Hace 50 años retumbó como  un cataclismo el mensaje de Ancón.

Carlos Bueno

8 agosto, 2021

De El Festival de Ancòn, un quiebre històrico. Carlos Bueno Osorio-CAROLO. Medellin,  ed. ITM, 2001.

William H. Ramírez P.

 

Junio de 1971: Un movimiento cuyas semillas se fundamentaban en la prédica de la paz y el amor, y el auge alocado del Rock, sacudió los cimientos de esta aldea pacata que era Medellín.

Se iniciaba la década del 70, cuando jóvenes de largas y desmelenadas cabelleras hicieron su irrupción inesperada por las calles de la ciudad, portando sombreros con forma de hongo o copa, llevando cintas y balacas para detener el pelo congestionado, enredado y amarillento por el polvo de los caminos.  Calzaban sencillas sandalias y vestían estrafalariamente, con bluyines sin bolsillos adornados con parches. Llevaban chalecos, camisetas y chaquetas, teñidas de múltiples mezclas de colores, utilizando tonos chillones y llamativos, complementados con dibujos donde predominaba la naturaleza y las figuras abstractas. Motivos exóticos y absurdos, copiados de las carátulas de los discos, resaltados con llamativas frases que a veces hacían a manera de títulos de las imágenes: ¡Prohibido prohibir! ¡Viva la paz, la música y el amor!

Venían con el cansancio del caminante, que llega desde muy lejos, tragándose el polvo de los caminos, mendigando parva quebrada y sobrados de restaurantes y portando un sucio morral a cuestas. Llegaban a la ciudad con una meta fija:  Ancón sur, un pequeño valle situado en el municipio de La Estrella, atravesado por el río y rodeado de montañas, donde en los próximos días habría de efectuarse un festival de música Rock. Allí en junio de 1971, durante tres días, se congregarían los amantes de la música para el primer festival latinoamericano de Rock.

Desfilaban en caravanas, con flautas y dulzainas en los labios tocando febrilmente viejas y destempladas guitarras, mientras tarareaban una nueva música, ante los adolescentes y muchachos de Medellín quienes, asombrados, los veían quebrar todas las normas hasta entonces inculcadas. Fumando marihuana, inyectándose, dando tumbos por las calles, tomándose las gradas de la Metropolitana y el parque de Bolívar con sus atuendos multicolores, estrellándose contra la ciudad, hablando incoherencias en un mundo mental, tan sin control y loco, que los asustaba vivamente, pero que a la vez los llenaba de curiosidad, especialmente cuando hablaban de querer experimentar esas sensaciones que a veces les parecían tan sin sentido, pero que los caminantes defendieron a capa y espada, cuando exponían la nueva filosofía del vivir por el vivir, del todo por el todo, de amar libremente sin testigos o iglesias de por medio y, muy especialmente, de reivindicar la juventud como un valor fundamental.

Medellín vio desfilar por esos días a melenudos embriagados de música y de drogas. Desfilaban en pequeños grupos ante la curiosidad, las burlas y el temor de los jóvenes de ese entonces, quienes les llevaban comida, ropa y siempre se interesaban por sus historias y desplantes. Así se enteraron en detalle que realizaría durante tres días un festival de música Rock, en valle cercano conocido como el Parque Metropolitano de Ancón sur.

El día anterior a la iniciación del Festival, muchos adolescentes de todos los rincones de Medellín, trabajaban febrilmente en sus casas, empacando provisiones, equipando un morral y vistiéndose de la forma más rara que les resultara, ante la mirada extrañada de sus hermanas y hermanitos menores. Esa misma noche, desde muy temprano, partían desde las esquinas de los barrios cercanos en pequeños grupos, alborotándose el pelo y llevando tambiénun morral a cuestas. Tomaban con dirección hacia la Autopista Sur y avanzaban colocándole la mano a los carros para que los acercaran a los terrenos del Festival y a medida que se acercaban, iban sintiéndose jipis, tratando de hablar como ellos, incorporando nuevos giros idiomáticos a la mucha terminología que ya habían trasculturado. Felices, haciendo con sus dedos el signo de la paz, escalaban la montaña o atravesaban el río, formando compactas cadenetas humanas, para llegar sin pagar a los terrenos del Festival a plantar sus carpas.

Al día siguiente, frotándose las manos de la alegría, asistían al espectáculo del tropel de la gente, que ya había comprado sus boletos a trece pesos con veinte centavos, y que ahora pugnaba desesperadamente por ingresar, pasando por un pequeño puente, que servía de límite entre el escenario y el río, el cual crecido por el invierno llegaba bramando, estrellándose impetuosamente contra las rocas, elevando muchas veces el caudal de sus aguas contra la cara de la multitud que, aglomerada en el puente y tratando impacientemente de ganar la orilla opuesta, amenaza con derrumbarlo.

Los jóvenes, por suerte, siempre se han caracterizado por la rebeldía contra el orden establecido. Lo único que cambia de una generación a otra son los estilos y los métodos de protesta. Ancón sacudió la cultura de una ciudad adormilada por los rezos y la politiquería del Frente Nacional.

En junio de 1971, el Festival de Ancón sacudió los cimientos de Medellín, los jóvenes estuvieron inmersos en una nueva sensación de hacer parte de una sociedad descomplicada, y bien lejos de normas y patrones de comportamiento, que fue lo que les sobró con la educación religiosa y prohibitiva de décadas anteriores.

Embriagados de libertad, transitaban a sus anchas, por un valle lleno de carpas enlodadas, metidas dentro del barro, porque desde el primer día un aguacero de padre y señor mío, inundó a Ancón. Allí estaban muchos curiosos confundiéndose con los hippies por sus raros atuendos, asistiendo asombrados al río, para ver bañarse a hombres con mujeres desnudas, observando fumar marihuana abiertamente, bailando frenéticamente al compás del rock, en medio del agua.

En la noche ya había cesado la música que congregaba a la multitud frente al embarrado escenario, donde gritaban y desafinaban los conjuntos, pero no la lluvia que ahora en granizada deslizaba verdaderos torrentes hacia el valle, empantanando e inundando las carpas regadas en toda la extensión del territorio.

Los jóvenes de ese entonces tiritaban. El agua seguía cayendo sobre las cabezas, mientras pensaban que mañana estarían de nuevo confundiéndose con los hippies. Irían también desnudos a bañarse al río con la esperanza de dialogar con alguna de las muchachas, sin apartar sus ojos ávidos de las carnes al descubierto. Mañana otra vez, fumarían marihuana, buscarían hongos en los potreros cercanos, tocarían la guitarra o la flauta o caminarían por el valle en alegres grupos, riéndose de todo y por todo, o estarían solos, experimentando ese nuevo mundo mental, esa ventana que acaban de abrir a lo desconocido. Después irían a bailar y a gritar ebrios de libertad, mezclándose con la gente, que salta, palmotea, silba y trata de seguir fragmentos en inglés, acompañando al cantante que se desgañita al frente, imitando los gritos del vocalista de “Led Zeppelin”

El mensaje de Ancón retumbó fuertemente. Medellín dejaba de ser la parroquia conservadora por un festival paradójicamente autorizado por un alcalde conservador, Álvaro Villegas Moreno. Luego vino la represión, los hippies que tuvieron patente de corso por tres días para fumar marihuana fueron arrojados como perros de la ciudad, las buenas gentes de La Estrella y Medellín, con las autoridades religiosas en primera fila, también marcharon en sentidas manifestaciones hacia Ancón, con la Virgen en andas a  bendecir el lugar maldito y hacerle un desagravio al Corazón de Jesús. Las autoridades religiosas colocaron su grito herido en el cielo y el Alcalde debió renunciar, por atentar contra las buenas costumbres de la sociedad paisa.

Pero Ancón partió en dos la historia de la ciudad, antes y después del Festival. Después de Ancón todo cambió en Medellín, ni siquiera los niños de primaria se siguieron motilando a lo soldado, con ese antiguo corte de cabello que dejaba ver de lejos especies de punticos en la parte de atrás de la cabeza, después del motilado devastador y a ras coronado por un copete de mechones sobresalientes, peinado cuidadosamente en la mañana y sostenido todo el día con fijadores y aguapanela. Los niños y los jóvenes empezaron a protestar con el pelo largo.

Después del Festival todo cambió radicalmente: el pensamiento, las costumbres, la moral y hasta la música. Ahora era el rock lo que cantaban en grupo y bailaban frenéticamente. Todo el día escuchaban rock, en las grabadoras, que se convirtieron en inseperables compañeras de los jóvenes, cuando le daban muchas vueltas a los barrios, cantando y moviendo las cabezas al compás de La voz de la Música.

Los jóvenes sacaron a empellones al Corazón de Jesús y las figuras religiosas de sus cuartos. Ahora empapelaban con figuras sicodélicas y sus nuevos ídolos extranjeros. Medellín daba el salto de una cultura religiosa a una anarquía espiritual.

Fue una buena época cuando la juventud vivía una utopía maravillosa y creía cambiar la mentalidad mercantilista del hombre antioqueño, aferrado al signo pesos. Fueron sueños vanos.