Hersan y  J. Emilio  en los lodazales de Ancón

Carlos Bueno

1 agosto, 2021

Tomado de EL festival de Ancòn, un quiebre històrico. Carlos Bueno Osorio-Carolo. ITM, Medellìn, 2001.

Francisco Velásquez Gallego

 

Podría parecer otra pendejada del Carolo, a quien para la época creían un loquito mariguanero. Y de hecho lo era, la gran pendejada de creer que en el parque Ancón Sur (situado en el municipio de La Estrella) se congregarían los jóvenes para intentar reproducir un Woodstock *. Pero Carolo, bautizado Gonzalo Caro, no era tan pendejo como parecía, porque además tenía alma de negociante, al fin y al cabo antioqueño, razón de más para engañar al alcalde de entonces de Medellín, el ingeniero Álvaro Villegas Moreno, más godo que cualquiera de los liberales de entonces (y de hoy).

El permiso lo obtuvieron con el jefe de parques del Municipio, el poeta Jorge Robledo Ortiz, con la intermediación de Barquillo (el escritor nadaista Jaime Espinel), y fue así como Carolo  y otros de sus amigos le hablaron a la primera  autoridad del significado de un festival de música rock, puntualizado en la armonía que crearía y en la fama que daría a esta comarca. El burgomaestre Villegas se comió la carreta y dio la autorización para un fin de semana recreativo en el inmenso terreno conocido como Ancón.

Al parecer el alcalde desconocía el fenómeno sociológico que fue el Woodstock, ocurrido en 1969 en Estados Unidos, considerado la más gigantesca manifestación de amor con asistencia de más de 500 mil personas que se reunieron a escuchar durante 72 horas continuas a Jimmy Hendrix, JoanBaez, Carlos Santana, Joe Cocker, Crosby-Still and Nash & Young, Richie Havens, The Who y otros cantantes y agrupaciones de Rock y Country (la música pop de los 60’s). En Ancón, no se llegó a tanto, pero fue mucho para nuestra republiqueta.

Aquí entre nosotros dos mil, recuerdo que guié a don Hernando Santos –ex director de El Tiempo– por los lodazales donde se bañaban los soyados (en aguas enlodadas, y cual marranos se pisoteaban unos contra otros), hasta encontrar a Germán Castro Caycedo, a quien el periódico había desplazado desde Bogotá como enviado especial.

El día de la inauguración, con alcalde a bordo, fueron 30 mil personas, y que según Carolo y contra lo previsto, quebrantaron el puente que servía de control de acceso al espectáculo.

Sostiene Carolo que en los tres días hubo cerca de 200 mil personas y que entre los curiosos de la última fecha observó al fallecido ex ministro Jota Emilio Valderrama, a quien incluso una bota se le quedó en el pantano y tuvo que regresar con un pie descalzo. Quienes curioseaban se colocaban sombreros anchos y gafas oscuras creyendo que nadie los iba a ver, y todo el mundo se los pillaba y gozaba.

Un hippie de la ciudad comenzó a pedir colaboraciones y llegó hasta los organizadores con una mochila llena de dinero, porque ya no había control posible de la policía y los porteros en los sitios distintos del caído puente de ingreso al Ancón.

En el festival musical de Rock participaron como grupos Los Monsters, Los Flippers, Galaxia, Fraternidad (banda de Los graduados integrada para tocar sólo rock), Los Black Stars y Stone Free, entre otros. En muchos casos se unían unos a otros y ponían cualquier nombre para sostener la música durante las 72 horas de programación.

La boleta valía 13.20, sabrá Dios por qué, y es obvio que los ingresos fueron buenos. Carolo, quien entonces consideraba que la plata corrompía, le pagó a los músicosel doble de lo que pidieron  y empezó a regalar los billetes. Con lo que le quedó, llegó a la Central a comprar mercados para llevarlos a los ranchos que había entonces en las laderas de Medellín, y que hoy son las famosas comunas que tanto han dado que decir.

Ancón (ellos lo escribían Ancóm) también generó debates y enfrentamientos entre las autoridades locales. Se sabe que muchos asistentes consumieron LSD, ácido lisérgico, una droga dura que traían de los Estados Unidos hijos de los ricos famosos de la ciudad y cuyos efectos eran mucho más efectivos que los de la ahora despreciada cannabis. Dicha sustancia hace posible viajes que pueden durar más de 24 horas y por ello se creía que muchas personas estaban muertas, cuando se encontraban descubriendo nuevos mundos y quizá a sí mismos.

Alrededor del LSD se tejieron versiones antagónicas: que la CIA –Central de inteligencia de los Estados Unidos– la trajo para que por sobredosis se acabara la revolución de la juventud comunista y pornográfica del país; que la introdujeron en un carro diplomático para poder sindicar a Carolo de ser integrante de la CIA; que parapapá, que tiritití, etcetera.

Lo cierto es que ahora notables ejecutivos y dirigentes políticos, que contaban con más de 20 años, regalaban –de acuerdo con nuestra fuente– muchas pepitas de esas.

De todos modos, el jefe del temible DAS –Departamento Administrativo de Seguridad– de entonces, Óscar Alonso Villegas Giraldo, encaró al burgomaestre Álvaro Villegas, cuando dio un ultimátum de cuarenta y ocho horas a los hippies visitantes que se congregaron en el parque de Bolívar y no se querían regresar a sus tierras, tras la terminación del Festival.

10.000 jóvenes fueron declarados indeseables por el funcionario policial, lo que obligó la intervención del Alcalde para declarar que en Medellín no existía la pena del destierro y que quien tuviera sus documentos de identidaden regla podía permanecer, no así los indocumentados, muchos de los cuales fueron a parar a la cárcel La Ladera, a proseguir allí si su anconazo con la marihuana que circulaba a sus anchas por los famosos patios de la desaparecida cárcel del distrito.

De alguna manera, Ancón marcó a la mayoría de curiosos, que fueron los más, y a quienes como jóvenes ya influenciados de existencialismo, nadaismo y rock (mezcla explosiva para la provincia más religiosa y políticamente goda de la década y quizá del siglo), fueron a liberar energías, darse unos toquecitos, dormir en las cinco estrellas hoteleras del colchón verde, bañarse en un pantanero, y amparados en la noche dizque hacer el amor quickly-mente.

Por allá estuvimos y nos justificábamos como reporteros para sufrir el fango, caer a los pantanos y observar la descabellada idea convertida en realidad por el loco de Carolo.