… jactanciosos caballos de elegante y sólida belleza, de ojo arisco y piel de seda, tordos como una playa de guijarros rodados…

Carlos Bueno

25 enero, 2021

 

Antonio Caballero- Toreo de sillón.

 

 

Una bella y certera teoría estética precisa que la forma es la forma del contenido. Nada más podría decirse de “Toreo de Sillón”, esa  preciosa selección de crónicas taurinas del maestro Antonio Caballero editada por Aguilar. Metáforas espléndidas, narraciones de faenas insuperables. Para quienes no gustan de este arte, ahí les dejo una muestra del profundo sentir y placer estético que suscita un ruedo, un toro, un torero y un tendido expectante:

“Una apoteosis en una plaza de toros: una faena suave y fuerte, de despaciosos poderío, que fue creciendo y prolongándose en lentos círculos concéntricos, mandando sobre el toro y sobre el público, como si dibujara en el espacio una espiral interminable rematada en tres interminables naturales ligados en redondo ante la plaza en pie. Un remolino que, al pie de la letra, parecía que estuviera arrastrando en su amplio vuelo al torero hasta el cielo”.

“La estética que con el valor y el arte es una de las tres virtudes teologales del toreo, nunca le han faltado a Rafael de Paula: ni al torear ni al andar ni al quedarse quieto, ni al vestirse de torero, o de corto o de calle. Tampoco le han faltado las otras dos. Ni el arte ni el valor. Esa tarde iba Paula vestido de color uva pasa de Corinto, con la faja y el corbatín verde limón sobre la chorrera de encaje y un fulgor de esmeralda dormido entre los azabaches de las hombreras y las mangas. El chaleco era de oro puro. Y con los brazos en jarra, resplandeciente de sombras y de luces al lado del burladero de capotes, levemente torcidas las piernas rígidas, elegante, distante, miraba al toro colorao, gordo, cornalón, manso: no le gustaba. Fue a citarlo de capa, y el toro, de un feo derrote, se la arrancó de las manos. Desarmado, Paula huyó torpemente…..El gentío ensoberbecido bramaba contra Paula puesto en pie, estirando con mucha ira los brazos: ¡Fuera! ¡Fuera! El segundo aviso lo escuchó Paula impávido en la mitad del ruedo: no como quien oye llover, sino como quien desafía con estoicismo la furia de los elementos: el presidente, el público, ese toro lejano. Los peones esperaban inmóviles, parados sobe sus sombras y el toro, inmóvil, no miraba a nadie. Un gran silencio reinaba en el ruedo bajo un alto cielo desoladamente azul, como el que reina en los cuadros metafísicos de Giorgio de Chirico. Pero en torno chillaba y berreaba y silbaba la plaza con las bocas abiertas y los brazos en alto, como en un Ecce Homo pintado por el Bosco. Cuando llegó el tercer aviso que enviaba el toro a los corrales, Rafael de Paula se retiró despacio hacia las tablas, inclinada la frente en la tormenta y fue despacio a saludar al palco de la presidencia”.

Y en algún aparte se refiere a jactanciosos caballos de elegante y sólida belleza, de ojo arisco y piel de seda, tordos como una playa de guijarros rodados, negros como un boceto al carbón, blancos como la luna, castaños como caballo, domados y adiestrados como la palma de la mano..,

Y otra más: con esa saturación de la belleza que es la belleza en movimiento. Al cuarto de la tarde lo quiso lucir Ortega Cano en varas, saltándose el cambio de tercio y dejándolo en suerte en los medios: en esos lejanísimos medios del inmenso ruedo de La Maestranza. Desde ahí, desde muy lejos, los “guardiolas” miran fijo al caballo, perfectamente inmóvil; los llama el picador y un temblor los estremece desde la papada al rabo; y se arrancan con un alegre tranco de galope para clavar las astas perpendicularmente en el rígido peto y empujar con fijeza, con rigor obstinado. Así acometió el quinto de la tarde de Madrid: y peleó hincada la cabeza, obligando al pesado caballo de picar a girar y girar sobre sí mismo como si fuera el caballito de madera de un tiovivo.

Que los toros son buenos cuando son bellos y que cuando son buenos los toros el toreo puede ser verdadero, es un principio que debiera enseñarse no sólo en las facultades de filosofía, sino sobre todo en las de veterinaria. Así veríamos mejores tardes de toros.

La naturaleza del toreo natural de manzanares, es engañosa. Se parece a ese paisaje extremeño tan aparentemente natural y sin embargo tan lejano de la creación en bruto, primigenia. Esas dehesas de encinares y alcornocales, con sus toros bravos meditabundos al pie de cada encina, con sus florecidas blancas u sus hierbecitas verdes o a veces rojizas, con sus nubes arriba y sus colinas abajo, tampoco son naturales. Son cultivadas. Son cultas. Como el toreo de Manzanares, es un paisaje artístico. Y donde hay arte, como dijo Bernini, hay artificio. Lo digo del toreo de Manzanares y del paisaje mismo de Extremadura.

El ideal sería que las crónicas de toros fueran escritas a tono con las faenas comentadas, en el mismo registro y con la misma música. Que fuera mala la crónica si la faena ha sido mala, breve si ha sido breve y así. Crónicas como transcripciones cartográficas, en las que a cada tanda de muletazos correspondiera un párrafo y a cada trincherilla un punto y seguido y a cada pase de pecho un punto y aparte. Si esto fuera posible, esta que ahora redacto debería estar compuesta en silvas…porque de esa manera, en sonoras silvas inspiradas como las que componen las “soledades de don Luis de Góngora, fue construida la prodigiosa faena de José Ortega Cano a un gran toro de Jandilla, la tarde del 29 de abril en la plaza de La Maestranza de Sevilla.

Y otra más: con esa saturación de la belleza que es la belleza en movimiento. Al cuarto de la tarde lo quiso lucir Ortega Cano en varas, saltándose el cambio de tercio y dejándolo en suerte en los medios: en esos lejanísimos medios del inmenso ruedo de La Maestranza. Desde ahí, desde muy lejos, los “guardiolas” miran fijo al caballo, perfectamente inmóvil; los llama el picador y un temblor los estremece desde la papada al rabo; y se arrancan con un alegre tranco de galope para clavar las astas perpendicularmente en el rígido peto y empujar con fijeza, con rigor obstinado. Así acometió el quinto de la tarde de Madrid: y peleó hincada la cabeza, obligando al pesado caballo de picar a girar y girar sobre sí mismo como si fuera el caballito de madera de un tiovivo.

Que los toros son buenos cuando son bellos y que cuando son buenos los toros el toreo puede ser verdadero, es un principio que debiera enseñarse no sólo en las facultades de filosofía, sino sobre todo en las de veterinaria. Así veríamos mejores tardes de toros.

La naturaleza del toreo natural de manzanares, es engañosa. Se parece a ese paisaje extremeño tan aparentemente natural y sin embargo tan lejano de la creación en bruto, primigenia. Esas dehesas de encinares y alcornocales, con sus toros bravos meditabundos al pie de cada encina, con sus florecidas blancas u sus hierbecitas verdes o a veces rojizas, con sus nubes arriba y sus colinas abajo, tampoco son naturales. Son cultivadas. Son cultas. Como el toreo de Manzanares, es un paisaje artístico. Y donde hay arte, como dijo Bernini, hay artificio. Lo digo del toreo de Manzanares y del paisaje mismo de Extremadura.

El ideal sería que las crónicas de toros fueran escritas a tono con las faenas comentadas, en el mismo registro y con la misma música. Que fuera mala la crónica si la faena ha sido mala, breve si ha sido breve y así. Crónicas como transcripciones cartográficas, en las que a cada tanda de muletazos correspondiera un párrafo y a cada trincherilla un punto y seguido y a cada pase de pecho un punto y aparte. Si esto fuera posible, esta que ahora redacto debería estar compuesta en silvas…porque de esa manera, en sonoras silvas inspiradas como las que componen las “soledades de don Luis de Góngora, fue construida la prodigiosa faena de José Ortega Cano a un gran toro de Jandilla, la tarde del 29 de abril en la plaza de La Maestranza de Sevilla.

Si, la forma es la forma del contenido.