Mi amplio gesto sonoro de panfletario en cólera.

Carlos Bueno

23 junio, 2021

 

El Indio Uribe

 

Juan de Dios El indio Uribe

 

“Dios sabe lo que puede un adjetivo,
sobre todo en países jóvenes y cálidos“

 

-La plaza pública, el periodismo y el destierro
· El genio literario de la invectiva política: la frase más natural, pura y graciosa entre los escritores de su tiempo.
· “Mi pluma lo mató”, su consigna de panfletista.
· El Indio, Ñito Restrepo, y Vargas Vila: el forcejeo póstumo del radicalismo
· El sarcasmo en estado de bala de cañón” es el arma de la oposición en Colombia.
· Mi grito resonante de periodista en guerra y mi amplio gesto sonoro de panfletario en cólera.
-Perro come perro: El nadaísmo contra El Indio Uribe.

 

 

 

En el antiguo cementerio laico de Medellín, a mano izquierda del actual de San Pedro, fueron sepultados durante décadas los suicidas, los ateos, o cualquier discriminado en la muerte por nuestro hirsuto catolicismo. Allí en el piso, había sido sepultado hacia 1910, Juan de Dios El Indio Uribe (San Juan de Andes, 1859- Quito, 1900), última fortaleza intelectual del radicalismo, nuestro mayor panfletario. Aún no logro explicarme por qué, sus restos repatriados estuvieron al frente de la tumba temporal de Gardel, sus guitarristas y el piloto Samper. Por El Indio lo entiendo; por estos, no.

Tomás Carrasquilla consideraba a Uribe Restrepo como un estilista incomparable entre los de su tiempo y, dueño de una prosa única y soberana en los dominios de la lengua hispánica. Cuando Baldomero Sanín Cano hacía una exégesis de su antiguo amigo, lo llamaba el genio literario de la invectiva política; y añadía que la notoriedad tristemente conmovedora de las administraciones colombianas de la época y algunas de sus pobres celebridades momentáneas yacerían hoy en el olvido de no haber recibido los merecidos azotes de ese vengador de la patria. Las inmortalizó en su daño.

Vargas Vila precisaba que la vida de Juan de Dios Uribe puede encerrarse en una palabra: combate. Su historia se corrió en los claustros del colegio, la plaza pública, el periodismo y el destierro. Los años de su vida pública fueron para el ardiente polemista de recia batalla. En guerra ardiente con el fanatismo y las preocupaciones, no dio tregua a la lidia. Ya acosado por sus contrarios, ya acosándolos hasta en sus últimas guaridas, pero siempre incansable. Fue desterrado de Colombia a los 29 años por anarquista.

UNA HOJA POLÍTICA

Formaba parte del fondo cultural de su época el surgimiento efímero de revistas, periódicos y folletos, impulsados más por el entusiasmo de sus redactores y colaboradores que por su base económica, a los que nunca faltaron la exaltación y la inspiración. Publicaciones como La batalla, La actualidad, La Balanza con Camilo Antonio Echeverri, La Siesta, fundado con el objeto de hacer, socapa de un periódico literario, una hoja política, El Correo liberal.

Esta fue su última publicación. Lo fundó en enero de 1888, editó 8 números, y fue cerrado por Rafael Núñez en marzo del mismo año. Por este periódico es condenado al exilio. Trece años duró ese exilio, con una fugaz entrada a Medellín en 1892, a dar un abrazo a su madre. Habló allí, en el discurso homenaje al poeta Epifanio Mejia, de los financistas que soplaban sobre los billetes del Banco y fraudulentamente los multiplicaban; habló, decía Ñito Restrepo, con voz profética de vate de aquellas emisiones clandestinas del Banco Nacional, que nadie presumía entonces, pero que el orador supo presentir y denunciar, y al punto los conservadores de Antioquia, meros honrados leones de los hábiles traficantes de la Altiplanicie, se los denunciaron al Gobierno suspicaz del Sr. Caro, y fue preso allá en Medellín, en un cuartel, incomunicado de los suyos y sacado entre veinticinco soldados hasta ponerlo, fuera de hierros, entre las rocas golpeadas por las olas del archipiélago pútrido de San Andrés y San Luis de Providencia. Aquí llegué vivo, nos escribía, aquí llegué a este viejo refugio y madriguera del pirata Morgan, donde he debido encontrar, precediéndome al pirata Núñez.

EL PRIMER PANFLETARIO

Radical y romántico. Radicalismo que se resume, en frases del historiador Jaime Jaramillo Uribe, en una política general que lleva el sello del liberalismo clásico del siglo XIX: gobierno republicano con poderes ejecutivo, legislativo y judicial separados y autónomos; elección de autoridades por medio del voto de los ciudadanos; derechos individuales y garantías sociales tales como libertad de prensa y opinión, libertad económica, derecho de propiedad, protección frente a posibles abusos de las autoridades, en fin, libertad de cultos religiosos. Liberar las potencialidades del hombre era la consigna. Los pensadores liberales estaban convencidos de que los instrumentos del progreso en todos los sentidos eran la libertad de pensamiento, de competencia y de crítica.
En el centenario de su nacimiento Luis López de Mesa señalaba de que aparte de que el periodismo del siglo XIX era mitad ensayo o discurso, mitad encomio o diatriba, quedó muy lejos de lo que ahora se entiende por tal, técnicamente estructurado con noticias, ora de ideas, ora de acaecimientos, ora de intenciones… de propaganda, en fin, de toda índole: venal, como avisos; ideal, como editoriales; magistral, como estudios… informativo y recreativo siempre. A esta faena se dedica El Indio desde los veintiún años, y en ella murió tras muchos padecimientos y un dilatado renombre. Su actuación fue de pugna política hasta el victorioso límite de ser llamado el primer “panfletario” del país y su arquero de flechas más precisas, seguramente temibles, pero nunca, como algunos mediocres que quisieron imitarlo luego, con mordeduras de ofidio, sino enhiesto, responsable y señor, no obstante que tales veces hubo que exageró injustificadamente. Ello ¿mas cómo recriminarle a locas si sus adversarios fueron torpes y hasta botos de inteligencia en su represalia imprudente?

UNA PLUMA SOBERBIA

Año de 1876: momento de la historia nacional especialmente digno de atención y de memoria por haberse señalado con el choque violento de las creencias, exacerbadas por el clero, contra las opiniones de los hombres imbuidos en la necesidad de analizarlo todo, que mostraban en la otra banda, derroteros a las inteligencias capaces de entenderlos. Carrasquilla captaría magistralmente este ambiente de fanatismo y de farsa en El Padre Casafús y en el final de Hace Tiempos.
También El Indio recogería esos instantes en una soberbia pieza literaria: Al otro día de la batalla de Los Chancos, en un sitio entre Tuluá y Buga, el 31 de agosto de 1876, vi a Jorge Isaacs, de pie, a la entrada de una barraca de campaña. Pasaban las camillas de los heridos, las barbacoas de guadua con los muertos, grupos de mujeres en busca de sus deudos, jinetes a escape, compañías de batallón a los relevos, un ayudante, un general, los médicos con el cuchillo en las manos y los practicantes con la jofaina y las vendas. Trujillo que marcha al sur. Conto que regresa a Buga. David Peña a caballo con su blusa colorada, como un jeque árabe que ha perdido el jaique y el turbante… el mundo de gente ansiosa, fatigada y febril, que se agolpa, se baraja, y se confunde después de un triunfo. El sol hacía tremer las colinas, la hierba estaba arada por el rayo, el cielo incendiado por ese mediodía de septiembre y por sobre el olor de la pólvora y los cartuchos quemados, llegaba un gran sollozo, una larga queja de los mil heridos que se desangraban en aquella zona abrasada, bajo aquel sol que resollaba la tierra. Isaacs reemplazó el día antes a Vinagre Neira a la cabeza del batallón Zapadores, y como su primo hermano César Conto, estuvo donde la muerte daba sus mejores golpes. Yo lo vi al otro día en la puerta de la barraca, silencioso entre el ruido de la guerra, los labios apretados, el bigote espeso, la frente alta, la melena entrecana, como el rescoldo de la hoguera y con un rostro bronceado por el sol de agosto y por la refriega me parecieron sus ojos negros y chispeantes como las bocas de dos fusiles.

Baldomero Sanín Cano comparaba esta narración con las impresiones de Stendhal y de Tolstoi de las batallas de Waterloo y Borodino en La Cartuja de Parma y en Guerra y Paz, porque tenían la originalidad de sugerir, en un panorama de alegría y felicitaciones, el ambiente caldeado de la batalla ocurrida el día anterior y la magnitud de las ideas que allí se vieron a sometidas a tremenda prueba.

EL PANFLETO COMO ANACRONISMO

Un panfletario. El término cayó en desuso. Su existencia cabe dentro de los límites cronológicos de Uribe y de Vargas Vila. En 1930, a la muerte de este último, era actitud caduca; el panfleto y el panfletario eran anacronismos; más frecuentemente eran mirados con irritación y con enfado y cualquier contenido político que hubieran podido tener estaba ahogado por el formalismo de una prosa histérica y repelente. El fenómeno tuvo aquí sus peculiaridades; fue, en sus orígenes, una diatriba contra la Regeneración; Núñez y Caro fueron sus bestias negras. Libraron escaramuzas incesantes contra un enemigo al que intuían pero al que jamás entendieron; todas las diatribas contra el sátiro del Cabrero se refieren a la periferia, a los aspectos secundarios del autoritarismo nuevo que Núñez iba, en efecto, a instaurar.
Con la libertad de prensa el panfleto o el libelo son intolerables, puesto que representan un abuso desde el punto de vista oficial. Desde el punto de vista del escritor, lo que es abusivo es la restricción; ésta a su vez, justifica todas las exacerbaciones contra regímenes que, al implantar cortapisas, cancelan la libertad de prensa y se erigen, por consiguiente, en tiranías. Y como todo recurso es bueno contra la tiranía y los tiranos… así se cierra el círculo. Se supone que contra adversarios iguales deben observarse ciertos escrúpulos, ciertas decencias, las cuales quedan abolidas contra el dictador. En espera de la apoteosis; o sea, de su eliminación física, hay que contentarse con el asesinato simbólico; la diatriba, la injuria, la procacidad.

No contar con una opinión es decir, con un público urbano, alfabeto deformó las pretensiones de una literatura panfletaria en nuestro siglo XIX. Algunos critican a nuestros panfletistas por hiperbólicos. Emplazaban los vicios y las faltas siempre en escala sobrehumana; la conjunción en un sujeto de todos los defectos y de todos los vicios. . La enumeración como sustituto de la cohesión; el catálogo sustituyendo al razonamiento, intentando trasmitir sentimientos y prejuicios. El ataque personal no puede distraerse ni con precisiones documentales –dañarían, dice Vargas Vila, la elegancia del edificio- ni con reflexiones teóricas. La monotonía, que en este caso socava el posible éxito literario. El panfleto se convierte en fórmula retórica, cuya vacuidad consiste en que resulta intercambiable. Sus enemigos sostienen que la impresión que producen es la de que no buscaran con tanta insistencia la contravención de sus enemigos como el adjetivo para calificarla. Su concepción extravagante del lenguaje y de la escritura hace que sus palabras dejen un sabor de impostura o, en el mejor de los casos, de inanidad.

 

LA PLENITUD VERBAL

Sin embargo, en otra banda de la crítica, Jorge Alberto Naranjo nos recuerda que Tomás Carrasquilla, por ejemplo, admiraba, el corte, la estructura, la limpidez, el casticismo, el matiz, la variedad en la unidad de esas prosas magníficas. Supo resaltar por sobre ello la unidad estrecha de la idea con la forma, del sentir con la expresión, que se constataban, con asombro y delicia, en cada frase y cada párrafo. . Así nada más fuese por la lección de estilo que imparten, habría que leer y releer las prosas de El Indio Uribe. Nadie como él supo vaciarse de manera tan auténtica y acabada a través de sus escritos, nadie supo mostrarse tan íntegro en su pura ingenuidad, en sus ternuras y sus odios, como El Indio a través de esos raudales de palabras Era la plenitud verbal, la elocuencia hecha texto. Sin duda, en la historia de la literatura Colombiana El Indio Uribe debería ocupar un lugar eminente, un capítulo aparte.
Hagiógrafo supremo del Radicalismo, crítico feroz de la Regeneración, para cada amigo tuvo palabras de aliento y solidaridad, para cada enemigo su diatriba y su vindicta. Ya que su liberalismo era insobornable, se hizo imperioso silenciarlo porque nadie y menos que nadie cualquiera de los presidentes gramáticos podía igualarlo en artes polémicos.

Obras completas de Juan de Dios Uribe. Parte I | Juan de Dios Uribe - LibreriadelaU

CULPABLE: NUESTRA PATRIA CRUEL

Ahora bien, sostiene históricamente Naranjo, que semejante frase límpida y plena de sentido; que semejante elocuencia y poder persuasivo, y tal ensamble de la forma con la idea y la pasión; que tales artes prosódicas, y tales cortes y ritmos y cadencias y matices; que tal variedad en la unidad argumental; que, en fin, semejantes músicas escriturales debieran malgastarse en servir cada vez más como medio de expresión de pasiones tristes, de rencores y amarguras minuciosamente verbalizados, ¡ay! de ello también habrá de responder un día nuestra patria cruel. Porque uno puede imaginarse ese espíritu libre de la desolación que le sobrevino, libre de tener que luchar tan denodadamente contra la estulticia y el despotismo, contra las desigualdades e injusticias sociales, ocupado en cambio en construir una crítica rigurosa y enriquecedora, en fomentar una literatura atenta a los sufrimientos y preocupaciones nacionales, en incitarnos a ser menos bárbaros, a estilizar nuestras existencias. Lo perdieron la incomprensión y el sectarismo; los suyos, sí, pero sobre todo los de los regeneradores. Su acritud, su paulatino ensombrecimiento, no son causa sino efecto del proceso de persecuciones que se instauró en contra suya, última fortaleza intelectual de las ideas radicales, jamás desfalleció en su accionar político. La muerte misma lo sorprendió conspirando.
Baldomero Sanín Cano diría que todas las circunstancias favorables se unieron para hacer de Juan de Dios Uribe el primer escritor político de Colombia, un gran descriptor de la naturaleza y de las costumbres, un crítico de gusto refinado y el más alto representante de la invectiva justa y resonante. Sus predilecciones naturales movieron hacia la prensa sus actividades. Amó la lucha por temperamento. Eran igualmente vivaces, agudas y sinceras sus simpatías que la repugnancia de su temperamento y el medio en que hubo de desenvolverlas fue especialmente propicio a su desarrollo, porque, el origen de la transformación política que combatió durante su vida y de que fue víctima animosa, suscitó en el país desesperadas resistencias morales y de hecho..
Llevaba consigo mismo un eterno monólogo de la razón contra sus enemigos, a quienes apenas les concedía el derecho de contradecirle. Lanzaba sus ideas a la plaza pública con el fervor de la convicción y en arranque de entusiasmo, pero no tuvo la paciencia necesaria para escuchar a los disidentes ni la ingenuidad requerida para contradecirlos. Fue de una facilidad incomparable frente a las hojas de papel que reclamaban el talismán de su elocuencia.

Sus frases eran certeras, contundentes:

Los españoles legaron a la América independiente los vicios de su raza, fanática en religión, servil en política, sanguinaria en guerra, haragana en industrias, nula en ciencias, hueca en literatura, aventurera, sutil y teológica. La independencia barrió a los peninsulares, pero ellos dejaron la simiente en la religión, las leyes y las costumbres, y apenas terminada la guerra, los guerreros se abrogaron los derechos del Rey a título de libertadores y se continuó la explotación con el solo cambio de fórmulas, pues la violencia autorizada antes por el monarca, se hizo derivar ahora al pueblo; y sin parar en esto, algunos pensaron en importar un príncipe de sangre o en improvisar una dinastía criolla, por parecerles aventurada la República. Los más encumbrados por las armas, no se familiarizaron con la libertad, que tiene consecuencias; la contenían, la destruían. El catolicismo, que era la matriz de la tradición, estaba incólume. Los indios y los negros eran esclavos por distintos modos. La herencia española se recibió, pues, por inventario.

Otro ejemplo:
García Moreno es un ejemplar retrospectivo del hombre-fiera, trasladado de la caverna al liceo, que conserva el hacha de sílex en la mano, medio oculta bajo su ropaje moderno. Cuando asoma muy joven a la política ya está en el goce de sus malos instintos, y a poco trecho se abandona al delito sistemático que constituye su vida. Durante algunos años hace el mal por causarlo, sin matricular en ningún partido su bandera corsaria. Deja que el crimen escueto lo encumbre; se aconseja del mismo estupor que causa, y cuando las multitudes espantadas obedecen a su látigo, las encadena a su destino en nombre de la Iglesia Católica. Es el amo. No obedece a nadie, a excepción del Papa, pero en realidad Pío IX es un corchete de su política. Manda sobre el pueblo, sobre el ejército, sobre el clero; delibera, legisla, juzga, condena, ejecuta por su propia cuenta. Atropella y aplasta; echa por el balcón a los presidentes que hizo el día antes; arrastra las mismas espuelas en el templo y en las Cámaras. A su paso las prisiones se llenan de lamentos, las calles se inundan de sangre, el desierto se puebla de voces errantes.
¿Y de cuándo acá son sagrados los clérigos y los frailes, hasta el punto de que los escritores tengan que hacer silencio a las puertas de las iglesias y de los conventos? Son nuestros enemigos natos, orgullosos de odiarnos, deseosos de aniquilarnos, más enconados a medida que la revolución los desaloja de sus parapetos. Nada nos une a ellos: por sus juramentos se ligan a un poder extraño al de la República. Son fuertes: edificaron en la ignorancia que es prolífica, en el miedo que es contagioso, en la debilidad que es un baluarte. Son ricos, amados, servidos, poderosos; decretan la guerra, la atizan, derraman sangre; ¿qué se aduce, pues, para inhibirlos de la investigación y la crítica de los escritores? Ni guardan cautela, ni se están callados la boca para que no se repare en ellos; por el contrario, saltan a la palestra, embisten, excomulgan, abren las puertas del infierno, empujan los fieles al sacrificio, se endiosan en el triunfo y se yerguen amenazadores en la derrota. Los de hoy son los de ayer; iguales en torpeza, codicia, ira, venganza y lujuria.
Cuando Núñez se robó la esposa del Ministro Logan, su protector y amigo, es villano; cuando envenena a Ricardo Gaitán Obeso, prisionero y enfermo, cuando ultima a su mujer legítima en Chiriquí, para casarse con su barragana en Cartagena, es monstruoso; cuando vende la República y la entrega al furor de sus amigos, es parricida; pero es todo junto, es más que todo esto, cuando exorna con su pluma los delitos, como un asesino que lleva coronas a las sepulturas de sus víctimas.

Prosas del indio Uribe - Obras generales - Colecciones digitales - Biblioteca Virtual del Banco de la República
PROTESTA
Bogotá, marzo 19 de 1888.
Señor Redactor de La Palabra:
Permítame usted que en las columnas de su periódico proteste contra la Dictadura que ha suprimido el mío, ha confinado mi Editor y me envía al destierro; permítame que diga que en Colombia reina un despotismo sombrío, nunca superado desde la fundación de la República, y que denuncie al país este nuevo escándalo, este nuevo ultraje al derecho. Luz mortecina es la de estos tiempos en nuestra Patria, y no se ve el clarear de ninguna aurora, porque hay una declinación general del carácter, y el mal se abona, como los bosques, con lo mismo que bota, que se pudre y que fermenta.
Quiero decir adiós, además, por su conducto, a los lectores de El Correo Liberal y decirles que en cualquier parte del mundo a donde la ola me lleve, -tranquila o airada-, mi pensamiento estará con ellos y mi esfuerzo tenaz se hará sentir, aunque modesto, por el triunfo de las ideas radicales, que son las únicas poderosas para incorporar de su atonía a este moribundo que se llama Colombia.
Traidor Núñez, traidor Galindo, estoy por el primero: por el primero que ha cogido en sus manos la bandera negra de los piratas del Tonkín con la cruz papal en el fondo; que se ha plantado detrás del fraile y del verdugo en la plaza pública; que ha hecho trizas la Constitución sobre la cabeza de los colombianos; que ha atado al país a la picota y le da con las disciplinas de los jesuítas; que ha suprimido la riqueza y el crédito de Colombia; que tiene a destajo una cuadrilla de ladrones y a sueldo una legión de mercenarios; que ayer proclamó la Dictadura y hoy proclama la Monarquía… Estoy por el que hace la traición y no por el que la acepta; por el tirano y no por el lacayo. Hay valor en el que desafía a sus contemporáneos ya la posteridad por saciar sus pasiones, pero no en el que vende todo su pasado por una mirada cariñosa de los señores. y así, cuando Núñez esté en la escarpia, Galindo estará con su sambenito al pie del poste más digno de desprecio que de ira. Que lo entienda bien este miserable que ha querido enmendarle la plana a Judas. Renegado de la Revolución; renegado de la Libertad; renegado de la República; renegado de la inmunidad de la vida humana; renegado del libre pensamiento; renegado de la libertad de la prensa y de la palabra y del sufragio;
Acaba de tragarse la tierra con asco al monstruo de la tiranía. El tiempo empieza a hacerle justicia al pueblo colombiano, que ha gemido bajo la más salvaje de las opresiones. La tumba de Núñez es aurora de resurrección liberal. Desde ella suena la trompeta de Josué, que anuncia la caída de las murallas y el triunfo de la democracia. El juicio final del oscurantismo de este pueblo se aproxima y entonces el derecho armado con su espada vengadora repartirá las dádivas y las penas a los buenos ya los malos hijos de Colombia.

EL NADAÍSMO CONTRA EL INDIO URIBE.

Gonzaloarango.com |

El fundador del nadaísmo, Gonzalo Arango, nació como el Indio Uribe, en San Juan de Andes en el profundo suroeste de Antioquia. Seis décadas después de su deceso en Quito, Ecuador, un editor amigo le solicitó un prólogo para una edición de las obras de Uribe. La respuesta es contundente, pero señala que algo aprendió de diatriba y de panfleto el papa negro del nadaísmo.

Gilberto:
Debes estar impaciente por la demora del prólogo, pues ya se venció el plazo que pusiste, 20 de mayo. He recibido los materiales de lectura que me enviaste para refrescar mi memoria sobre el Indio Uribe, un poco marcho en mis recuerdos andinos.
Si acepté en principio escribir ese prólogo, fue con la ilusión de reencontrar en esas páginas olvidadas la imagen admirable de un escritor rebelde , su prosa combatiente, sus idealismos, sus luchas casi heroicas, sus sueños atormentados, su lirismo de brillo de espada y vuelo de alas, en fin, lo que despertó en mi juventud ese torrente de alquimia, retórica y frenesí que fulguraba como hoguera incandescente en las prosas de Juan de Dios Uribe.

Llevo un mes sumergido en el pozo de ese pasado literario, buscando la chispa, tratando de avivar en el rescoldo ese fuego, la fulguración de ese espíritu que yo debería acreditar, por sus valores y sus verdades, a la juventud.

Todo está apagado y muerto. El Indio es sólo de su época, nada de su pensamiento ni su estilo tienen vigencia en la nuestra. Yo no puedo revivir un cadáver literario y político para que corrompa con sus hedores los sueños y las ilusiones de la juventud. Eso iría contra mi estética y mis convicciones rebeldes. No es sólo el Indio como persona y escritor: es toda esa generación que él ideológicamente encarna, esas luchas de odios partidarios, de clericalismo de sacristía y anticlericalismo funesto, de rencores, venganzas, despotismo, traiciones, prostituciones. El burdel, el púlpito, la tribuna, la infernal trinidad de una Historia Patria que produce asco y cuya herencia ha infestado, enfermado de muerte el alma colombiana durante un siglo.

Yo estoy en contra de esa tradición de literatos y asesinos de la pluma y la espada. Estoy contra la herencia total de esa cultura hedionda a pólvora de guerra civil, a retórica decadente, a moral de Astete, a sonetos y odas, a godos y liberales. La cultura colombiano de la que el señor Indio Uribe es paladín, es una cañería atascada de mil inmundicias y bastarderías y carroñas que yo no quiero ni puedo resucitar.

Esa literatura del Indio envenenaría el alma de la juventud, oscurecería su horizonte, sería predicar la peste.
Tú no tendrías interés en un prólogo a las obras del Indio Uribe, en el cual mi actitud sería contra el contenido de este libro. Eso sería en primer caso en literatura y en la profesión editorial, que un prologuista des–recomendara la obra. Además de original creo que esta sería un éxito “taquillero”.

Como sin duda el Indio cuenta con su fervorosa y ciega fanaticada en los herederos del Radicalismo y las barricadas académicas del centenario, el tal prólogo produciría un cimbronazo o terremoto intelectual que haría despertar de sus tumbas a los mismos gusanos. En suma, la irreverencia del prólogo sería la consagración del libro.

Si estás de acuerdo en este planteamiento, dímelo para redactar las notas definitivas y no dilatar más la edición por mi culpa. En realidad, lo que pienso escribir no se llamaría prólogo, sino ANTIPRÓLOGO. Y puedes estar seguro que no será nada elogioso, porque haré un proceso implacable a la cultura colombiana a través del Indio y su obra.

Yo no sé si te interesa la cosa así planteada, ni qué compromisos respetables de familia haya tras la edición. Eso a mí no me importa, que el Indio sea andino, que yo sea de Andes, que Federico Ospina sea primo mío, que Libardo me pegue un tiro con un cuchillo, que mi estatua en la Calle del Cagadero me la den en mierda, me importa un culo. En realidad, yo nací en otro planeta y no tengo parientes. Estoy manos arriba en el mundo y ¡plaff!
Entonces aquí me quedo esperando tu opinión.
Tú dirás cómo quieres que te sirva la cabeza del Indio: si coronado de laurel o de irac