran de independientes. Dejando caer al unísono con las campanadas del Ángelus, insinuaciones mordaces o calculadas cóleras, presagios y anticipaciones de gobierno. Agentes confidenciales que dirigían los papeles públicos, donde se transparentaba el recóndito pensamiento del jefe del Estado”. Obvios antecedentes que servirían de aprendizaje a nuestros panfletistas radicales enfrentados a la regeneración de Núñez. Balzac afirmaba: Quien dice panfleto, dice oposición.

Todavía no se ha logrado en Francia hacer panfletos en beneficio del poder. Se supone que contra adversarios iguales deben observarse ciertos escrúpulos, ciertas decencias, las cuales quedan abolidas contra el dictador. En espera de la apoteosis; o sea, de su eliminación física, hay que contentarse con el asesinato simbólico; la diatriba, la injuria, la procacidad. Para el indio Juan de Dios Uribe, José María Vargas Vila, Diógenes Arrieta la doctrina de Honorato de Balzac, el sarcasmo en estado de bala de cañón era el arma de las diversas oposiciones en Colombia.

Hoy ya resulta superfluo el término panfletario, pues éste cayó en desuso. Su existencia cabe dentro de los límites cronológicos que tuvo la vida de Vargas Vila -1860-1933. Ya en 1930 era no tanto un concepto como una actitud caduca; el panfleto y el panfletario eran anacronismos que, a lo sumo, podían considerarse con benevolencia e ironía; más frecuentemente eran mirados con irritación y con enfado y cualquier contenido político que hubieran podido tener estaba ahogado por el formalismo de una prosa histérica y repelente que dejó unas espléndidas metáforas y definiciones de personajes y situaciones no tan lejanas. Siquiera se murieron los abuelos…sin ver como resucitan los panfletarios.

Mario H. Perico Ramírez, escribió una de las mejores biografías: Yo rebelde. Yo, hereje. Yo, Vargas Vila. Editorial Cosmos, Bogotá, 1982. 268 páginas. Una muestra:

“No soy un pederasta. No soy un homosexual. Fui trasvestista. Me repugnan las mujeres. Amé inmensamente a mi madre. Dos hermanas mías fueron monjas. A pesar de esto, no creo en Dios y odio a los curas. No fumo, no tomo trago, no trasnocho, sufro de insomnio, me baño tres veces al día, me cambio de ropa interior y de vestido y de chaleco y de camisa y de corbata tantas veces como me aseo.

Tengo un joyero con treinta anillos de esmeraldas, de diamantes, de topacios, de rubíes y de amatistas. Me lleno los dedos de ambas manos con estas joyas para mirarlas, para gozarlas, para sentirlas junto con la seda de mis camisas pegadas a mi cuerpo, unidas a él, oliendo muis sudores, mis fiebres, mis erizamientos. Vestirme es un rito y desvestirme, otro. Doblo con cuidado lo que me quito y tomo con devoción lo que pongo. Los frascos de agua de colonia se apretujan en mis armarios.

¿Qué Ramón Palacio Viso fue mi amante? Qué ridiculez. Qué insidia la de los pederastas universales para llevarme al cobijo de sus tiendas…han pretendido que me una a la legión de los vociferantes que claman una limosna y un beso y el amor de los efebos…

Yo no soy el anticristo, como predican los frailes; ni el corruptor de menores, como sostienen los moralistas; ni el pornógrafo, como me sindican los coros de arcángeles con levita y vocación para falsarios. Soy un hombre libre de los prejuicios y delos fanatismos, soy un profeta y un vidente. Protesto, eso sí, contra la injusticia, la desigualdad, la falta de libertad. Protesto y seguiré protestando mientras dure mi vida y aún después de muerto con mi voz bronca y solitaria, contra las dictaduras y los dictadores de todas las especies y pelambres…

Yo soy un masón confeso y excomulgado. Y no me pesa. Me afilié a la masonería cuando apenas tenía veinte años. En mi juventud, ser liberal sin ser masón era un contrasentido. Entré a ella con la romántica idea de hallarle a la vida su razón y su misterio. El culto al secreto y solo ese culto, ha hecho de la masonería ese monstruo indescifrable y brutal que nos ataca con sus fauces abiertas y su fétido aliento. Sus complicadas ceremonias, su gusto por lo simbólico y lo litúrgico. Su excentricidad, sus títulos, sus grados, sus juramentos hiperbólicos, las apariciones de los caballeros del Oriente, de los caballeros de la espada, de los caballeros del templo, los juicios y tormentos que han sufrido gentes, las polémicas religiosas y las bulas papales en contra de su organización, los exilios, las ayudas mutuas, el complicado sistema de reconocimiento y de entendimiento, todo, todo esto formó en mi imaginación una Sodoma y Gomorra, multicolor y prohibida, que me obligó a participar en esa cofradía.

Los años transcurrieron y me olvidé de que era masón. De cuando en cuando alguien me lo recordaba y asistía con cierto dejo de displicencia y de incredulidad a sus reuniones. Participaba en ellas, vestía sus trajes, brindada en voz alta por el Arquitecto Universal y no dejaba de entusiasmarme ante la ingenuidad y el alborozo de mis compañeros de masonería…es bien posible que miles de masones consiguieran sus propósitos iniciales de hacerse ríos, notables, famosos. De mi sé decir que aquella aureola sentimental y romántica que me llevo a esa logia en mis años mozos, se desvaneció sin decepciones de mi parte, porque nunca pretendí, solitario y rebelde como soy, utilizar el triángulo, el compás, los signos, los jeroglíficos y las imágenes de la masonería para mi provecho personal.

Me gustaba eso sí, suscitar la furia y el encono de la iglesia católica y aprovechar sus rencorosas excomuniones para reírme de ellas y contestarlas con un libro más, con una diatriba más, con un panfleto más. Soy en el fondo un niño que no aceptó ni acepta jamás las imposiciones y las reglas de unos padres retrógrados, de una sociedad medieval y una educación troglodita. Nací odiando la negación y la prohibición. La mano o las manos que me castigaron por quebrar una mata, por no hacer las tareas, por violar el bullicio con mi silencio, por pensar con cabeza propia, por no compartir las devociones o las categorías, o las preeminencias, las jerarquías, han sido mis enemigos personales. Por eso soy lo que soy, un ateo, un descreído de los santos y santas y de los misterios de la santísima trinidad. Soy un desengañado. Me considero un muñeco programado por el destino para decir las cosas que no se habían dicho”.

1924. Barranquilla. Desde su destierro en 1886 nunca había pisado tierra colombiana. Entrevista con Rafael Maya para la revista Cromos.” Pero, ¿qué tiene que ver la vida de un escritor con su obra? …Muerto Rubén Darío sólo nos quedan en América personajes detestables como José Santos Chocano. ¿Ha venido a Colombia? Lástima que aquí no lo hubieran coronado también. Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo, muriendo en él. Ahí está vivo, después de haber fatigado la infamia. Cuando se robó en Madrid una esmeralda, los suramericanos tuvimos que levantar una suscripción para librarlo de la cárcel. Después estuvo a las órdenes de Pancho Villa y de Estrada Cabrera. Chocano es un esfuerzo del servilismo por andar en dos pies”. En 1933 en El arte de injuriar, Jorge Luis Borges diría: es la injuria más espléndida que conozco; injuria tanto más singular, si consideramos que es el único roce de su autor con la literatura.

 

 

Varios escritores y poetas colombianos se han acercado a El mito de Vargas Vila.
Les dejo a modo de ejemplo estos ensayos:

Consuelo Triviño Anzola

En 1914 José María Vargas Vila escribió La muerte del cóndor, un homenaje a su amigo Eloy Alfaro asesinado por una turba de fanáticos en el parque de El Ejido en Quito en 1912. Por entonces, la mayor parte de nuestros países no solo padecía la falta de libertades sino además la carencia de derechos mínimos elementales. Como proveedora de materias primas, Latinoamérica era saqueada con impunidad por los Estados Unidos, de lo que solo sacaban provecho unos pocos, sobre todo, sus dictadores, quienes habitualmente huían a Europa enriquecidos después de vaciar las arcas del Estado. Podemos imaginar en aquellos turbulentos comienzos del siglo XX a ciertos representantes del poder incómodos con los intentos de cambio en países que luchaban por conquistar sus libertades y derechos amparados en el liberalismo radical, con héroes de la dimensión de Alfaro: «tan alto está el Héroe, que espanta la pequeñez de sus verdugos, en derredor de sus cenizas blancas […]» [1], diría el panfletario colombiano en el mencionado libro.

El trágico destino de Eloy Alfaro mueve a reflexionar sobre la construcción de los mitos colectivos, que en las sociedades humanas empujan las corrientes de opinión, por lo general desatadas desde las esferas de poder mediante intrigas y manipulaciones, corrientes a las que, también es verdad, se opone el poder del pueblo con la comidilla o rumorología capaz de levantar o derruir ídolos que desafían al tiempo.

Precisamente este es el caso de José María Vargas Vila que hoy nos convoca, no solo por las pasiones que despertó, sino además por su dimensión latinoamericana, por la influencia que ejerció sobre la masa de lectores, quienes contribuyeron a la creación del mito. Pero interesa aquí establecer puntos de contacto entre Eloy Alfaro y Vargas Vila quienes compartían el ideario liberal soñado por los más románticos constructores de nuestras naciones. Sabemos que Latinoamérica vivió procesos paralelos en distintos momentos de su historia, en el intento de modernización de sus estructuras, lo que puso en tensión las fuerzas liberales contra el régimen tradicionalista, heredado de la colonia, refractario al progreso y controlado por la Iglesia católica que dominaba en la esfera pública, tanto como en la conciencia de los individuos.

En Colombia, los liberales radicales soñaron la más bella de nuestras utopías, la Constitución de Rionegro de 1863, a la que se acerca la XII Constitución de 1906 aprobada en Ecuador durante el segundo mandato de Eloy Alfaro, defensor del liberalismo radical en estas latitudes, por cuyas ideas había combatido décadas atrás antes del llegar al poder. Este ideario explica las afinidades con José María Vargas Vila. Ambos se habían inspirado en la Revolución Francesa y eran defensores de un liberalismo que aquí se plasmó en reformas en beneficio del pueblo. Con ellos la Iglesia se vio despojada de los privilegios de que disfrutaba. La Educación pasó a ser responsabilidad del Estado. Se fundaron escuelas normales, se aprobaron el divorcio y el sufragio universal; en Colombia, particularmente, se concedieron libertades entre las que destacaban poder entrar y salir del país sin pasaporte ni autorización; además, se suprimió la pena de muerte, a la vez que se concedía la ciudadanía colombiana a cualquier latinoamericano que residiera en nuestro país, pero además, se instauró un federalismo beneficioso para las regiones. Los radicales como Alfaro, acariciaban el sueño bolivariano de la Gran Colombia. Lamentablemente muchos de ellos no eran políticos y tal idealismo, a juicio de Vargas Vila, hizo que fracasaran al llegar al poder. Lo mismo opinaba Baldomero Sanín Cano del periodo de gobierno de los radicales en Colombia cuya caída explicaba por la falta de preparación del pueblo para tales conquistas.

En cualquier caso, el progreso llegaba con ellos bajo la forma de un barco procedente de Europa cargado de mercancías, junto con otras formas de vida e ideas, que exigían circular a lo largo del país proveedor de materias primas. Como consecuencia de la actividad económica, generada durante ese periodo predominantemente librecambista, Colombia avanzó también en las comunicaciones: el telégrafo, las carreteras y el ferrocarril, igual que en Ecuador donde esto fue posible durante el gobierno de Alfaro. Paradójicamente, en este periodo luminoso de comienzo del siglo XX Colombia retrocedía a la Edad Media respecto a las conquistas democráticas con la Constitución de 1886; su artífice, Rafael Núñez, modernizaba con sangre el Estado suprimiendo todas las libertades y firmando el pacto con la Iglesia católica, a la que entregaba la educación.
En ese nuevo proyecto de país estorbaban los liberales radicales que debieron huir a Venezuela donde se refugiaron. Vargas Vila empezó allí la carrera de panfletario y asesor de algunos caudillos, como Joaquín Crespo que lo protegió. Allí pudo publicar los primeros libros y fundar periódicos donde aparecieron sus panfletos contra Rafael Núñez y la Regeneración. De aquel sueño de libertad emerge quien empezó militando en las filas del radicalismo y se formó en la admiración de sus líderes a quienes dedicó páginas memorables en libros como Pretéritas o Los divinos y los humanos donde los situaba cerca de José Martí o de Emilio Castelar.

Y es que liberalismo en el siglo XIX fue un movimiento internacional que en Latinoamérica se enfrentó a la tenaz hostilidad de los poderes tradicionalistas. Muchas de nuestras inteligencias se vieron condenadas a escribir libros para explicarle al pueblo que ser liberal no era pecado, en respuesta a Monseñor Rafael María Carrasquilla que afirmaba lo contrario [2]. Otros se exiliaron escapando de la cárcel o de la condena a muerte decretada contra ellos. Pero las redes que los apoyaban condujeron a Nueva York a muchos proscritos, que hicieron de la ciudad el centro de sus operaciones. Las mismas que llevaron a Juan Montalvo hasta Ipiales, Colombia. Donde contó con la protección de los amigos que se prodigaban una ejemplar fraternidad, propia del ideario liberal que los inspiraba.

Estos conspiradores internacionales disparaban desde la prensa dardos contra los enemigos de la libertad. Nunca antes se había confiado en la fuerza de la palabra escrita para vencer al contrario, siguiendo el ejemplo de Juan Montalvo quien a propósito del asesinato de García Moreno, a manos de un mercenario colombiano, exclamo: «no ha sido el machete de Rayo, sino mi pluma quien le ha matado». Vargas Vila, admirador de Montalvo, a quien homenajeó en «La pluma de fuego de Juan Montalvo» [3], afiló adjetivos infamantes y cinceló metáforas cortantes y precisas para descalificar con injurias a los enemigos. Tal virtuosismo no pasó inadvertido para Borges que le asignó un lugar de privilegio en su Historia universal de la infamia donde comentó una de sus letales injurias: «Los dioses no permitieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo muriendo en él; ahí está vivo después de haber fatigado la infamia» [4].

La prensa fue el medio de difusión de hombres como José Martí y Vargas Vila que convocaron fervientes adhesiones por sus alegatos de justicia y libertad. Cuando Eloy Alfaro fue desterrado de su patria, Vargas Vila lo defendió en las páginas de Hispanoamérica, revista que acaba de fundar en Nueva York. Así lo recuerda por aquellos años: « […] buscaba los techos de su Itaca, oculta tras los bosques de los trópicos lejanos; bocas odiosas y crispadas, se abrían en todas partes para insultarlo; lacayos ignominiosos de la demagogia clerical, fatigaban contra él la declamación ulcerosa de sus diatribas» [5].

Paralelo al desarrollo de la prensa cobró fuerza la opinión pública, esa vox populi que encarrilla el pensamiento colectivo hacia una determinada dirección, y a la que recurre el poder para doblegar voluntades, pero también la disidencia para defender a sus ídolos. Esto lo tenían claro los sociólogos y antropólogos de la Escuela de Chicago, a la hora de formular lo que se ha llamado «intervencionismo simbólico», con Herbert Blumer a la cabeza [6]. Este intervencionismo simbólico suele ser activo, dinámico y descontrolado. Así, la fuerza de la opinión pública traza los rasgos del mito, lo eleva y lo sostiene a lo largo de los siglos. No es poco, por tanto, el poder del público cuando se resiste a ser amaestrado, quizás porque es mayor la fuerza de su inconsciente. En resumen, el mito ha sido moldeado por los admiradores de Vargas Vila, ante la descalificación de la oficialidad que demonizó su figura y castigó con la excomunión a quien leyera sus libros.

Quisiera ejemplificar la pervivencia de este mito con una anécdota ocurrida en Madrid, hará unos ocho años, con un emigrante ecuatoriano que contraté para arreglar mi biblioteca. Al descubrir los libros de Vargas Vila, me contó las mismas anécdotas que circularon en Colombia desde finales del siglo XIX hasta bien avanzado el siglo XX: las de su travestismo y misoginia, que achacó al hecho de haber seducido a la madre. Aquel lector de Vargas Vila confesó haberlo leído a pesar de tratarse de un autor prohibido. El episodio se cerró con un detalle entrañable, pues el hombre no quiso cobrarme el trabajo. A cambio me pidió la edición de uno de sus libros prologado por mí.

¿Cómo explicar el peso de Vargas Vila en el imaginario latinoamericano? Es la pregunta que surge. Para comprenderlo conviene remitirse a la imagen del escritor profesional que vivió de sus libros y ganó una fortuna vendiéndolos, tanto en España como en América Latina, porque Vargas Vila fue el escritor más leído en lengua española, un fenómeno sin precedentes en la historia de la lectura en el mundo hispánico. Desde España, hasta México y Argentina circulaban de manera clandestina las ediciones de Sopena pirateadas: novelas eróticas o pornográficas en las que se iniciaron sexualmente varias generaciones de latinoamericanos y españoles, al lado de los panfletos políticos contra las incursiones del yanqui en Nuestra América y contra la cobardía de los caudillos que los sumían en la pobreza y la ignorancia.

Se podrá negar el valor estético de la obra de Vargas Vila y cuestionar sus odios o sus amores, pero nadie podrá negar los hechos históricos denunciados por él, como la pérdida de Panamá en Colombia o las incursiones en Centroamérica brutalmente desmembrada y sometida por los Estados Unidos. Así como la feroz explotación del caucho en la Amazonía de la que nos queda el doloroso verbo «cuibar», acto atroz que significaba matar indígenas cuibas forzados esclavizados y exterminados para extraer la leche de los árboles. Nuestra literatura, por suerte, preserva la memoria de estos vergonzosos episodios que evidencian la ineficacia histórica de la clase dirigente a la hora de defender los intereses de la nación que gobiernan y que Vargas Vila denunció en su momento, acusando a Rafael Reyes de muchos de los atropellos cometidos en la Amazonía.

De modo que tenemos dos caras del mito: la del panfletario y la del pornógrafo tras el que se oculta un Vargas Vila filósofo nihilista y trágico que resume el sentido de la vida en epigramas fulgurantes, a través de los cuales descubrimos otras facetas, la del solitario impenitente y neurótico que se cubre con la máscara del singular y estrafalario dandi tropical, el de los chalecos de seda y las sortijas, o el terrible y maledicente enemigo, sin equivalente en Latinoamérica, junto al esteta excesivo que aspira a la belleza y la asedia en rocambolescos adjetivos y, a veces nos deja ver a ese genial artífice de punzantes e inesperadas conclusiones.

Desterrado de su patria, cuyo suelo no volvió a pisar desde 1887, residió la mayor parte de la vida en España —con estancias en París y Roma—. Dispersos sus libros en los mercadillos y en librerías de viejo en Madrid, Barcelona, Buenos Aires o México, sus títulos aún llaman la atención del lector desprevenido. Sin embargo, los estudiosos de este periodo, designado por la crítica en España como la «Edad de Plata», apenas mencionan su obra por tratarse de un escritor latinoamericano [7]. Pero el éxito de Vargas Vila es equivalente al alcanzado por Blasco Ibáñez y, un siglo después por su compatriota Gabriel García Márquez. En España, más bien, se le relaciona con la literatura por entregas, que vio la luz en colecciones como «La novela corta» o «La novela semanal» de gran aceptación entre las clases populares que se iniciaban en la lectura. Estas colecciones incluían escritores de todas la tendencias desde el ya mencionado Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928, republicano), hasta Ramón del Valle Inclán (1866-1936, monárquico aristocratizante), Pompeyo Gener (1848-1920, positivista heterodoxo), Felipe Trigo (1864-1916, socialista), y entre muchos otros, Emilia Pardo Bazán (1851-1921, católica y feminista).
¿Quiénes leían a Vargas Vila en España? Los anarquistas, defensores de una «estética ácrata»; los liberales y republicanos que despotricaban contra el clero corrupto; los obreros de tendencias socialistas de los círculos de lectura, y algunas lectoras que desobedecían los mandatos de la Iglesia. Entre los escritores fueron amigos Francisco Villaespesa, Manuel Machado, Pompeyo Gener y Ramón del Valle-Inclán, que compartían su estética o sus ideas políticas, de lo que dejaron constancia [8].
En Cuba, por ejemplo, los trabajadores de las fábricas de tabaco lo tenían entre sus lecturas preferidas. Pero el mito no se levantó únicamente por la lectura de sus libros. También hay una zona oscura del ethos latinoamericano donde la misoginia y el machismo se escudan en las escandalosas consideraciones sobre la mujer que destilan sus novelas. Impresionaba el erotismo retorcido cuyo desarrollo proponía la destrucción de la mujer, para combatir las manifestaciones del instinto y fortalecer la viril «voluntad de poder», como ocurre en Ibis, donde el maestro advierte al discípulo sobre el peligro que representa encadenarse a una mujer; o en la trilogía El alma de los lirios, cuyo protagonista es un artista que se aleja del arte cuando se entrega a conquistas amorosas, algunas incestuosas, que conspiran contra su obra y contra su compromiso como intelectual.

¿Se trataba de matar el elemento femenino en el hombre? Es posible. Acaso esto explique la ferocidad con la que su discurso se lanzaba contra las mujeres. Y es que la leyenda también se alimentó de las aspiraciones y desengaños de un público amordazado al que se le negaba el derecho al placer desde el púlpito. La sonada «ola de suicidios» desatada por la lectura de Ibis, novela con la que el autor esperaba triunfar presumiendo de su «malditismo», dio mucho que hablar en la prensa [9]. Hierático, Vargas Vila se mostraba ante el público distante y terrible, respondiendo a las entrevistas con afirmaciones temerarias contra las celebridades de su tiempo. Lapidario y provocador como Fernando Vallejo, era consciente del éxito de su personaje en términos económicos: 60.000 pesetas al año por concepto de regalías, que según la leyenda se gastaba en chalecos de seda [10]. Lo curioso es que no pocas mujeres lo admiraron, como la célebre Gabriela Mistral. Posiblemente por obras como Flor de fango (1895) que denuncian el asedio a las mujeres en la sociedad, cuando no tienen el apoyo de una familia o de un hombre que vele por ellas. La protagonista, además, es una maestra formada en una escuela normal durante el periodo liberal radical. Así, el alegato contra la intolerancia religiosa, adopta la forma de una mujer apedreada por la turba fanática, esa «flor de fango» que se rebela contra la adversidad y que se resiste a ser violada por el cura y el terrateniente.
Conviene subrayar que el siglo XIX fue especialmente misógino, si lo comparamos con el XVIII. Las temidas reivindicaciones feministas fueron sofocadas con saña desde la prensa, la literatura y la tribuna por los defensores del orden burgués que confinaban a las mujeres al hogar y al cuidado de los hijos. Las sufragistas inglesas eran ridiculizadas y acusadas de marimachos —he aquí otra corriente de opinión contra el género femenino—. Sin embargo, en el arte triunfaba la sensibilidad femenina de la que se apropiaban los artistas decadentes cuyos ideales estéticos compartía Vargas Vila. En el entorno hispánico, autores como Alejandro Sawa y Ramón del Valle-Inclán, afines esta estética, manifestaban en sus novelas el deseo de sentir y vivir como las cortesanas. El dandi que adelgaza su voz y adopta las actitudes de una mujer frívola, muestra de qué manera lo femenino transforma la sensibilidad masculina en una época influida por Wilde y por Huysmans, modelos de Rubén Darío, Enrique Gómez Carrillo y José Asunción Silva, entre otros.

Desde esa perspectiva, mi acercamiento a la obra de Vargas Vila resultó, a la postre, una experiencia fascinante, mucho más cuando pudo ser compartida con otros estudiosos del Modernismo, pues en las últimas décadas la crítica empezó a prestarle atención, incluso en Colombia, su denostada patria, donde aún no encuentra acomodo, desde que el general Reyes, a principio del siglo XX, se propuso «desvargavilizar» al país. ¿Qué hacer con él? Es la pregunta más corriente. El poder hegemónico siempre lo ha tenido claro: descalificarlo y ridiculizarlo.

Respecto a ese propósito fallido, quisiera resumir lo que ha ocurrido con Vargas Vila en las últimas décadas en Colombia para mostrar la fuerza con la que se manifiesta esa corriente secreta que pretende revivirlo. En los ochenta la izquierda lo reivindicó como panfletario antiimperialista. Entonces en 1981 empezaron a publicarse sus libros en la editorial La Oveja Negra, una empresa en la que García Márquez tenía mucho que ver. En respuesta, el historiador inglés Malcon Deas, complaciente con ciertos sectores de la intelectualidad colombiana, se hizo eco del secular propósito del general Reyes, en una publicación que recogía algunos de sus panfletos titulada Vargas Vila: sufragio selección y epitafio [11]. El resultado de ese empeño fue justo lo contrario de lo planeado, según demuestran los hechos ocurridos tras la publicación del libro. Muy sonado fue el traslado de los restos de Vargas Vila del cementerio de Barcelona a Bogotá por deseo de un sector de la masonería que lo reclamaba para sí en 1982. Curiosamente, a la ceremonia de despedida en el consulado colombiano asistió el escritor Enrique Vila-Matas.

Tales circunstancias, sin duda, influyeron en la elección del tema de investigación de mi tesis, que leí 1986 en la Universidad Complutense de Madrid, lo que modestamente motivó otros trabajos sobre el autor. Además, en 1989 tuve la suerte de publicar en una editorial colombiana una selección de fragmentos de su diario íntimo, que me fue dado consultar en La Habana [12]. A partir de entonces empezaron a proliferar las investigaciones sobre la obra de Vargas Vila. Nuevas líneas de interpretación surgieron de las antes menospreciadas narraciones que sirvieron para ahondar en la representación del Estado-Nación, a partir de su galería de personajes. La comunidad académica internacional volvió los ojos sobre esta curiosidad relegada a los márgenes de los estudios sobre el Modernismo. Es más, en los noventa otra editorial colombiana dirigida por un apasionado lector de Vargas Vila, Panamericana, emprendió la tarea de reeditar sus obras completas imitando las históricas de Sopena con unas portadas artísticas y con estudios introductorios de especialistas en las que se incluyeron colaboraciones de investigadores e investigadoras colombianas que redescubrían con entusiasmo al personaje.

La onda expansiva de esa vox populi, ese «semisaber del vulgo», al que se refería Platón, y que manifiesta el descontento o el favor del pueblo, ha dado larga vida a Vargas Vila, hasta el punto de llevarlo a la universidad de Carolina del Norte, que ofrece un espacio virtual donde se alojan escaneadas las primeras ediciones de sus libros [13]. Cualquier lector puede descargárselos hoy de manera gratuita a un ordenador o dispositivo de lectura. También a la Fundación Zuluaga que dedica un espacio al Modernismo y que me encomendó la tarea de realizar la entrada sobre Vargas Vila [14].

No cabe duda de que esa corriente que preserva la memoria de Vargas Vila ha arrastrado más voluntades de las que pudiera imaginarse, entre quienes han querido darle vida. Menciono un libro curioso, el de Mario Perico Ramírez, Yo rebelde, yo hereje, yo Vargas Vila [15], un monólogo en el que Vargas Vila refiere su traumática relación con la sociedad bogotana que lo expulsó de la patria. El propio Fernando Vallejo, según ha manifestado, ha querido novelar a Vargas Vila, pero dentro de su propio estilo. Deduzco que el mito se le resiste, porque quizás exige otra respiración.

Ese poder misterioso al que me refiero puede manejar la pluma de un autor o autora para revivir a Vargas Vila en la ficción, como posiblemente ha ocurrido con La semilla de la ira cuya primera edición de Seix Barral es de 2008. Confieso que esta novela es el resultado de un viaje largo y sinuoso en la persecución de una presencia incómoda, a la vez que atractiva. De la misma manera que Marguerite Yourcenar sucumbió a la fascinación del emperador Adriano, y no descansó hasta sumergirse en los hechos históricos para acercarse a su alma, me fue dado viajar con Vargas Vila a lo largo de una belle époque lánguida y sedienta de belleza, para dibujar con su cincel el retrato íntimo de una de las figuras más apasionantes de nuestra literatura. En ese proceso fue importante tratar de comprender la resistencia de las instituciones a aceptarlo.

No puedo negar que he sido instrumento de la corriente que lucha contra quienes pretenden borrar al escritor de nuestra memoria, los mismos que lo han dejado fuera del canon. El hecho es que estas circunstancias motivaron un estudio más distanciado y objetivo sobre autor. También es verdad que tantos reclamos y encargos relacionados con Vargas Vila pueden saturar y despertar el deseo de enterrarlo. Particularmente creía cerrado este episodio de mi trayectoria intelectual, hasta que en 2004 una puerta se abrió y me encontré de repente en la belle époque siguiendo el rastro de un escritor solitario y errante, extraño y ajeno en las ciudades europeas. Así empezó a tener voz el personaje de La semilla de la ira.

Después de distintas lecturas de su obra se puede concluir que el secreto de Vargas Vila yace en la conciencia de los lectores de su época, ese público que lo buscó en los anaqueles ocultos de las librerías, en las zapaterías, en las fábricas y las cantinas. La clandestinidad de su lectura alimentó la leyenda y convirtió en pecaminoso el acto de leerlo, acto que era de iniciación sexual y de recóndita protesta, por la represión ejercida desde las instituciones educativas, pues aquellos que controlaban el cuerpo de la nación no podían frenar el desatado discurrir de los deseos, provocado a veces en los confesionarios donde el sujeto era asediado por curas libidinosos. No hay que olvidar que el escándalo en torno a Vargas Vila tiene lugar en 1884 cuando denunció en la prensa casos de sodomía en un prestigioso colegio de la capital dirigido por un cura jesuita, donde era alumno José Asunción Silva, nuestro célebre y nocturno poeta.

Vargas Vila, ya lo hemos podido probar, se resiste a ser enterrado, quizás porque aún tiene mucho que decir y no ha sido escuchado con la debida atención. Algo de aquel periodo tormentoso se solapa bajo sus palabras y él guarda las claves. En su época el mito devoró al personaje e impidió leerlo con la buena disposición que merecía, aunque tuvo atentos interlocutores como José Martí, amigo y confidente o Rubén Darío, que encontró en él la protección del hermano, también José Enrique Rodó y Manuel Ugarte. Lo mejor de esa generación tuvo que ver con él, de modo que hemos de suponer cierta incomprensión o distorsión de su pensamiento en el proceso de mediación que lo llevó al lector. Pero es evidente que Vargas Vila también quería apartarse de los modernistas y se refugió en el espacio íntimo de sus epigramas, sin camafeos ni princesas orientales ni rebaños de elefantes ni lánguidos camellos. Se alejó de ellos para buscar la profunda y palpitante verdad de su ser: el dolor de existir, para entregarnos sentencias salpicadas de amargura como la que sigue: «Todo en la Vida, es una Servidumbre; todo: hasta pensar; ¿quién nos libertará de la Servidumbre de pensar?; ¿quién? la Muerte; y, el Hombre tiene miedo de pensar en la Muerte…es decir, tiene miedo de pensar en la Libertad…y, sin embargo, aspira a ser libre…¿no sería el Hombre el más vil de los farsantes, si no fuera el más desgraciado de los seres?»[16].

Fuentes
[1] Vargas Vila, J.M. (1921), La muerte del cóndor. Barcelona: Ramón Sopena, p. 196.
[2] Uribe Uribe, Rafael, «De cómo el liberalismo político no es pecado» recogido en Eastman. J.M. (ed.), Obras Selectas, vol. 1. Bogotá: Imprenta Nacional, 1979. Una edición del libro de 1912 está disponible en la web del Banco de la República: http://www.banrepcultural.org/sites/default/files/85470/brblaa280079.pdf
[3] Se trata del prólogo a una selección de escritos: Montalvo, J., La pluma de fuego de Juan Montalvo, sus mejores prosas seguidas de algunos inéditos. V.H. Sanz Calleja Editores: Madrid, s/f.
[4] Borges, J.L. (1975), Historia de la eternidad. Madrid, Alianza, p. 157.
[5] Vargas Vila, J.M., Op. Cit., p. 43.
[6] Blumer, H. (1969), Symbolic Interactionism: Perspective and Method. New Jersey: Prentice-Hall.
[7] Mainer, J.C. (1981), La edad de Plata (1902-1939). Madrid, Ediciones Cátedra.
[8] Las opiniones de estos autores sobre Vargas Vila se recogen VARGAS VILA, J.M. (1916), La demencia de Job, Madrid: Librería de Antonio Rubiños.
[9] Vargas Vila llega a Roma en 1900 cuando Eloy Alfaro lo nombró allí representante diplomático del Gobierno del Ecuador.
[10] Ugarte, M. (1951), La dramática intimidad de una generación, Madrid: Imprenta Prensa Española p.186.
[11] Deas, M. (1984) Vargas Vila: sufragio selección y epitafio. Bogotá: Biblioteca Banco Popular.
[12] Vargas Vila, J.M. (1989), Diario secreto (ed.) Consuelo Triviño Anzola, Bogotá: Arango Editores-El Ancora Editores. También se puede consultar una edición del diario a cargo de Ricardo Salazar (Diario, Altera, Barcelona, 2000).
[13] Tanto la dirección editorial de las obras de Vargas Vila en la editorial Panamericana, como el proyecto de digitalización de sus libros estuvo a cargo del investigador colombiano Juan Carlos González Espitia. La biblioteca virtual Vargas Vila de la Universidad de Carolina del Norte se puede consultar en esta página web: http://www2.lib.unc.edu/wilson/rbc/vargasvila/intro_es.html
[14] El recurso se puede consultar en este enlace: http://www.modernismo98y14.com/biografia-vargas.html
[15] Perico Ramírez, M. (1983), Yo rebelde, yo hereje, yo Vargas Vila, Bogotá: Editorial Cosmos.
[16] Vargas Vila, J.M. (1912) Huerto agnóstico, Librería de la Vda. de Ch. Bouret, p. 298.

 

 

 

 

Rafael Maya con Vargas Vila.

Rafael Maya.

Hacia el año de 1924, siendo yo estudiante de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional, fui a pasar unas vacaciones a la ciudad de Barranquilla. Quería conocer el mar, y me atraía la idea de relacionarme con algunos escritores importantes de esa ciudad, que formaban parte del grupo literario llamado Voces, nombre de la revista que les servía de órgano de publicidad. Ese grupo tuvo bastante importancia en la evolución de la literatura colombiana, entre otras cosas, porque era algo así como un eco del ultraísmo español. La figura central de ese grupo era Ramón Vinyes, catalán naturalizado en Colombia y hombre de inteligencia muy ágil y de formidable cultura. Yo no había publicado sino unos pocos poemas en la revista Cromos, fundada por Miguel Santiago Valencia, escritor de Popayán, muerto hace algunos años en Cuba, y dirigida en los días de mi viaje a Barranquilla por don Luis Tamayo, gentil caballero bogotano.

Estando yo en Barranquilla corrió la noticia de que Vargas Vila arribaría a esa ciudad, procedente de Venezuela y de otros países de este continente, que acababa de visitar con diversa suerte, pues en algunas partes había sido recibido clamorosamente, como .en el Brasil, y en otras habría sufrido desdenes y silencio, como en la Argentina. Efectivamente, llegó Vargas Vila a Barranquilla, en medio de la curiosidad de toda la población, que literalmente se volcó sobre calles y plazas, para conocer al ilustre e inesperado huésped. Yo, que llevaba la representación de Cromos, y que apenas había traspasado el dorado dintel de los veinte años, recibí un telegrama de don Luis Tamayo en que me encarecía le hiciese una entrevista a Vargas Vila. ¡Qué más podía ambicionar! Me asesoré de Gregorio Castañeda Aragón, con quien ya cultivaba sincera amistad, le referí mi propósito de entrevistar al hombre de Aura o las violetas, y juntos nos dimos las trazas para penetrar al hotel donde se alojaba el glorioso escritor.

El hotel, en vista de la multitud que asediaba a Vargas Vila, estaba custodiado por la policía. Julio H. Palacios, hombre de influencia, ya nos había conseguido la entrevista, pues tenía amistad con el gran panfletario, y se trataban con bastante confianza. A la hora exacta nos presentamos, Castañeda Aragón, y yo, ante don José María Vargas Vila. Estaba el escritor en un rincón de la sala principal del hotel, sentado en una complicada silla de mimbre, y vestido de la manera más afectada que pueda darse, pero según la moda de ese tiempo. Se cambiaba de vestido dos o tres veces al día, según pude observarlo después. Predominaban en su persona las sortijas y los anillos, pues no tenía libre ningún dedo de la mano, y todavía de su corbata colgaba una enorme perla. Era de mediana estatura, con predominio de las anchas espaldas sobre el resto del cuerpo.

Tenía la faz rubicunda y las facciones muy menudas y como aniñadas, cosas que él disimulaba con unas grandes gafas que cabalgaban sobre su nariz rudimentaria, y que estaban aseguradas, además, con un cordón de seda. El cabello lo llevaba muy pegado al cráneo, y peinado de medio lado. Su figura no era simpática ni atractiva por ningún aspecto, pero infundía curiosidad.

Recuerdo que, antes de despedirme, hizo que se nos tomase una fotografía, que hoy considero ilustre, y que conservo con sumo cuidado en mi biblioteca. No la quiso firmar alegando como excusa que nunca estampaba su nombre ni en libros ni en retratos. En el momento de hablar, Vargas Vila se convertía en otra persona. Era ingenioso, sarcástico y, frecuentemente, procaz. Conversaba como escuchándose a sí mismo. No había mayor diferencia entre su conversación y el lenguaje de sus libros. Yo le hice un reportaje bastante extenso, transcribiendo literalmente, con inexperto regocijo, todas las impertinencias que él dijo acerca de escritores que entonces vivían, y a quienes tenía mala voluntad.

El reportaje fue publicado en Cromos y reproducido, después, en La Estrella de Panamá, que era entonces uno de los periódicos más importantes del Continente. La reacción fue tremenda, entre los escritores allí aludidos. Algunos años más tarde me contaba Ismael Enrique Arciniegas que Gómez Carrillo, por ejemplo, se había presentado un día, lívido de rabia, en la Embajada de Colombia en París, para preguntar por el individuo que había hecho el reportaje de Barranquilla. Arciniegas apenas me conocía, por aquellos años, y no pudo satisfacer la rabiosa curiosidad de Gómez Carrillo. Entre otras cosas, Vargas Vila lo hacía responsable de la muerte de la célebre bailarina Mata-Hari, fusilada como espía. Por ese estilo era el reportaje. Como Vargas Vila partió dos días después, ignoro si leyó la entrevista, o si tuvo alguna noticia de las consecuencias que le habían acarreado sus declaraciones.

La Nación, de Buenos Aires, lo combatió duramente a causa de los ultrajes que asestó a la Argentina, y que yo transcribí literalmente. Más tarde, en un libro titulado Mi viaje a la Argentina, Vargas Vila reiteró sus afirmaciones y aprovechó la ocasión para vengarse, como lo acostumbraba, del silencio que en torno suyo había hecho la prensa de Buenos Aires, silencio absoluto, organizado, según parece, por Leopoldo Lugones. Hay que ver cómo trata Vargas Vila, en ese libelo, al formidable autor de Los crepúsculos del jardín, figura procera de las letras hispanoamericanas. Olvidaba decir que acompañaba a Vargas Vila, en su viaje, como secretario y administrador de sus libros, un poeta venezolano llamado Ramón Palacio Viso, que era hombre muy joven y elegante, aunque de ambigua catadura. Nunca abandonó a Vargas Vila, y me parece que fue su ejecutor testamentario.

Como hombre, Vargas Vila fue sencillamente espectacular. Era grotesco, sublime, cómico y trascendental al mismo tiempo. Quería deslumbrar, a toda costa, y para ello acudía a toda clase de reclamos publicitarios, al mismo tiempo que cantaba su soledad y hablaba de su aislamiento casi trágico. Su histrionismo personal no conoció límites. Salvador Dalí, en los tiempos que corren, es un provinciano despistado al lado de lo que fue Vargas Vila en sus días. Nunca bajó del escenario, un escenario que él mismo construyó con toda clase de decoraciones chillonas. Desde allí se regalaba a sí mismo con el título de genio, se declaraba el escritor’ que había enseñado a manejar la pluma a los hombres de la generación del 98, entre la cual tuvo, a no dudarlo, alguna influencia; se decía el terror de los tiranos, la pesadilla de los mediocres y el azote de Dios. Se creía el eje de la historia y el ombligo del mundo.

¿Histrionismo? De todo había en la personalidad de este ·hombre extraño, que no afirmaba tales cosas a humo de pajas, pues, por entonces, era el escritor más leído del mundo hispánico, el más discutido y combatido entre los intelectuales de su generación, y el más imitado, por escritores de segundo orden. Creía que encarnaba el heroísmo de todos los caudillos de la libertad, de todos los mártires del pensamiento, de todos los enemigos del despotismo. Se consideraba el hombre símbolo. Muchos de sus adversarios fueron fantasmas que él mismo tuvo que henchir de su propio aliento para darles consistencia. Era un Quijote tropical, tan animoso y resuelto como el otro, pero no menos ilusionado. Peleó frecuentemente contra molinos de viento. Sus pasiones se objetivaban en sujetos muchas veces mediocres, sobre los cuales desataba la tempestad de su verbo, verbo de admonición y de combate. Combatía Despotismos y Tiranías (siempre con mayúscula) que no se sabía dónde realmente estaban, y defendía desveladamente una Libertad de la cual disfrutó cabalmente, pero que veía siempre amenazada por enemigos invisibles.

Fue un hombre de grandes pasiones que pudiéramos llamar abstractas, porque no tenían asidero histórico. Es cierto que grandes políticos suramericanos, principalmente colombianos, fueron víctimas de su acrimonia; pero siempre exageró sus vicios, así como abultó los méritos de aquellos a quienes admiraba. Fue hombre de pasiones extremas, por lo mismo que era un temperamento de extraordinaria fogosidad. Nunca tuvo el equilibrio crítico del verdadero sociólogo, ni el espíritu imparcial del historiador de alto vuelo. Como sus campañas se realizaban siempre a ras de tierra, su efecto eran nubes de polvo y de guijarros, como acontece en las corralejas destinadas a desbravar potros. No digo yo que toda esa prédica hubiese sido estéril. Al contrario. Nuestras democracias guardarán siempre un eco de la voz de Vargas Vila. El pueblo lo amó y lo sigue amando, no porque le importen sus libros, sino por la resonancia de sus campañas políticas, que se prolongan en el tiempo.
La demagogia seguirá arrancando ramos de los laureles rojos que crecen· sobre su tumba. Pero todo ese anecdotario de Vargas Vila, suscitado por sus actitudes personales, que suministraron tan abundante material a las caricaturas y a las crónicas humorísticas, y dieron base para tan extravagantes suposiciones como las que se hicieron en vida del escritor, todo eso ha pasado, y apenas pesa sobre la memoria de Vargas Vila como la telaraña que ocasionalmente opaca un espejo, o como el insecto que cae en una copa de vino. Son algo que no atenta fundamentalmente ni contra la luz ni contra la sabrosa virtud de la bebida. Allí está la obra y eso es lo que importa estudiar. Desde luego, y procediendo por partes, el lado más flaco y vulnerable de la obra de Vargas Vila está constituido por sus novelas. Algunas de ellas, sobre todo las de su juventud, no resisten el menor análisis. Son irremediablemente cursis. El hecho de que conmovieran la sensibilidad elemental de la gente del pueblo, no obra como mérito. En los estratos inferiores de estas razas hispanoamericanas siempre existe un sentimentalismo fácilmente irritable.

Las novelas de los años de su madurez, sin haberse despojado por completo de esa explosiva emotividad que informa el temperamento de Vargas Vila, y siempre próximas al floripondio literario, interesan más, no porque propongan problemas humanos de interés, sino porque hay en ellas acento pasional indudable. No son novelas propiamente dichas, sino largas tiradas líricas, escritas dentro de la misma técnica estilística de los panfletos y de las catilinarias. Vargas Vila desconocía por completo el arte de novelar, dentro del sentido ortodoxo de la palabra. Como todo romántico, pero, principalmente, como todo romántico procedente de Hugo, el escritor colombiano era demasiado fantasioso para seguir pacientemente un proceso narrativo o un método analítico. No tenía más técnica que la del vértigo de la imaginación.
Por otra parte, su estilo nunca se adaptó a los temas tratados. Siempre era el mismo, ya se tratase  de la novela o de la proclama oratoria. Como no era hombre de verdadera distinción espiritual, su lenguaje se resiente siempre de cierta ordinariez, que no alcanzan a disimular sus actitudes de esteta. Barnizó y abrillantó muchos lugares comunes. No fue un orfebre, sino un obrero de las frases, pero un obrero dotado de rara habilidad. Gran artesano del estilo, y, por eso mismo, eminente escritor popular. Otra parte muy considerable de la obra de Vargas Vila corresponde a sus escritos políticos, o, por mejor decir, a sus panfletos. En este terreno campeaba con sin igual destreza. Como no hallaba allí ninguna de las dificultades de la novela, parecía respirar a sus anchas, exento de trabas, cuando se entregaba al libre ejercicio del dicterio, de la acusación o del reto.

Se diría que el aire del combate oxigenaba su sangre. Armado de unas cuantas nociones históricas, y de algunas ideas generales sobre la historia de la cultura, disparaba sus frases como cohetes, cuyo estallido final iba acompañado de una lluvia de luces multicolores. Algunas tenían grande eficacia, pero otras eran inofensivas, como pólvora de salón. Es indudable que en algunos momentos alcanza cierta grandeza de expresión que bien pudo envidiar Víctor Hugo. Frecuentemente el lenguaje se condensa en largas series de metáforas o se deshace en cadenciosas melopeas, muy cercanas al verso. Imposible decir si tanta cólera verbal correspondía realmente a los afectos intuía como el león o como una máquina encargada de imitar ruidos animales. En parte era sincero, a no dudarlo, pero en parte se dejaba llevar de su connatural histrionismo, que siempre desfiguró las pasiones más auténticas de su alma.

Además, como esa literatura le había dado fama y dinero, él seguía cultivándola, en forma cada vez más extremosa, porque, en cierto modo, se sentía obligado a ello. Otra cosa hubiera sido defección o cobardía. A veces escribía como violentándose, sin pasión alguna, y entonces torturaba los párrafos con toda clase de cursos exteriores, como el abuso de las mayúsculas, de los signos de admiración, de los puntos suspensivos, de los descoyuntamientos sintácticos de los epítetos fosforescentes. Todos estos procedimientos menores seguramente podrían distraer, ahora, los ocios de un profesor de estilística.
¿Libró Vargas Vila campañas definitivas, en el sentido de los resultados? ¿Su acción fue más allá de las palabras y logró modificar un hecho, o crear una situación distinta? ¿Tuvo la influencia social de unos cuantos escritores continentales a quienes podemos llamar educadores de estos pueblos? ¿Dejó encendido, para siempre, el fuego de la libertad? ¿Acabó con los despotismos? La experiencia demuestra que, si bien dejó abiertas muchas trincheras y levantados muchos sistemas de defensa y de ataque, que se han utilizado posteriormente, los resultados históricos de sus campañas fueron de dudosa eficacia.

¿Por qué? Porque esas campañas tuvieron un carácter de polémica verbal y de estruendo retórico, pero nunca fueron al fondo de las cuestiones que despertaban la cólera del panfletario. Injurió a los déspotas y a los tiranos, pero nunca hizo el estudio de las causas que habían dado nacimiento a esos despotismos y a esas tiranías. No era ni un sociólogo, ni un político, ni un estadista. No era más que un Verbo deslumbrante. La historia demuestra que los “tiranos” tienen una capacidad milagrosa para asimilar la injuria. Ante la terquedad de los hechos y de la naturaleza humana, Vargas Vila se refugiaba en el aislamiento rencoroso, o asumía funciones de visionario y de profeta. Le parecía inexplicable que una frase suya no contribuyera a torcer el curso de la historia. Nombrar a Juvenal o a Tácito a propósito del autor de Laureles rojos es una temeridad en que solo incurren, o incurrieron, los fanáticos del escritor colombiano. Pero sí puede colocarse en un escalón no muy abajo del Víctor Hugo de Los castigos y del Año terrible. Víctor Hugo, entre los escritores del siglo pasado, y Gabriel D’Annunzio, entre los modernos, fueron los dos escritores a quienes profesó más absorbente idolatría. Parecerse a ellos, en la obra y en la vida, fue su obsesión de siempre. La semejanza con D’Annunzio resulta un despropósito, aun cuando como creadores de imágenes podrían relacionarse débilmente. Pero D’ Annunzio fue un apasionado de la vida, de la patria, de las mujeres.

Vargas Vila no gozó propiamente de la vida, no obstante su dinero, y siempre se consideró un hombre sin patria. En cuanto a las mujeres, ni las amó, ni ellas lo amaron nunca. Posiblemente percibían cierto tufo a Corydon en su entallada elegancia. En Huerto agnóstico pretende definirlas con una de las frases más vulgares que se han escrito en castellano. Sin embargo tuvo el culto de su madre, bastante afectado, desde luego, pero esto ennoblece un poco la estampa de este misógino recalcitrante. El paralelo con Víctor Hugo resulta menos forzado, entendiendo siempre que no se trata del Hugo lírico, ni del novelista ni del autor dramático, sino del poeta político o bardo socialista y humanitario. En una palabra, del revolucionario romántico. Vargas Vila fue el escritor que mejor asimiló, en este continente, ciertos procedimientos y buena parte del espíritu de Hugo

Olegario Andrade, en la Argentina, y Rivas Groot, en Colombia, se acercaron más a la auténtica grandeza del poeta francés. Vargas Vila hizo suyas ciertas modalidades que pudiéramos llamar “técnicas” en el lenguaje de Hugo, tales como su amor por las antítesis, por los paralelismos, por los retruécanos, por las contraposiciones, recursos todos de orden retórico. Hugo fue la primera potencia verbal de Europa durante el siglo pasado. Fiat Lux, les dijo a los franceses, y les mostró el Diccionario. Toda la creación estaba contenida, para Hugo, en los vocablos. Vargas Vila, guardadas siempre las proporciones, pensaba lo mismo.
Tanto el francés como el colombiano confiaron demasiado en la letra. El espíritu los castigó, sobre todo a este último, haciendo que mucha parte de su obra quedase reducida a escombros, con el paso del tiempo. Principalmente las obras de intención política. Vargas Vila quiso elevar la polémica a un plano artístico, cosa que le reprochaban sus adversarios; pero él pensaba que, de esa manera, defendía de la corrupción páginas naturalmente perecederas. A este respecto, su orgullo consistía en manejar un látigo que tenía puño de oro. Su casco, como en Homero, siempre ostentaba un hermoso penacho de color de azafrán.

Pero, como dice Gracián, el hombre busca esencias y no fárragos. En Vargas Vila, la imaginación perjudicó al entendimiento, la facilidad a la agudeza, la improvisación a la cultura. Él se creía hombre de “ideas” pero no era más que un mago de las palabras. En alguno de sus libros existe un confuso y declamatorio capítulo sobre Kant; pero aquello es la guacamaya del cuento, posada sobre una columna dórica. Aspiró a superar a don Juan Montalvo, con quien tenía no pocas semejanzas, pero resulta siempre inferior al prócer ecuatoriano. Montalvo fue hombre de sólida cultura, y, aun cuando tenía un falso concepto de lo clásico, fue un ortodoxo del idioma, no obstante la libertad y bizarría de su estilo. Además, como polemista, tuvo más responsabilidad histórica. Emulo y compañero de Vargas Vila fue también el Indio Uribe, que tuvo menos fama y se movió en más limitado radio de acción. Tan anticlerical y tan antirreligioso como los otros dos, escribió mejor que ellos, a no dudarlo. Su prosa es de fina estirpe clásica. También escribió panfletos que, no obstante la intrínseca injusticia que los deslustra, no son, simplemente, un sartal de injurias. Por dignidad idiomática quiso que sus dicterios pasasen como fórmulas vindicativas de carácter axiomático, o como enjuiciamientos históricos. Se acerca a Quevedo por la gravedad de las sentencias, o por la irresistible eficacia de la burla.

Hay un grupo de obras de Vargas Vila que, creo yo, constituyen lo mejor de su producción literaria, y de las cuales se podrían sacar fragmentos antológicos que salvarían su memoria del olvido. Me refiero a Huerto agnóstico, Horario reflexivo, El ritmo de la vida y Antes del último sueño. No son novelas, ni panfletos políticos, ni autobiografías, aunque tienen mucho de esto último. Autobiografías espirituales, para ser más explícitos, pues muy poco nos revelan acerca de la vida de Vargas Vila. Son reflexiones muy personales del autor que recaen sobre los libros, sobre los hombres, sobre la historia, sobre la existencia humana, sobre la muerte, etc., etc.

No es Vargas Vila un pensador (llamémoslo así) abstracto. Todo lo considera en relación con su propia experiencia, y esto les concede a tales reflexiones un agradable acento de autenticidad. En esos libros pueden buscarse las raíces del pensamiento vargasviliano, las nociones más exactas de lo que podríamos llamar, violentando el término, su doctrina y el origen de sus más graves preocupaciones como hombre de pensamiento. Son libros muy desiguales. Como siempre, hay predominio de las sentencias menos verdaderas que resonantes. En veces no hay más que una actitud o una postura que denuncian al hombre teatral. Por ejemplo, Vargas Vila denuncia reiteradamente su ateísmo, pero allí no hay más que el evidente propósito de asustar, pues ese ateísmo es conmovedor, a causa de su elemental trivialidad.

Otro tanto ocurre con su incurable clerofobia. Cuando ataca al cristianismo no pasa de aquello de moral de esclavos que todos leímos en Nietzsche. Su misma pornografía es una exageración sacristanesca. Vargas Vila no conoció más sensualidades que las de la palabra; las otras lo dejaban indiferente, según confesión propia. Salvados estos temas, que para Vargas Vila fueron verdaderas fobias, y cuando su espíritu se emplea en la reflexión desinteresada, expresa sus emociones con rara frescura poética y con hálitos de tanta sinceridad, que uno se asombra de encontrar esta virtud en hombre de tan habituales fingimientos. Exagera, sin duda, al hablarnos de sus dolores, de su soledad, de su hastío; pero ese gusto por confesarse al oído del lector y buscar su anónima confidencia, nos. indica que hay emoción auténtica en tales desahogos.
Después de leer Huerto agnóstico, no obstante la monotonía del tono que allí predomina, queda el espíritu realmente deprimido. Desde el Eclesiastés ·hasta Leopardo, nadie había condenado la vida y la esperanza en términos tan amargos. Si aquello es sincero, podemos considerar a Vargas Vila como precursor de Sartre, en eso de cerrar todo escape a la desesperación del hombre.

Para contraste, abundan en esos libros apreciaciones muy justas sobre pinturas y poemas que impresionaron al autor. Vargas Vila era hombre de buen gusto en materias artísticas, visitaba frecuentemente los museos y tenía una sensibilidad muy apta para impregnarse de la belleza de los sitios y de los paisajes. Amó la naturaleza, y al final de su vida comenzó a desgarrarse los oropeles retóricos. La tumba fue la única imposición que aceptó con modestia. Se habla de que es necesario quitarle a la obra de Vargas Vila su ambiente de clandestinidad para que sea apreciada con justeza. Yo creo lo contrario. A Vargas Vila lo favorece esa clandestinidad, y favorece, todavía más, a sus editores. Voy a explicarme: en algunos sitios existen monumentos de los cuales nadie sabe en qué consisten ni qué representan. Y nadie lo sabe porque están ubicados en puntos peligrosos o mal afamados. Se los mira por entre los árboles, al pasar, con un poco de superstición. Infunden miedo y respeto. Son la casa del murciélago. La luz de luna palidece más al penetrar allí, por entre las ramas.

Pero un día se cortan los árboles ·que en torno de ellos hacían sombra medrosa, se limpia y empareja el terreno y se derrumban las casas viejas que contribuían a fomentar las supersticiones, todo porque es necesario hacer allí una plaza moderna. El crecimiento de la ciudad y los nuevos planos de urbanización así lo exigen. Entonces se advierte que el tal monumento no era más que una modesta columna de ladrillo, manchada por los pájaros. Con muchos escritores acontece algo semejante. Es necesario que siga el misterio en torno de ellos y que una leyenda escandalosa los esquive a la gente timorata y constituya un aliciente para los audaces. Es necesario que la fábula de su satanismo mantenga en torno de ellos su siniestro prestigio. Es necesario que el Estado y la Religión los miren con recelo. Si a esos libros se los saca de su clandestinidad y si sobre ellos se proyectan las luces de una crítica objetiva y desapasionada, desaparece el misterio y sus autores quedan notablemente disminuidos. Aparece la columna de ladrillo. Pienso que ese puede ser el caso de Vargas Vila”

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                                                  ¿Es posible leer a Vargas Vila?
Se pregunta Juan Gustavo Cobo Borda – La alegría de leer, Colcultura, Bogotá, 1976-.”Leer una sola novela de Vargas Vila puede resultar divertido; dos es ya exasperante; tres, o más: ignorábamos que usted padeciera, en forma tan acentuada, tales ataques de masoquismo. Arturo Escobar Uribe, en una obra intitulada -¿y qué otra palabra podría emplearse?- El divino Vargas Vila, arroja, impávido, la cifra: 108 volúmenes, de los cuales la mitad son novelas, o algo así. Panfletos, historia, biografía, filosofía, estética, egolatría: no tengo tiempo, ni ganas de leerme todo Vargas Vila…

De todos modos él está ahí, vasto, inabarcable, pero no maldito. Ignorándolo, hemos aprendido a convivir con su figura: aparece en todos los puestos de reventa de libros y no ha tenido que padecer, todavía, la infamia de una edición definitiva de sus obras, en papel biblia. Se puede pensar, entonces, que está vivo: el pueblo lo lee; las editoriales más inverosímiles lo reeditan; las carátulas que le dedican suscitan, casi todas, la desgarradora nostalgia por lo definitivamente perdido: el pelo largo, los gestos púdicos, unos senos rotundos: Flor de Fango, Rosa Mística, La Ubre de la Loba. Si fuéramos pedantes emplearíamos términos como camp o kitsch; sin embargo, noticias que no alarman pero sí inquietan, nos confirman que en América Latina, guardadas las proporciones –al fin y al cabo

Vargas Vila es colombiano– sucede algo semejante, o parecido. ¿Qué hacer? Ante las complejidades aparentes, o reales, que motiva, prefiero escurrir el bulto. Leo, al azar, varias cosas suyas, y tomo así, irresponsablemente, algunos apuntes. Desde 1933, la fecha de su muerte, me aseguran que muchas cosas han cambiado en el mundo; me dicen, también, que la posteridad y la historia son justas. No lo dudo: sólo que quien al parecer resulta inalterable es, exclusivamente, Vargas Vila.
Asoló América; todos lo padecieron: su patria, las beatas, los conservadores y los curas; sus colegas, los tiranos de estas repúblicas de pacotilla; Estados Unidos; el idioma español, incluso. Es, pues, un mito. Y como si lo anterior fuera poco, es, también un escritor: alguien que escribía, y escribía, convencido del poder de la palabra, de su misión redentora.
Pero él, por supuesto, lo explica mejor que nadie, señalándonos claramente las dos etapas en que se halla dividida su trayectoria. En Prosas Laudes colocaba esta apostilla: “Escritas estas líneas en 1898, en New York, para servir de Prólogo al libro de César Zumeta, son anteriores a mis veinticinco años de actividad intelectual en Europa, de vida netamente artística; y, por ende, a mi obra verdaderamente literaria; fue entonces que mi vida se rompió violentamente en dos: allende, el Vargas Vila luchador en la linde de la selva con sus periódicos, sus panfletos y sus libros de combate corp a corp, con las tiranías y el vasallaje…; Aquende, el cenobita del Arte y de la Literatura, que he sido luego, combatiendo desde mi soledad y nutriéndome de ella; mi acervo literario de hoy, es una montaña enorme que aplasta con su mole la inanidad de estas frases dichas tantos años hace”.

¿Qué hacer con una cosa así, que convertía la autocrítica en una forma menor de la impudicia; que hacía del Arte su única Religión, luego de afirmar que sólo escribía para combatir? Y no sólo en los prólogos que redactó ex-profeso para la edición, felizmente inconseguible, que Sopena hizo de sus Obras Completas, sino en cada línea que producía. Allí estaba presente, de cuerpo entero, señalando las características de su misión en la Tierra; reclamando para sí el Monopolio del Odio: nadie más perseguido; transformándose de Héroe en Apóstol, en Oráculo, en Mesías. “Desenmascarar el Crimen” y “Hacer brillar sobre el mundo el inminente esplendor de la verdad” injuriando, de paso, a sus detractores y proclamando, una vez más, su orgullo y su soledad incorruptibles: fue el Puro, el Único, el No Flexible. Su bandera: La Libertad, con mayúsculas.

Pero me temo que todo esto no sea más que la mistificación última, la última máscara de un caso clínico que cambiándose de vestido tres veces al día, las manos llenas de anillos, unas facciones de sapo cerrándose en torno a una boca egoísta, pretendía mantener la distancia entre su vida y su Obra repitiendo, frenético, que él no era, que él no podía ser ninguno de esos transparentes alter-egos que aparecen a todo lo largo de su narrativa, inflados por su retórica, y siempre con las mismas características: el Hosco Solitario que nunca conocerá el Amor sino tan sólo el Deber; el Perseguido que huye con la frente en Alto; el Taumaturgo que toma a los otros, ya que su Misión se lo permite, como objetos para su Desdén o su Lujuria.
Sólo que las perturbaciones que causó a su alrededor eran efectivas: si el poder de una pluma se mide por la cantidad de suicidios que suscita, la suya ocupa lugar destacadísimo. Y era él mismo, como es obvio, quien llevaba las cuentas: en su prólogo a Salomé, novela poema, anotaba: “Ibis, aquel libro de Fatalidad, por el cual, es público, que se han suicidado diez y siete personas, siendo por eso apellidado la Biblia del Suicidio, que ha disuelto tantos matrimonios, roto tantos idilios, ajado tantos gérmenes de poemas, me ha ocasionado tan rara y dolorosa correspondencia, de anatemas de las víctimas, y, gritos de Victoria de los vencedores, que si yo publicara un día ese epistolario se vería el más extraño caso de sugestión literaria que un libro pueda ejercer sobre almas angustiadas y dolorosas.

“Y no se ha querido verme a mí, en la figura del Maestro que en las páginas de aquel libro siembra la desolación y la muerte…
“¡Maestro! me han gritado con ese libro en las manos, los vencedores y los vencidos, aquellos que iban a morir por él, y, aquellos que por él, se libertaban…”.

Digámoslo de una vez por todas: Vargas Vila es insoportable; afectado, morboso, de una vanidad delirante. Digamos, también, que en pocas, pero ciertas ocasiones, resulta sugestivo. Descartarlo, o silenciarlo, como pretendían, es ya imposible; reivindicarlo es, por supuesto, una tontería. Y ese punto donde la comprensión presagia el olvido pero aún conserva consigo cierta dosis de cálida ironía (algo así como los errores juveniles) no parece, por ahora, muy factible.
Se trataría, en consecuencia, de leerlo, cotejándolo desde adentro de sí mismo, revelándolo mediante sus propios textos; ¿pero quién será capaz de emprender semejante tarea?

Abruma, sí, pero no repele. ¿Será por aquello de que aún conserva su aureola de fruto prohibido? Y su malignidad resulta, en últimas, terriblemente enternecedora: ya no se usan esos desplantes furibundos; ya no es lícito confundirse de tal modo con una causa, defendiéndola en medio de tales exabruptos. Su prosa, encabritada, es un artículo de museo, o de plaza pública.
(América Latina, por cierto, conserva intactas ambas modalidades). Sólo que ese radical independiente, que fue herido en una de las múltiples batallas de las guerras civiles colombianas, a los quince años; y que ya, a los veinte, luego de haber sido maestro de escuela y amigo de José Asunción Silva, proclamaba que “los combates de la pluma debían seguir a los combates de la espada”, es, además, i un personaje legendario, parte de nuestro parnaso, y de nuestra herencia. Y si todo lenguaje denuncia a quien lo emplea, también apunta hacia quien lo lee. De todos modos, volvamos a mirarlo, un poco más de cerca.

Todas las novelas de Vargas Vila son iguales: pueriles, simétricas; su tremendismo está compuesto, en verdad, de largas, fatigosas, interminables digresiones en torno a todos los temas; o sea: el tema. El mismo: Don José María Vargas Vila. Además, en estas narraciones nunca pasa nada. Previsibles, rutinarias, todas ellas sirven apenas de tribuna a un pontífice iracundo, demorando, lo más posible, el encuentro sexual de los protagonistas. Debido, sobre todo, a que este prolífico calígrafo se regodea en los prolegómenos, en los avances, en los contactos furtivos, en las acechanzas y en los desvíos, creando, por cierto, un suspenso erótico, de la peor clase. Un clima que su prosa descoyuntada, sus signos de admiración, sus puntos suspensivos, sus metáforas inverosímiles, sus referencias clásicas, caldean al máximo, sin resolverlo. Por Dios, que suceda algo, cualquier barbaridad, acaba por gritar el lector, irritado.

Tan fatigosa estrategia narrativa cumple, entonces, su misión: llevar las situaciones a su punto más candente: el de “la caricia suprema”, como dice con tanta gracia, y al minuto siguiente decretar el anticlímax. No hay variación posible: una vez consumado el hecho (o apurada la copa hasta las heces), solo sobreviven la desilusión y el hastío. La coyunda matrimonial, o toda rosa se marchita, para emplear expresiones caras al difunto. Ya que no parece existir un conjunto de obras, tan descomunal como éste, en que con tanta insistencia se haya denigrado de la mujer, reduciéndola a ser instrumento fugaz del placer, animal para el goce y nada más. Hembra lúbrica, poseída y escarnecida; la culpable de todos los males, de toda debilidad. El sinuoso veneno que acaba con la voluntad e induce al crimen. La insaciable, devorando la juventud y agostando el futuro. En fin, el repertorio parece infinito pero es monótono; no sé, además, si los argumentos provengan de Nietzsche, o formen parte de nuestro arsenal machista.

Pienso, más bien, que como casi todo en Vargas Vila, tiene su origen en la confusión; en algo aparentemente retorcido y sinuoso que lo caracteriza, y que en definitiva no resulta tan enigmático, si analizamos su origen, no así su prolongación patológica, el sórdido laberinto que tejió con ellos durante demasiados años. Pero, de todos modos, los secretos, tan evidentes, no están sólo en el prólogo que redactó Vargas Vila años después: estaban, ya, en la novela. Eran obvios. Y aunque para hablar de constricciones del medio ambiente, complejo de Edipo y homosexualismo, no se requiere conocer mucho de psicología, y además no importa, ya que la literatura está hecha de éstas, y de muchas otras miserias. Lo asombroso es la vastedad de su odio y el modo, infatigable, en que puso a la literatura al servicio de éste. Pero, además, el escritor no sólo se rebela, o se expone a sí mismo; también denuncia a su medio. Quien habla de una sociedad de “arrieros cosmopolitas, de mineros endomingados, de ganaderos con guantes, de tenderos pretenciosos, de políticos averiados, todos místicos, todos aristocráticos, todos apócrifos”; quien critica los “prejuicios de una sociedad aldeana y pueril, que jugaba en la soledad de esas llanuras andinas, comedias de aristocracia rústica, dramas de señorío medieval, de una candidez agresiva, de un cómico doloroso y cruel”, es Luciano Miral, el narrador, o Vargas Vila?: la distancia no existe.

De todo esto, sólo podría surgir una larga venganza; un combate, a través de la ficción, contra una ciudad, o un país, que lo había repudiado. Y qué mejor manera que invertir el proceso, magnificando, llevando a proporciones cósmicas, un incidente trivial, una noticia policíaca. Refugio y arma contra el enemigo, el texto, los desplantes, el exilio. Y allí, en medio de todo esto, la invariable dialéctica que ha de regir toda la escritura de Vargas Vila: La exaltación del Placer, “una convulsión, un espasmo, un segundo de epilepsia”, una exaltación ambigua, como se ve, enfrentada al Amor, pero no a esa “fanática adoración”: la madre: Basta ver la dedicatoria de Aura o las violetas, su primera obra; basta, apenas, la espeluznante escena con que concluye Alba roja: “Luciano Miral se acostó sobre la tumba maternal, cavó con las manos, la tierra, en el sitio donde creyó que estaban los oídos de su madre, hundió allí su rostro, y en un diálogo extraño, le murmuró cosas íntimas y santas brotadas de su corazón”.

Cada cual es libre, entonces, de extraer sus propias conclusiones.
Pero aquello que quería subrayar era cómo Vargas Vila, desde sus comienzos, fue configurando todos los elementos que harían de su personalidad algo a la vez tan orgulloso y tan endeble, tan sugestivo y tan miserable, tan fecundo y a la vez tan irrealizado. La gente lo vio como él quería ser visto; recalcó, con tanto, y tan prolongado énfasis, la perspectiva para acercarse a él, que ésta es la única que tomamos en cuenta; obsceno, pervertido, más bien un hombre, como tantos otros, que se conocía bastante bien a sí mismo, y por lo tanto se mentía, se engañaba, agravado, en su caso, por la telaraña de una literatura farragosa. Picasso decía que el arte es una mentira que nos conduce a la verdad. La verdad y la mentira de Vargas Vila están ahí, en sus libros. Sólo que quienes los leen son adolescentes, ocultándolos bajo el pupitre, en los colegios, sirvientas, y viejos panfletarios, que se asfixian en provincia. Quizá por eso sigue siendo tan nuestro.

 

 

 

Peripecias del Diario Secreto de Vargas Vila.


Cuentan que dos balseros cubanos, alardosos escritores por más señas, arribaron a Miami una vez al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, el salitre de la mar más bien, no preguntaron donde se comía ni se dormía, sino que entablaron una alucinante discusión sobre la importancia o no de la obra del colombiano José María Vargas Vila y que, arribados al punto de los puñetazos, uno de los improvisados marinos, el más matrero de los dos, acaballó al otro con una frase como una ráfaga: “Mira, la primera prueba de su valor como escritor es que más de medio siglo después de su muerte, y con el hambre que tenemos, estemos hablando de él, algo que no creo que ocurra ni siquiera a la semana después de nosotros pasar al otro barrio”.

Quizá los argonautas arribados al sur floridano exageraban la nota, pero lo que sí es cierto es que Vargas Vila estuvo relacionado, aún después de muerto, con esa isla de la que ellos escapaban a como diera lugar. Empezando porque el empedernido polemista visitó Cuba en tres ocasiones, primero en 1923, después en 1924 y la última en 1926, época en que se enfermó, aunque logró mejorarse con ayuda médica; pero tan sólo mejorarse, pues aquella extraña enfermedad afectó su vista al punto que terminaría por dejarlo completamente ciego al final de su vida. Cuba y la ceguera; o Cuba y la noche al decir martiano.

Cuba y la noche
Acerca de la segunda visita a Cuba, el poeta y panfletario escribió en el Diario Secreto, el 24 de julio de 1924: “Suprimo la narración de mi primera estancia en La Habana, de paso para México, porque todo eso pertenece a mi libro de viajes, y se halla en un volumen especial bajo el título de En la república Argentina, Uruguay, Brasil, costas de Colombia, Venezuela y México. Y héme aquí, llegado de nuevo a las playas oro y azul de esta isla maravillosa, donde la sombra doliente de José Martí parece extender sus brazos para recibirme. Recobro el imperio de mí mismo. ¡Bendita sea!”.
El Diario Secreto del escritor colombiano, con interesantes revelaciones personales, filosóficas y políticas, estuvo durante años en varias casas habaneras, la última de estas en Guanabacoa, y después en la Fragua Martiana; antes de ser donado por el régimen de Cuba a Colombia.

Pero el Diario Secreto del célebre misógino ya no es tan secreto como lo fue durante mucho tiempo, pues hace algunos años se dio a conocer en un libro de la escritora colombiana residente en España, Consuelo Triviño Anzola, bajo el título José María Vargas Vila, Diario Secreto, impreso por Arango Editores-El Áncora Editores, en Bogotá, Colombia, en 1989. Un libro con la selección, introducción y notas de la misma autora.

Cuba y la censura

Sin embargo, en Cuba, como suele ocurrir con muchas cosas bajo el régimen, nunca se ha dado a conocer el diario vargasviliano, a pesar de las laudatorias referencias a la isla y a quien fuera su gran amigo, José Martí. Vargas Vila lo comenzó a escribir en París, a los 39 años, en marzo de 1899, para terminarlo en 1932.

La versión oficial en la isla asegura que el Diario llegó al Museo la Fragua Martiana en 1984, de manos de un vecino de Guanabacoa que lo conservaba, quien un día se acercó a una alumna del antiguo Seminario Martiano para donarlo, en unión de otros documentos del colombiano, de manera que no se perdieran, puesto que él viajaría fuera del país. Era en verdad el archivo personal de Vargas Vila, no solo el Diario, sino también un manojo de cartas, documentos y algunos manuscritos.
Tal archivo comprendía documentos de 1899 a 1933, así como un grupo de novelas: La cosecha del sembrador, El Maestro y El Oasis, y una colección de revistas Némesis, fundada por él, constituida por 144 cuadernos. Además La sonrisa del balneario, El trágico olivar, Albas inquietas y otros manuscritos de libros, incluido el epistolario de su único hijo a algunos políticos, y las cartas que patentizan la gran amistad que Vargas Vila sostuviera con José Martí.
Vargas Vila.

Prisión y tortura por el expediente Vargas Vila
Pero, otra parece ser la historia en torno a la posesión del original del Diario de Vargas Vila, pues el profesor cubano Raúl Salazar Pazos (el vecino de Guanabacoa, el desprendido donador de los documentos, según la versión del régimen) sufrió prisión y tortura debido a que, en 1981, se le acusó de “ser un elemento negativo, un parásito que actúa contra la política cultural de la Revolución al negarse a entregar a las autoridades el manuscrito que posee de un escritor, amigo que fue del eximio apóstol José Martí”; según el propio Salazar en su libro José María Vargas Vila, Diario (de 1899 a 1932) y la increíble historia de unas memorias codiciadas, Ediciones Altera, Barcelona, 2000.

Escribe Salazar Pazos que en el calabozo, tras las sesiones de electrochocks a que era sometido, pensaba desesperado sobre qué interés podía tener el régimen de los comunistas isleños en las memorias de Vargas Vila, un trasnochado nihilista nietzscheano, hasta que el hombre se percató que él mismo se había puesto la soga al cuello cuando, después de recibir por parte de los herederos de Vargas Vila la cesión legal del Diario, en 1965, contactó al periodista Hernando Guerrero, amigo de Gabriel García Márquez.

Pensaba el ingenuo que la intermediación del gran novelista colombiano debía de ser útil para lograr una edición digna de las memorias de su ilustre predecesor en las letras colombianas. Guerrero fotografió los originales y la prensa colombiana anunció con entusiasmo: “García Márquez se ha comprometido a ejercer todas sus influencias ante el gobierno de Fidel Castro para rescatar el diario íntimo de Vargas Vila”.

Por cierto, el Nobel colombiano se comparó en 1968 con el autor de Ibis: “Yo soy el Vargas Vila de mi generación”. ¿Cómo? “Sí, porque fíjate, Vargas Vila fue el escritor que más libros vendió en su tiempo y además, vivió en Barcelona varios años”.
García Márquez no es de fiar

Pero lo que obtuvo el vecino de Guanabacoa fue que se le presentaran los muchachos de la policía política intentando comprarle el original y, al negarse, vinieron las amenazas, hasta que Salazar Pazos fue recluido, en 1983, en la Prisión del Combinado del Este de La Habana por negarse a entregar el diario que él mismo había copiado pacientemente durante años y salvaguardado en el extranjero.

En esas para nada halagüeñas circunstancias, Salazar Pazos decidió “donar” el documento original y recibió a cambio el tristemente célebre permiso para salir de Cuba en compañía de su madre. Entonces el director de la Fragua Martiana, Dr. Gonzalo Quesada Michelsen, anunció a bombo y platillo a Prensa Latina que Salazar Pazos y familia habían “donado” el Diario de Vargas Vila.

Y es que José María de la Concepción Apolinar Vargas Vila Bonilla, nacido en Bogotá, en una familia de ideas radicales, el 23 de julio de 1860, y muerto en Barcelona, el 23 de mayo de 1933, parece haber estado rodeado de polémica no sólo en la vida, sino en la muerte; más de setenta años después de su muerte.

Así, sus extravagancias decadentes contribuyeron a que, en París y en 1904, comenzara a crecer su gran leyenda negra, pero ello sucedía no sólo en París, sino en Bogotá, en Caracas y en Nueva York, al punto de decirse que el escritor era inmensamente rico, que vivía como un príncipe, que odiaba a las mujeres, a los curas y a las monjas; que su misantropía y su odio a la Iglesia nacían del hecho de ser hijo de un cura párroco y una monja depravada. Vargas Vila hermafrodita, sodomita, satánico, luciferino mendaz y enemigo de la paz.

Se decía además que Vargas Vila era anarquista y que apoyaba con su manantial de dinero a los seguidores de Malatesta, financiando asesinatos y bombazos contra duques y marqueses, que era homosexual, que presidía sesiones de satanismo con sus amigos y cómplices, que se dejaba sodomizar por un macho cabrío, que era impotente y que éste sería el motivo primordial de su odio visceral a todo lo viviente; que era hermafrodita.

De manera que políticos y periodistas, curas y empresarios, intelectuales y amables amas de casa hablaban sin parar del “expatriado”, el “satánico”, el “bastardo”, el “lenguaraz despreciable”, el “desnaturalizado”, “el blasfemo”, “el luciferino mendaz”, el “enemigo de la paz, el orden y la autoridad”, “el decadente pernicioso”, el “disolvente”, el “degenerado”; para referirse al escritor colombiano.

A pesar su mala fama, o quizá por ella, Martí era amigo de Vargas Vila.
No obstante su mala fama, o quizá por ella, a Vargas Vila y a Martí los unió una cálida amistad, y participaron juntos en actos, reuniones literarias, foros y encuentros con trabajadores, políticos y poetas. En 1891 Vargas Vila viajó a Nueva York, y Martí, al recordar una reunión del colombiano con los obreros escribió: “El vehemente entusiasmo con que, sacados de sus asientos por ímpetu de amor, saludaron aquellos esclavos de América la peroración cadenciosa, inspirada, valentísima del colombiano José María Vargas Vila, que cuenta sus días ya gloriosos por las batallas afamadas de su palabra y de su pluma en pro de la libertad”.

Por otra parte, una carta de Martí, escrita a fines de 1894, muestra que Vargas Vila fue informado por el patriota cubano acerca de sus planes de desembarcar en Cuba para integrarse a la Guerra de Independencia.
En su Diario el colombiano, en noviembre de 1926, apuntó: “Escribir sobre José Martí en Cuba se ha hecho, no una profesión, sino un negocio, el más prolijo de todos los negocios; hay gentes que deben la fortuna a la osadía de haber enlodado con su prosa la sombra del Maestro. ¡Ese espectáculo es desolador!”.

Para agregar: “Yo vi aquella feria de la audiencia sin talento, profanar las cenizas del precursor (…) actuaron como vendedores de su gloria (…) Hace más de 30 años (1893) en mi revista Hispanoamérica de Nueva York, publiqué sobre José Martí, entonces vivo, un estudio que a muchos pareció definitorio, y que él mismo me agradeció con gran favor. Ello me exime de largos comentarios sobre la vida de ese Libertador, el cual solo en su calidad de tribuno evoco aquí”.
Ibis, misoginia, navaja y mujeres muertas

En el siguiente fragmento de su Diario fustiga por igual a féminas y diletantes: “Las mujeres que fatigaron mi sexo, no entraron jamás en mi corazón. Cuando entré en la soledad, no tuve que expulsarlas de ella. Fui solo por todas partes (…) Ser artificial es todo lo contrario de ser artístico. Y los aspirantes al bohemismo intelectual creen que con llevar una vida artificial llevan una vida artística”.

En su novela Ibis, 1900, se lee:
Edición barcelonesa de Ibis, 1900.
Yo no puedo ser traicionado, porque no me entrego. No puedo ser negado. Soy la negación. No puedo ser herido. Soy la indiferencia. La indiferencia es la invulnerabilidad del Orgullo. La médula de la indiferencia es el desdén. El desdén no perdona, porque no siente. Te han vendido, porque has creído. El fondo del ser humano es la perfidia. El hombre es un animal rebelde al bien.

Amar a una mujer es amar el sueño que el corazón se ha hecho de ella. Y tu sueño se ha desvanecido. El áspid dormía bajo el encanto y mordido fuiste. No sanarás. Solo la sangre de la víbora cura la herida mortal. Quien dice mujer, dice ingratitud.
La mujer es el niño doce veces impuro de que habla el Poeta. Ser ondeante, móvil, inasible, el olvido está en su temperamento, como la flexibilidad en el cuerpo de la víbora. Y hace el mal con la inocencia en los ojos y la paz en el corazón. El mal está en su naturaleza, como el veneno en el jugo de ciertas plantas. Ella lo ignora. Esparce el mal como la planta exhala su perfume. Es Inconscientemente trágica. No la culpemos. Es su destino. ¿Sabe el veneno por qué mata, el huracán por qué destruye, el fuego por qué consume? (…)

Es la fagedenia de tu nombre y de tu vida: extírpala. Puesto que te mata: mátala”. ¡Vaya perla de misoginia y matonismo, de melodrama y lugar común! Algo así como una suerte de corrido mexicano novelado, de bolero de bar.
Fragmento que, por sí solo, vendría a explicar muchos de los problemas de subdesarrollo no ya económico, sino cultural y político, padecidos por los pueblos al sur del Río Bravo. Explicaría también el por qué Vargas Vila es una suerte de clásico en las prisiones y en los expandidos predios marginales de Cuba. Explicaría también el por qué los adolescentes barriobajeros de Cienfuegos o La Habana recitan de carretilla, pero con entonación trágica, de guaguancó mezclado con rap, parrafadas enteras del enteco escribidor colombiano.

Explicaría también tanta mujer muerta a mano de sus maridos en el triángulo Miami, Madrid, La Habana o, digamos, en el triángulo Bogotá, Buenos Aires, Brasilia. ¿Cuánta yugular de mujer trucidada por la navaja vargasviliana? Pero, ¡hombre!, no culpemos al peripatético panfletario de tanta muerte insulsa a mano de energúmenos intelectualizados pues, más bien, el peripatético panfletario existe, escribió su obra, como expresión última de la previa existencia de tanta muerte insulsa a mano de energúmenos intelectualizados. Esto último vendría a explicar además el inusitado éxito de aquel lenguaraz despreciable, de manera que se convirtiera, ¡ay qué envidia!, nada menos que en el primer bestseller latinoamericano.

Para lo que ha quedado Vargas Vila
Si acaso usted, buscando allí su fosa,
dice de Vargas Vila cualquier cosa…
(¡Para lo que ha quedado Vargas Vila!).
Luis Carlos López
(“Frente a mi casa)

 

 

 

Fuentes
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