Un desasosiego sin fin.

Carlos Bueno

25 septiembre, 2021

 

El futbol, una pasión infantil

que dura toda la vida

 

 Cómo vas a saber lo que es el amor, si nunca te hiciste hincha de un club  

 

 

En las primeras fotos de mi niñez aparezco con un balón. Esta daguerrotipia prueba fehacientemente que el fútbol es una pasión infantil que dura toda la vida. Luego, ya lo sabemos, lo abandonan a uno en la escuela, con una pelota y un montón de cuadernos. Así, con el balón de fútbol y los libros nos echan a deambular en el mundo para dominarlos a ambos. Se supone, no?. Pobre y socorrida educación sentimental que para mi caso fue imbuida en las mangas y calles del barrio La Floresta de Medellín.  A mí el fútbol me salvó de una catástrofe precoz.

 

Cómo vas a saber lo que es el dolor, si jamás un zaguero te azotó la tibia y el peroné.

 

A poco más recorriendo otros ámbitos urbanos – hasta estudiantiles y gremiales- comprobé que en nuestras barriadas, el fútbol es un instrumento de integración y de coexistencia social, uno de los pocos dominios de la experiencia humana en el que los habitantes realmente se encuentran, se extienden y se sienten partes de una totalidad. El fútbol cuaja las nociones de patria, sociedad, destino que de otro modo resultaría para la mayoría de la gente meditaciones más bien recónditas. Sin olvidar aquello sobre lo que nos previene Mario Vargas Llosa esos domingos en la tarde, en las tribunas del estadio, o con más modestia, ante las pantallas de televisión, nos permiten sacar al aire libre, por un rato, al antropoide en taparrabos, ávido de placer y cataclismo que, pese a tantos miles de años de esfuerzos por aniquilar, sigue habitándonos. Quizás por eso mismo.

 

  Cómo vas a saber lo que es el placer, si nunca ganaste un clásico barrio contra barrio.

 

En vez del olor de la hierba, de los establos, de las vacas, del humo de los fogones de leña, crecí con el olor a gasolina, a asfalto mojado, con el humo de las fábricas y el olor de la marihuana y mangas para jugar fútbol. Mi memoria inmediata es la ciudad. Soy hijo del barrio, de sus esquinas. Crecí viendo crecer los edificios de la ciudad y las marañas de luces y tejados subiendo las montañas.  De novio nuevo sabía de memoria y a la distancia los cambios de luces del letrero de la empresa Coltejer, en los cerros orientales.

 

      Cómo vas a saber lo que es llorar, si jamás perdiste un partido sobre la hora.                                                                                                        

 

Allí, también, tuve mi larga espera. Días interminables. Desde diciembre de 1966 hasta el domingo 26 de marzo del 67. Era el debut del DIM en la Copa Libertadores. Boletas de la tribuna lateral, adquiridas en el Pasaje Nutibara. Eran los tiempos de los Arriola del Valle. Dos niños con una boleta. Mi hermano Álvaro y yo, no dormíamos. El tiempo no pasaba. Boletas escondidas como tesoro debajo el colchón desde ese diciembre. ¡Y qué madrugón ese 26 de marzo. Y, como decía de las corridas de toros, Ramón Ospina Marulanda: Partido de expectación. Partido de decepción. 

  

Cómo vas a saber lo que es la solidaridad, si nunca saliste a dar la cara por un compañero golpeado de atrás.

 

Aún hoy – si hoy- repito de memoria la nómina del profesor Pancho Hormazábal: Florial Rodríguez, Oscar Pacho García, Delán Galeano, Rodolfo Ávila y Héctor Canocho Echeverri; Orestes Omar Corbatta y Mario Agudelo; Perfecto Rodríguez, Omar Lorenzo Devanni, Héctor vas a saber lo que es la poesía si jamás tiraste una gambeta. Molina y Uriel Cadavid.

 

Còmo vas a saber lo que es la poesía si jamás tiraste una gambeta.

 

¡Para golear a cualquiera! Pero, con el DIM sólo hay peros: tribunas semivacías, los especuladores se quedaron con las entradas en sus garras. Dos contragolpes perdidos de Racing de Avellaneda y ya. Roberto Perfumo reventando balones a la tribuna. ! Qué pena ese equipo de José ! Años después también diríamos lo mismo, pero… del DIM del mismo director técnico, Juan José Pizzuti. Y para aniquilar toda ilusión, toda esperanza y acabar con la larga espera, Agustín Mario Cejas atajando un cobro de penalti del hombre que no fallaba, de Omar Orestes. De niño iba a los entrenamientos de Racing Club a ver patear a Corbatta. Era mi ídolo, explicó Cejas. Así, crecimos, nos formaron y nos dejaron moldeados a los hinchas del DIM: de derrota en derrota…como en el verdadero amor, anclados en la larga espera.

 

  Cómo vas a saber lo que es la humillación, si nunca te hicieron un caño.

 

Es muy claro. Mi educación sentimental está atada sin remedio e irremisiblemente a las graderías de la antigua lateral norte del estadio Atanasio Girardot de Medellín. Allí, también con mi hermano Álvaro,  chupamos intemperie entre malevos que fumaban baretos gruesos como tabacos, tan letales como penaltis. Vimos peleas a puñaleta y cuchillos de todos los tamaños. Sentimos el miedo y el goce receloso de los goles y el agobio de la derrota. Y nos volvimos hinchas de una inquietud sin fin: el Deportivo Independiente Medellín.

 

 Cómo vas a saber lo que es la amistad, si jamás devolviste una pared. 

 

Esas fueron mis consignas infantiles, de aquellos que tenemos la derrota como norte, de los que somos hinchas de El Poderoso, ¡Pierda o empate! ¿Cómo no ser hincha de un equipo cuya camiseta tiene el color de la sangre que hervía por todo el cuerpo cada vez que Omar Orestes Corbatta metía un gol? O Ricardo José María Ramaciotti… Perfecto Rodríguez… Eladio Vásquez, Carlos Castro, Ponciano Castro, Juan Carlos Lallana, Víctor Ephanor, Giovanni Hernández, Oscar Pareja, Mauricio Molina, Álvaro Escobar… Era mío, es mío el alarido de El MalevoJosé Yepes Lema: ¡Oh Poderoso DIM, nos vas a homicidar!  

 

  Cómo vas a saber lo que es el orgasmo, si nunca diste una vuelta olímpica de visitante.

 

Cómo olvidar que El Malevo escribía su Rincón de Casandra en el diario El Correo El Espectador desde su tribuna de Corea Oriental, la más bulliciosa, infestada por el malevaje, esa gente de la peor avería: hombres inquietos, hombres vagabundos, borrachos, campesinos alegres de vivir en la ciudad, pesqueros, redobloneros, rateros, damiselas de burdel y otros bribones por el estilo, que gritaban, entre muchachos, lustrabotas, burreros, que descansaban del quehacer cotidiano de arrear los caballos con coche en la Plaza de Mercado de Guayaquil o en el Pasaje Sucre, revueltos con mujeres de pasión adúltera y de vida undívaga. Todos  hermanados, con esas féminas de aspecto afrodisíaco de los prostíbulos del barrio Guayaquil, de Aranjuez, o de Lovaina. Todos, al unísono, gritando palabras sucias, al producirse un gol  o ante las injusticias de los árbitros o de los jugadores de otros equipos en la cancha. Allí donde también se situaban los locos más inquietos, como los de las barras La Danza del Sol, Los poderosos del DIMLa putería rojaLa llave Roja…esa plebe… los borrachos peleadores de los cafetines de Guayaquil, de La Toma, de Gerona, de Campo Valdés, de Manrique Oriental y de Manrique Central, los de la famosa Calle 45, de La FlorestaLa AméricaBelén… Y los bares, ¡oh los bares!, olvidado Kid Chance, cómo es de bueno decir Oh, decía el poeta X-504-. Desde esas graderías reas no extrañábamos nada: ni putas, ni cuchilleros, ni marihuaneros, ni malevos, ni músicos, ni pintores, ni poetas…

 

  Cómo vas a saber lo que es la izquierda, si jamás jugaste en equipo.

 

Soy, pues, de las mangas del barrio La Floresta, ese barrio de camajanes y gente bullanguera. Esas esquinas de barrios y esas canchas que ya hoy solo tienen adustos cronistas; memoriosos incansables que rumiamos sobre los viejos detalles; que descubrimos otras versiones y armamos otras historias. Brevemente, somos profesionales de lo agotado. Nací pues, en una barriada que transitaba del mundo rural al dinámico, resquebrajado y desconocido mundo urbano. En los años cincuenta del siglo XX, en los costados de La Floresta existían mangas donde se improvisaban los partidos de fútbol, quintaesencia de la zona, que siempre eran alternados y alterados con bárbaros encuentros a piedra y a veces cuerpo a cuerpo, a cuchillo, por la más pequeña discusión, casi por el solo encuentro casual en el mismo sitio, entre las barras que allí confluían.

 

  Cómo vas a saber lo que es la xenofobia, si en ninguna cancha te gritaron: ¡¡negro de mierda!!

 

Pero no puedo menos que evocar que también nuestro aprendizaje sensitivo estuvo relacionado con la cultura callejera y popular de Medellín, con la carrera Junín, el salón Versalles, el Astor, los fotógrafos callejeros en las afueras del Club Unión y, claro, con los jugadores argentinos y otros extranjeros que llegaban al salón Versalles, al Hotel Europa Normandie o al Hotel Bristol. O que habitaban por el barrio Calasanz o el Estadio.

 

  Cómo vas a saber lo que es el egoísmo si jamás hiciste una de más. […]

 

Para nosotros, entonces, la calle Colombia poco significaba. Pero, las quebradas La Hueso y La Pelahuesos que linderan el barrio y llegan al río Medellín, sí eran nuestras en todos los sentidos. Comimos de sus lulos, sus mortiños, pescamos, nos bañamos en  esas aguas. Hoy turbias y malolientes. Y tuvieron para mi otro mérito: siguiendo su recorrido conocí mis primeros hogares alternativos: el estadio Atanasio Girardot, las canchas llamadas Marte, donde entrenaba el DIM y el Liceo Nacional Marco Fidel Suarez. Para esos dos escenarios me trasladé a vivir. ¡De milagro terminé el bachillerato! La otra vida la pasé en las canchas de fútbol de la zona. Al frente de nosotros y coronada por el morro Merchas. Una primera manga. Luego una más adecuada por la comunidad que durante años fue el escenario para que los jugadores  profesionales, especialmente del DIM de las vecindades, jugaran los torneos vacacionales más famosos de Medellín. Recuerdo a Mario Agudelo, Oscar López, Francisco Maturana, Javier Álvarez, Alexis García, Alfonso Jaramillo, Ramiro, Carlos y Osvaldo Monsalve, Uriel Cadavid, Carlos Campillo, Iván Bueno, Hugo Gallego, Memo Vásquez, Orlando Mesa, los Mayas, Chonto Gaviria, y Turrón Álvarez, Jorge Peláez, Luis Alfonso Fajardo, José Chepe Castañeda, Alexis García, Andrés Escobar, Santiago Escobar Saldarriaga, Javier Álvarez.  Desde el morro Merchas nos miraba el profesor Juan José Peláez. Tanta historia y jugando en la cancha amarilla de la barriada.

 

Cómo vas a saber lo que es el odio, si jamás te hiciste un gol en contra. 

  

 

Esa cancha, ya lo sabemos, se la llevó también el ensanche: por ahí pasa ahora el metro camino a la estación San Javier. Todas las dificultades financieras de otrora ETMVA, acabaron durante años con el mayor atractivo de la barriada. La cancha que luego construyó la empresa del Metro no tiene ni las dimensiones y la belleza y atracción que ejercía aquella. No exagero. Y la manga de La Hueso y el morro Merchas, quedaron como testigos silentes de nuestro fútbol, pescas, amores y el primer acercamiento cannábigo de una generación…y el nunca clausurado amor al DIM.

 

   Cómo vas a saber lo que es la injusticia si jamás te sacó tarjeta roja un referí localista.

 

Sí. Los mejores jugadores me tocaron a mí en suerte. Pero, es cierto, también fueron diezmados por la miseria, por la muerte, por la vida. El gran Cholo Sotil, con todo su Perú que nos derrotó en Caracas en la Copa América de 1975, su Barcelona F.C, mi DIM, terminó encerrado en mi barrio Santa Lucia con el exseleccionado nacional, Mauricio Salazar, y  mi hermano Iván, tirando perico pero legítimo peruano que le traían expresamente al Cholo, porque el de aquí le hacía daño . Y era allí no más, al frente de la cancha amarilla que acá evocamos.  Y mi ídolo, Luis Alfonso Jaramillo, la envidia del suburbio por su pinta, sus goles, su gran estilo para jugar, su gambeta, su novia Amanda…rebuscando la vida en Venezuela y luego –ahora- en su vieja casa de siempre en Santa Lucia y sin jubilación, rumiando recuerdos de los juegos Olímpicos de México de 1968, de su técnico enemigo Edgar Barona que lo puso en la banca, de la que salía para meter los goles que sus jugadores preferidos no hacían. Hoy allí mismo, recordando sus épocas de Guarinaqui y del DIM de Delán Galeano, Ávila, Casalli, Canocho, Floreal, Fontán, Molina, Perfecto, Cuca Aceros, Omar Orestes Corbatta…Esas bellas fotos de su habitación. Nostálgicas, de tribunas llenas o de los torneos vacacionales del barrio. Sin poder mentir, porque todos lo saben todo del fútbol. Sin miedo, igual. Si es medio estúpido, también. Es un axioma: en el futbol no hay verdad alguna. Siempre hay que contar con el error y también con el absurdo. Todo es bastante simple: un tipo avanza en cierta dirección cuando debía  hacer lo contrario y no puede explicar por qué lo hizo. Es un juego que carece de la verdad, que carece de ley, que no tiene nada. Y nadie consigue explicarlo. Por eso siempre se puede opinar. Por eso, si nadie cometiera errores siempre habría un cero a cero. Todos hablan de fútbol  pero nadie lo entiende en forma concreta. Entonces hace de un triunfo o de una derrota una cosa de vida o muerte. Y sin embargo, uno amarra el fútbol al campo de las formas y del orgullo, el cual comienza en la calle y en el barrio mismo.

 

  Cómo vas a saber lo que es el insomnio, si nunca te fuiste al descenso.

 

Hombre, Luis Alfonso: cada día en cualquier rincón del planeta, en los grandes estadios, en los humildes campos abiertos de las poblados, en las lustrosas canchas de pastos relucientes o en los pelados potreros de las barriadas, multitudes incontables y a veces incontrolables, se arremolinan en torno a esa ceremonia ritual y explosiva que es el fútbol. La pelota nunca viene por donde espera que venga, como en la vida, la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha. La existencia tampoco lo es. Es el fútbol de barriada. El juego de los muchachos que dicen nosotros jugamos por divertirnos. Nunca vamos a jugar por plata. Cuando entra la plata, todos se matan por ser estrellas, y entonces vienen la envidia y el egoísmo. El que clasifica en la solución que propuso Jorge Valdano cuando una portería del estadio Santiago Bernabéu se vino abajo y no había otra de repuesto: Hay que poner dos suéteres en vez de portería, porque, sigue Juan Villoro, “ahí se recupera la fascinación elemental de disparar al arco del principio, la portería marcada con piedras, mochilas, trapos, con cualesquiera cosa”. Sin embargo, no olvidemos que también el mejicano  dijo: “Cuando los héroes numerados saltan a la cancha, lo que está en juego ya no es un deporte. Alineados en el círculo central, los elegidos saludan a su gente. Sólo entonces se comprende la fascinación atávica del fútbol. Son los nuestros”.

 

Cómo vas a saber lo que es la vida, hijo mío, si nunca, jamás, jugaste al balón. 

Walter Saavedra. “Nunca jamás”.