…Lo que Vargas Vila pudiera hacer disfrazado de mujer, una noche cualquiera, por las calles del Bogotá de 1884, no quiero ni imaginármelo…

Carlos Bueno

9 marzo, 2022

…fundaría su gloria, partiendo como un rayo de las entrañas del Escándalo», con estas palabras se halla caracterizado Luciano Miral, el protagonista de Alba Roja, una novela escrita en 1902. En el prólogo, fechado en 1919, o sea 17 años después, el propio autor, José María Vargas Vila, hace algunas aclaraciones, precisando ciertos puntos. El primero tiene relación con el escenario en que transcurre la novela. «La ciudad Capitalina que allí describo –dice– ya a medias, ganada por la gangrena clerical, que luego había de convertirla en pústula viviente devorada por los gusanos, es Santa Fe de Bogotá, momentos antes de convertirse en tribu apostólica, allá, por el año 1884, en el alborear de ese pataleo de sátrapas epilépticos, bajo el cual ha vivido, si vida puede llamarse una ignominia que dura cuarenta años».

Otra aclaración delimita aún más su objetivo: «El César que aquí exhibo bajo las facciones de Herodes, fue Rafael Núñez, el Juliano lírico, el Apóstata siniestro, cuya lírica tuvo la histórica curvatura de una carraca de asno».

Teniendo en cuenta estos puntos, bien podemos fijarnos en la trama, muy endeble, de la novela: es la historia de dos amigos que, conociéndose en el colegio, siguen rumbos muy distintos. El primero, poeta pobre; el segundo, Luciano Miral, apóstol predestinado a combatir el infame régimen de un Herodes, un César –cuya identidad ya sabemos–. La forma en que inicia su carrera, tan convencional como era de esperarse en esta época, es mediante un panfleto. «Y escribió su primer panfleto en períodos armoniosos y vibrantes; de un estilo vivaz y musculado, con un relieve broncíneo; períodos poderosos, aptos al vuelo del vértigo, como inmensas alas de águila». Se llamaba La Ruta de Bizancio y fue, para emplear la trillada expresión, como una piedra en un charco: salpicó a todo el mundo. Sólo que las reacciones que suscitó resultaron algo excesivas: turbas amotinadas incendiaron el periódico en que apareció, etc. Herido Luciano Miral, se convierte en «Peregrino Implacable del Dolor» y parte hacia el Ostracismo. Este resumen, muy esquemático, bien pudiera complementarse con un párrafo, notable desde todo punto de vista: «Luciano Miral conoció entonces la sentencia dogmática de los fósiles, el apóstrofe virulento de los batracios, el epigrama mordaz de los satiristas callejeros, el gracejo insulso de los bufones de salón [se creería estar oyendo a Jorge Zalamea, ¿no?], el odio de los ebrios profesionales, la estupidez altanera de los políticos en alza, las leyendas implacables del fanatismo en cólera, las prédicas venenosas de la clerecía viperina y sórdida… todo fue dicho y escrito contra él».

Pues bien, curiosamente, en el mismo año en que se desarrolla la novela, 1884, la crónica, o más bien la chismografía, registra el proceso, y el escándalo, que se suscitó en Bogotá en torno a la conducta del padre Tomás Escobar, rector del Liceo de la Infancia, promovido por José María Vargas Vila desde las páginas del periódico La Actualidad, de Juan de Dios Uribe.

Copio, en primer lugar, las palabras del doctor Carlos Martínez Silva, defensor del rector del Colegio, durante su intervención en el proceso: «Sé también que Vargas Vila fue militar y que, según sus propias palabras, considera como el honor supremo de su vida el haber ceñido la espada y haber llevado las charreteras de los lidiadores liberales de 1876! En qué batallas de aquella contienda tuviera ocasión de esgrimir su espada y de lucir sus charreteras, no consta ni él lo dice: pero lo que sí consta por las declaraciones del señor capitán Carlos Morales, del señor coronel Ramón Acevedo y de los otros jefes del batallón 2º. de línea, es que siendo Vargas Vila habilitado de aquel cuerpo, se alzó con los fondos puestos bajo su custodia. Asimismo consta que, entre los soldados del cuerpo en que Vargas Vila figuraba, corrían como muy válidas acusaciones terribles contra las costumbres depravadas de este mozo, quien, apoyándose simplemente en conjeturas, se presenta ahora como censor severo de las mismas faltas de que él aparece responsable. Sabemos también por las personas ya citadas que Vargas Vila, ese mismo que ciñó espada y usó charreteras, solía disfrazarse de mujer y salir de noche por las calles, ya puede adivinarse con qué objeto».

Lo que Vargas Vila pudiera hacer disfrazado de mujer, una noche cualquiera, por las calles del Bogotá de 1884, no quiero ni imaginármelo…

Juan Gustavo Cobo Borda.

La alegría de leer. Colcultura, Bogotà, 1976.

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