La eterna mudanza.

Carlos Bueno

22 abril, 2021

Nuestra generación quedó marcada por el espíritu del nadaísmo. De niño miraba distante y asombrado sus andanzas, estigmatizadas siempre por la godarria local y nacional. En mi caso enterré y desenterré al profeta Gonzalo Arango. Pocos lo cuentan, pero el discurso en su féretro y otras placas bruñidas son testigos. Ahora, en su serie Cuadernos de Cátedra Libre, Crónica institucional con la marca del Fondo Editorial Unaula Ramón Emilio Arcila, se publica un desgarrador y atormentado testimonio: La eterna mudanza. Notas sobre Cachifo escritas por su esposa y compañera, Graciela Perdomo. La edición corrió por cuenta de Francisco Velásquez y Santiago Hoyos y una bella introducción al personaje del escritor Víctor Bustamante. A su vez fundador del Neonadaísmo y autor, entre otros libros, de Cuando el poeta muere. La vida de dariolemus, la otra desgarradora y delictiva historia del movimiento.

Humberto Navarro Lince, Cachifo, llamado así por su tenacidad y porfía adquirida desde niño, queda acá retratado en su más alocada intimidad. Es una excelente introducción, divertida e íntima a la vida itinerante del único novelista del nadaísmo. Esa aventura frenética, desbocada en excesos, donde todos los desatinos estaban permitidos. “Ofrecimos violencia delincuente contra la moral, los valores establecidos, las farisaicas virtudes burguesas, las alienaciones casposas de los maestros de la literatura, la farsa de los sabios y demás aberraciones y consecuencias de la malinventada historia de occidente. Todo fue sometido al fuego en salvas de la burla y el irrespeto: la mejor obra del nadaísmo son estas ruinas que sobraron”, vocifera Eduardo Escobar.

Estas son algunas de las ruinas que sobraron. Cachifo, escribió varias novelas: El amor en grupo, Los días más felices del año, La casa del palomar del príncipe, Alguien muere al grito de la garza, Juego de espejos y El hombre de la montaña o la gesta heroica del espíritu de una raza. En La eterna mudanza, Graciela Perdomo nos refiere que su desconocimiento del movimiento era tal, que como la tía de Barquillo, Jaime Espinel al enterarse de la muerte del otro compinche, Amilkar U, le dice y ¿por qué se ahogó, si era tan buen nadaísta?

Así, “después de hacer planes y mil preguntas, de investigar y consultar sobre cómo debía casarse la mujer de un nadaísta, decidí hacerlo de blanco, por presión de mi familia y porque nadie sabía…y él seguía la vida de siempre, a la que estaba acostumbrado. No había forma de reclamarle: siempre llegaba con una sonrisa y sus anécdotas agradables. Un día pasaron unos amigos y lo invitaron a un festival en Cali y él me dejó ahí sin saber qué hacer, sin un peso y una barriga de ocho meses… Nació Ricardo y conocimos las verdes y las maduras. Enrique Sánchez, dueño del café El Automático en Bogotá nos daba tarros de leche…Humberto quedó en segundo lugar de un concursos de novela nadaísta fue a Cali a recoger el premio y se lo gastó todo por el camino, entonces decidimos volver a Bogotá a probar suerte, comenzando así una vida de nómadas, de trasteo en trasteo. Una eterna mudanza. Mal vendimos todo para el viaje y a la llegada no teníamos nada… Vivimos allí unos meses, aparentando nobleza, con la permanente angustia de tener que pagar la mensualidad y no saber de dónde sacarla .Así transcurrí la vida: de un sobresalto en otro. Pusimos una librería. .A las pocas semanas ya era amigo de todos los estudiantes. Les fiaba, le bajaba el precio a los libros, El mismo llevaba la contabilidad, que nunca cobraba y que nadie pagaba. Al cabo de un año estábamos tan quebrados que tocó cerrar la librería y devolvernos para Medellín.

“Yo odié siempre la lógica, decía Cachifo. Por eso estoy donde estoy, en el nadaísmo, luchando contra la estupidez, pero no me quejo, pues el nadaísmo es el pan miserable de la libertad”. En La casa del palomar del príncipe, novela autobiográfica, refleja el desasosiego de una vida llena de sobresaltos económicos, sin metas, sin responsabilidades. Sempiterno desencajado, quejumbroso de la existencia por oficio y vocación .No tenía noción del valor de las cosas.: una vez le regalaron en El Automático un mercado porque sabían que no tenía para comer en la casa. Entró una mendiga pidiendo limosna:”No tengo un peso, pero llévese esto”. Termina Graciela Perdomo su testimonio: “Cachifo quería este epitafio: Aquí yace Cachifón, el antioqueñón, haciéndose el guevón. Y con esas palabras terminó su eterna mudanza, por lo menos por este mundo.

Por: EDUARDO ESCOBAR

El 5 de julio de 2003 por fin se quedó quieto, en su casa de Cogua, cargado de años y de deudas, Humberto Navarro, Cachifo, un personaje singular e inolvidable en el núcleo de los poetas fundadores del Nadaísmo en Medellín. De cuyo bolsillo, porque era el único de la pandilla que se daba el lujo miserable de trabajar, salieron los cincuenta pesos, un platal entonces, que financiaron la publicación del Primer Manifiesto Nadaísta en la Tipografía Amistad, situada en uno de los barrios calientes de la Capital de la Eterna Primavera.

Cachifo atendía a todas las necesidades de los integrantes del grupo. En materia de cigarrillos, café, comida y aguardiente, y hasta los cines con las novias, como un verdadero padre. Era un hombre de una generosidad increíble, como si tuviera las manos rotas y el corazón de mantequilla. Y de una insolencia también a toda prueba, que lo convirtió más tarde, cuando con la literatura llegó la inopia, en un campeón incomparable de esgrima. Una vez vino a venderme su sable. Yo me negué a comprárselo. No puedes vender la herramienta de trabajo, Cachifo. Sería una irresponsabilidad . Le dije. El sonrió.

Al principio del movimiento, Cachifo fue sobre todo, de tiempo completo, un mecenas espléndido. Y poeta y pintor de sábados. Como si vacilara entre el arte y la vida de los seres normales que no añaden problemas ni propósitos estéticos a las cosas por sí mismas problemáticas. Cumbia, uno de sus cuadros, pintado en el año 60, fue el que enviamos los nadaístas al poeta beat Noel Cassady, condenado en una corte gringa por porte de marihuana, con nuestra solidaridad y un porro que debió fumarse la guardia.

Solo después, en Bogotá, muertos sus viejos padres, Sofía y Delio, que eran el motivo que lo obligaba a la degradación del trabajo remunerado, se olvidó de todo y se entregó a golpear a puño de gladiador una máquina de escribir Olivetti con una pasión demencial que hacía retumbar el pequeño edificio en La Candelaria y saltar las teclas por los aires. De la gimnasia formidable, que yo debí aguantar desde que amanecía, porque fui su huésped un largo tiempo, surgieron las novelas Alguien muere al grito de la garza, primera que escribió y también la primera que publicó, y El amor en grupo, relación lírica de los primeros años del nadaísmo, en el sello argentino de Carlos Lohlé.

Libros densos, de hallazgos, experimentos y desgarramientos, abigarrados, oscuros, salidos del entusiasmo cachifrenético, de la iluminación, o la cachifrenia, que fue el nombre que sus amigos pusimos a su estrambótica manera de asumir este mundo y a su incapacidad para estarse quieto. Fui testigo de las rompezones, de las arduas peleas por sus primeras obras. Las últimas, en cambio, me parecieron en exceso desbarajustadas, como si hubiera tomado en serio la cachifrenia que le atribuíamos. O por algo peor.

Una vez alguien hablaba de las dificultades que impone la escritura mientras más la ejercitamos, y Cachifo dijo: Ya no corrijo. Escribo a las volandas ahora . No le respondí que se le estaba notando para no herir su susceptibilidad de monja. Era un alma muy vulnerable a pesar del corpachón y lo estentóreo que podía ser en ocasiones.

Cachifo era de un humor sombrío. Implacable. Solía decir: Algunos creen que para ser brillantes basta apretar el culo como las luciérnagas . Y también: Algunos tienen el cerebro tan estrecho que no les cabe ninguna duda .

Si el mundo lo enternecía hasta los tuétanos también sabía entresacarle sus aspectos cómicos y amargos. Una vez, en una crisis de nervios, después de la holgura las dificultades atenazaban y reventó, acabó en una clínica de reposo. Cuando nos volvimos a ver me contó su drama. El delirio de persecución. Y todo eso. Pero agregó, confiado: Ahora estoy mejorando. Ya me persiguen solo dos tipos. Antes eran cuatro . Nunca fue más que un niño grande, confuso, inquieto y bueno, refugiado en la literatura, con una divisa: el mundo es verde, y sin embargo no hay esperanza.

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