Una cara ascética, una figura flaca y el mismo traje de luces.

Carlos Bueno

7 junio, 2021

Manolete en La Macarena

A Penélope Cruz

El 21 de abril de 1946 los aficionados taurinos de Medellín pagaron las entradas más costosas cobradas hasta esa fecha para cualquier espectáculo público de la ciudad: cuarenta pesos para la fila A de la barrera de sombra de la plaza de toros de La Macarena. A las 3:30 de esa tarde haría el paseíllo por primera vez en la localidad el Califa de Córdoba contemporáneo, Manuel Rodríguez, Manolete.
Única y extraordinaria gran corrida de 6 toros de pura casta: Tres de la ganadería de Mondoñedo de José Sanz de Santamaría y tres de la ganadería de Venecia. Alternaban ese día, Rafael Vega de los Reyes, conocido como Gitanillo de Triana y el ciclón mejicano, Carlos Arruza.

Manolete, Gitanillo de Triana, Carlos Arruza.

Desde 1939, año de su alternativa, la afición taurina del mundo se había manoletizado. Su muerte en Linares el 29 de agosto de 1947 lo convertiría en un mito, en un inmortal del imaginario taurino. Desde ese día se convirtió en una figura legendaria que trasciende los ámbitos de la fiesta brava y es una leyenda universal, al que contribuyeron en distinta manera su muerte en el ruedo, su espigada figura, el ritmo que imprimía a los movimientos y su estilo de gran solemnidad.
El traje de luces, grana y oro, que rompió el toro miura esa tarde de Linares, era el mismo con el que actuó el tercer domingo de abril de 1946 en la capital antioqueña. Alternaba, curiosamente en Linares, con el mismo Gitanillo de Triana y con otra superstición del toreo, igualmente ligada desde siempre a Medellín, Luis Miguel Dominguín.
Las colas en los alrededores de la plaza de toros eran impresionantes. Las aglomeraciones y forcejeos hicieron ceder las cerraduras de una de las puertas del tendido sol por la cual ingresaron en tropel y sin control, cientos de aficionados. Hubo sobrecupo y más de doce mil parroquianos asistieron al espectáculo. A pesar de las expectativas y los ánimos, el triunfador de esa tarde sería Carlos Arruza. Saldría a hombros de la plaza tras cortar orejas y rabo. Nuestro ídolo, Manolete, sólo cortaría esa tarde una oreja.

Manolete en el callejón de La Macarena.

Cuarenta pesos valió esa boleta de seda para la barrera de sombra. Para los palcos fue de 30 pesos y de 20 para sombra general. Ocho pesos para sol general. Los picadores fueron Francisco Chávez, Chavito; Manuel Barajas, Pipi; Emigdio León, Otoniel Rodríguez y los banderilleros Alfredo David, Gabriel Cerillo, Fernando Gago, Manuel Gómez, Sevillanito; Arturo Burgos, Magritas; y Alfredo Uribe, Antioqueñito. La asesoría presidencial estuvo a cargo de Rufino San Vicente, Chiquito de Begoña.
Manolete: estampa de matador hierático, cara ascética con una cicatriz, figura flaca moviéndose en la arena con la fría gravedad que deben tener en la imaginación de nosotros los aficionados, los grandes toreros. Manolete: encarnando siempre la imagen perfecta y trágica de toda su trayectoria, de lo suyo. Cuajada en un mito que alentaban tantas cosas, tantos detalles gloriosos: la madre doña Angustias; la amante, Lupe Sino; la muerte esa tarde de Linares, y el nombre del animal que lo mató, primer nombre de un toro que sabemos de memoria: Islero.

CULTURA
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