Los años maravillosos.

Carlos Bueno

31 julio, 2021

 

Patricia Nieto

 

Los hippies entraron a Medellín en hordas y por los cuatro puntos cardinales. Al norte, en pleno parque de Bello, pasaron la noche del 17 de junio de 1971 quienes venían de la Sierra Nevada de Santa Marta, donde la marihuana crecía silvestre; por Rionegro, en el oriente, viajaron graneaditos los escasos melenudos que podían pelechar en esa tierra de curas; desde Santa Fé de Antioquia emprendieron la última jornada los buscadores de hongos de la selva del Darién y en Anserma, Caldas, a un estudiante de quinto de bachillerato le metieron dos años de cárcel por guardar en el bolsillo el pucho de uno de los caminantes que llegó por la carrtera del sur.

Encontraron una ciudad de cielo encapotado y calles apredreadas por los estudiantes universitarios: la noche anterior habían roto todas las vitrinas de Junín y se instalaron en el parque de Bolívar, donde en la mañana del 18 corría el rumor de que a un guardián de La Ladera le habían descubierto una caleta con dos libras de marihuana. Un escándalo sólo comparable con el que empezaba a producirse ese día, a esa hora, en ese parque: los hippies acomodaban sus morrales como almohadas y estiraban sus delgaduchos cuerpos sobre las gradas de La catedral, para echarse una siesta que les aliviara el cansancio de días de camino, antes de abrazar a sus hermanos en una fiesta de amor y paz.

Una hora después cogieron por la carretera del sur y caminaron hasta divisar un paraje de malezas enmontadas, guayabas maduras, río limpiecito, colinas repletas de vacas y casetas derruidas por falta de uso. Ese era el parque municipal de Ancón, comprado por Ignacio Vélez Escobar cuando fue alcalde, con la convicción de que era posible señalar un lugar para los paseos de olla y donde al mediodía los esperaban Carolo y Humberto Caballero –un muchachito rubio que ya no existe–, los hippies más famosos de Medellín y Bogotá.

La nariz de Carolo sobresalía por debajo de un sombrero que le tapaba media cara y debajo de ella una boca amplia se movía para decirles Ancón es cuestión de fe. Ahora Carolo, 44 años y una barriguita que empieza a incomodarse contra la pretina, habla de los fundamentos terrenales de los cientos de abrazos que repartió a la entrada de Ancón: “Mi propuesta era que cambiáramos los cocteles molotov y las piedras por las guitarras y las flautas, para que entráramos definitivamente en una  época de paz y por eso mi incontenible felicidad cada que un hermano llegaba a Ancón”.

Apoderados de los 20 mil metros cuadrados del parque, los recién llegados dispusieron morrales y carpas para cumplir el presagio de un diario local, como en una especie de valle de Josafat, los distinguidos huéspedes, tendrán a su disposición como poéticos y mullidos lechos, el hermosísimo césped y como lámpara una hermosa luna. Sólo que para esa hora, mediodía del viernes 18, la manga ya era un lodazal, pues la tierra no había podido bogarse todos los aguaceros de ese mes, el segundo junio más lluvioso de los doce que pasaron entre 1961 y 1971.

Por eso, cuando el alcalde Villegas Moreno subió a la tarima principal, construída a la carrera sobre un morro de tierra movediza que se la fue tragando lentamente, ya a los hippies, además de exhaustos, se les veía las piernas mojadas y morados los dedos que despuntaban entre las correas de las sandalias. Yo fui a la inauguración del Festival de Ancón, confiesa el ex alcalde Villegas, de 57 años, porque quería convencerme de que todo estaba bien. Les prestamos el parque cuando se comprometieron a que no habría alcohol ni drogas. Además, en ese momento, los jóvenes vivían en un enfrentamiento permanente con las autoridades y yo estaba convencido de que la fiesta de Ancón cerraría esa brecha generacional.

Con un discurso paternal, el Alcalde saludó a los melenudos que convertían a Medellín en la capital latinoamericana del rock. Señoras y señores, dijo, ustedes me van a perdonar, pero me parece hermoso lo que estos muchachos han hecho en nuestro parque sur. Se convenció de que no le iban a perdonar cuando estrechó la mano de Carolo para dejarlo en posesión de Ancón y cuando de regreso a casa leyó en cartelones pegados en las esquinas, que el Festival hippie era una orgía para envenenar a la juventud con el patrocinio de la burguesía.

Pero no había lugar para los arrepentimientos. Ya La Gran Sociedad del Estado había roto el silencio de Ancón, centenares de hippies coreaban “blanco como la hermosura/ blanco como la pureza/ eso le hemos demostrado al universo entero” y en la mente de Carolo se reproducían las imágenes que cuarenta y dos días antes le había proporcionado un viaje de LSD en las playas de San Andrés. “Me fui allá pegado de los nadaístas, porque me echaron de quinto semestre de Economía de la U de A, y me sentí llamado por otra manera de vivir. Dejé que mi cabello creciera, aprendí a fumar marihuana y me fui como todos, al mar. Allá se me apareció en las nubes un festival donde las bandas de rock abundaban y era, luego lo supe, exactamente, en Ancón”.

Los muchachos se deshacían de sus camisas y los cuerpos parecían cuerdas de guitarras que temblaban con cada acento marcado por la batería. Era el turno de La Banda del Marciano, que siguió a Los Monstruos y después Los Monsters. Vestidos con túnicas blancas hasta los tobillos gritaban a todo pulmón versos de paz, mientras un indio pielroja vendía marihuana a cinco pesos el pucho. No pise la hierba, fúmela, era la consigna.

En La Estrella, el municipio dueño de los terrenos de Ancón, el eco de los cantos del Festival se confundía con los rezos de las mujeres, que desfilaron para desagraviar alAltísimo por la bacanal que se vivía a pocos kilómetros. Al final de la romería, y cuando ya la lluvia volvía a arreciar, cuarenta siderenses firmaron una protesta por la presencia en sus tierras de seres anormales y completamente deshonestos.

En lugar de bajar los ánimos, el agua logró avivar las ganas de cantar de los hippies y alguno con los pantalones de tela de colchón empapados, casi se reventaban la garganta cantando: La lluvia cae sobre nuestras cabezas y eleva nuestro pensamiento. Y como si alguien hubiera escuchado el ruego, el agua siguió cayendo durante toda la noche. A las doce, el capitán Zambrano del puesto de policía de Pueblo Viejo, desplazado a la autopista sur, escuchó la última vibración de las guitarras y todo quedó en silencio.

Al centro de Medellín también lo mojaba un aguacero de padre y señor mío, los papas negros de Medellín, desafiaron el frío para reunirse en el Club Unión a decidir la renuncia del Alcalde, y de algunas vitrinas todavía colgaban Corazones de Jesús, el santo a quien Colombia se le había entregado nuevamente. El Apolo 15 seguía varado en la plataforma de lanzamiento, porque una tempestad le estropeó algunos instrumentos; la suspensión del Informe MacNamara por The New York Times no se levantaba; Jean Paul Sartre era perseguido por las autoridades de París tras ser acusado de difamar a la policía; Montecristo no se reponía del guayabo de la rumba por sus veinticinco años de vida artística; El HK 1130 con 39 pasajeros a bordo gastaba gasolina sobrevolando a Medellín antes de aterrizar de barrigas y algunos hippies recorrían veinte minutos en autostop para conocer el Centro.

El nombre de Medellín les llegó de boca en boca hasta miles de kilómetros de distancia y al mismo tiempo que cumplían una cita con su juventud, le veían el rostro a la ciudad donde un millón doscientos mil habitantes se deslumbraban con el letrero luminoso e intermitente de Coltejer, que coronaba una colina del oriente, cinco milestudiantes se gozaban el nuevo edificio de la Universidad de Antioquia, cientos de obreros producían las telas de los hilos perfectos y se divertían en cine, Love Story, por aquellos días en El Odeón, fútbol, riñas de gallos, un zoológico donde Agripina exhibía toda la grosería que le sale a una mica senil, y curioseando a los hippies que plagados de piojos se bañaban desnudos en el río Medellín a la altura de Ancón.

Algunos pagaron carreras de 300 pesos, los taxistas declararon el 19 como día de fiesta, con tal de que los llevaran al parque para ver a los hippies que salían por los matorrales pidiendo un peso por amor, y se encontraron con un estruendo musical difícil de resistir por sus oídos acostumbrados a las baladas de La Voz de Colombia. El resto del espectáculo les provocaba rechazo y morbo: Un hippie se revolcaba entre el lodo, hermanos, y a otro ya se le salió el alma del cuerpo. ¡Miren cómo se está desdoblando. Está comenzando a viajar hacia la felicidad. Vuela en las alas del éter!

Dentro de Ancón, una vez entregados los $13,20 al pasar el puente de madera, la entrega al rock, al sinsentido, las drogas y el sexo era total. La música no se suspendió un solo minuto mientras duró la luz del sol. Más de veinte grupos aparecieron de la noche  a la mañana por generación espontánea, con tal de no dejar ni un minuto en silencio: Hidra, Conspiración, Zodíaco, La banda Universal del amor, Terrón de sueños, Free Stone, Columna de Fuego y solistas como Johnny Richard –triunfador en Manchester–, Fernando Suncho y Raimundo, se mezclaron con otros tantos de los que ni siquiera se recuerdan los nombres, porque nacieron para una canción y murieron con ella.

Los hippies, nunca en verdad se supo, cuántos llegaron, porque después de que cayó el puentecito de madera fue imposible controlar la multitud; pasaban un día con un pan, un salchichón y un jugo. Algunos pelaban una piña, se comían las cáscaras y botaban lo demás, porque la traba los llevaba a disfrutar de las cosas al revés.

Tan en contravía se vivieron esos tres días de rock, que aún hoy, veintidós años después, las autoridades del momento dicen que no se vendieron ni se consumieron drogas, porque una investigación adelantada por la Procuraduría del Distrito Judicial se cerró por falta de pruebas, pero en los pases de cortesía –amarillos para el viernes y rosados para el sábado– se leía: Todo lo que uno ingiere en su cuerpo debe hacerlo a conciencia. Mida su capacidad mental.

Casi ninguno retuvo ese mensaje protocolario y el sábado comenzaron a presentarse las tragedias. Mientras los grupos reventaban las guitarras, los bomberos repartían agua potable entre la gente, los voluntarios de La Cruz Roja intentaban calantar un poco de agua en un tarro a modo de reverbero, el médico Alfonso Calle atendía 200 emergencias provocadas por intoxicación, sobredosis, erupciones de la piel y bajas en los niveles de azúcar.

Un poco antes del anochecer, los socorristas de la Defensa Civil rescataron veintinueve muchachos que naufragaban inconscientes en las aguas, crecidas por tantos aguaceros, del río Medellín. Y mientras bajo la luz de la luna una voz, como salida de ultratumba, leía a Ricardo Waldam, el poeta de Ancón: revolución mental/ de melenas al viento/ en un siglo con Fidel Castro/ y una luna pisada/ La poesía se volvió la revolución/ en busca de Adán/ con la filosofía de Cristo/ en busca de flores/ en una autopista/, un grupo de infiltrados saqueaba 15 carpas solitarias.

Además, las Juventudes Comunistas descargaron en medio concierto a todas las prostitutas y los borrachos que pudieron recoger en Guayaquil, como dándole la razón a Fernando Gómez Mejía, que a la noche siguiente diría en La Hora Católica, el programa radial que acompañaba la comida de muchas familias: El Alcalde de Medellín les entregó la ciudad para que le abofetearan el rostro, la vistieran de loca, la revolcaran en el fango y la ultrajaran entre carcajadas, alaridos y muecas ridículas de inconsciencia.

Ya el domingo la suerte estaba echada: la carta de renuncia del Alcalde iba en camino hacia las manos del gobernador Diego Calle, quien después de las presiones del arzobispo Botero Salazar, empezó a pensar que el Festival había sido el gran desacierto del último Consejo de Seguridad. Los hippies celebraban su Día de las Flores y el Amor con la esperanza de que las familias caritativas de la ciudad les regalaran ropa limpia, sopa caliente y una flor antes de comenzar el regreso a sus pueblos. Y el director del DAS, Óscar Alonso Villegas, acondicionaba la plaza de toros de La Macarena para meter a los hippies que se quedaran deambulando.

Cien fogatas se encendieron al comenzar la noche y los hermanolos después de conjurar la guerra y el odio, se citaron para enero de 1972 en el valle de Lily, a 10 minutos de Cali, donde celebrarían el Primer Festival continental de rock. Un encuentro más concurrido que el de Los Dominicos, en Santiago de Chile, y más imponente que el de Woodstock, que valió cinco millones de dólares.

Carolo repartió abrazos, esta vez de despedida, y se fue a casa con los bolsillos llenos de dinero, que luego gastó en mercados para las familias de los barrios Popular y Villa del Socorro, que apenas se estaban formando. Cuando despertó de su última traba se asustó con los titulares de prensa, pero ya nada estaba en sus manos. Treinta y cinco hermanos pasaban las noches en la cárcel de La Ladera, el Permanente norte y DECYPOL, por indocumentados unos y por drogados los  otros. Después de declarar que la mendicidad en la ciudad aumentaba en forma escandalosa y que el 70 por ciento de los hippies no poseía cédula, el jefe del DAS les determinó 48 horas para desalojar a Medellín, contadas a partir de las cuatro de la tarde del lunes 21.

La mayoría de los melenudos se fue sin perturbarse y otros se quedaron en Medellín convencidos , como su Alcalde de marras, de que comenzaban a abrirse paso en una ciudad que difícilmente toleraba lo diferente. En algunos casos, lo de hippie se convirtió en profesión y a más de uno en los días siguientes a Ancón, lo contrataron para que se presentara con su vestido de hippie en las fiestas más elegantes y se fumara un marihuano bien largo delante de todos los invitados. Una vez concluído el número, varias señoras, de las que andaban en renault 4 nuevecitos, pedían que les dejaran tabacos armados cerca de los tocadores para disfrutar también de una pasadita.

Por eso dicen que el 23 de junio, el día que una vaca extraviada paralizó el tránsito de la avenida La Playa, desde el teatro Pablo Tobón Uribe hasta Carabobo, ya Medellín olía a marihuana pura, los piojos que trajeron los chicos de las flores y el amor hacían sus propios nidos y el eco del rock se había metido en los oídos de los treinta y un mil niños que nacieron aquí ese año.