Enemigo público número uno.

Carlos Bueno

25 julio, 2021
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Tulio Bayer Jaramillo.

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Durante la década de los años 60 del siglo XX, Tulio Bayer Jaramillo fue considerado el enemigo público número uno del país. Médico, guerrillero. Un vago, un anarquista, un loco, un trashumante, un esquizofrénico que no para en ninguna parte ni se concentra en ningún oficio, dijo de él un amigo o un enemigo, da igual. Quienes lo persiguieron y a quienes combatió, especialmente con su pluma y con su humor negro y corrosivo, poco deben saber del hambre y los avatares a los que lo condujeron, tanto la realidad política, económica y social del país, como su propia personalidad y temperamento francos, abiertos, sinceros más allá de lo recomendable o de lo políticamente correcto.

Bayer escribió varias obras a lo largo de sus casi 60 años de existencia, recorridos entre Riosucio, Caldas, donde nació en 1924, hasta París, Francia, en 1982 donde muere de un infarto cardíaco: Carretera al mar, novela en 1960, publicada por editorial Iqueima de Bogotá. Gancho ciego, 365 días y una misa en la cárcel Modelo de 1964. Carta abierta a un analfabeto político, en 1968 y San BAR, vestal y contratista, 1978, todas en Ediciones Hombre Nuevo de Medellín.

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La medicina y el conflicto social y político, la picaresca colombiana, sus andanzas académicas, laborales y políticas y su lucha contra la Inquisición y el Santo Oficio colombianos quedaron allí registrados, debatidos, estigmatizados, injuriados.

Una enumeración superficial lo muestra como estudiante inquieto; médico joven en Manizales y Estados Unidos; empleado de laboratorios de drogas cuya actividad ilícita y criminal denuncia, doctor de selva y llano, fugaz y casi solitario guerrillero, exiliado en variopintas naciones, escritor de novelas, columnista de prensa, de diatribas políticas, y al final, solitario, impertinente y mordaz, como traductor de literatura científica para editoriales médicas y para algunos de los laboratorios que tanto combatió.

Carretera al mar fue escrita en tiempos de su curiosa y peculiar época guerrillera en el Vichada. Había llegado a aquella remotísima aldea asqueado de la política y los dirigentes y dispuesto a alzarse en armas, pero lo sedujo el paraíso de esa zona llanera excepcionalmente hermosa y la tentación de escribir una novela.

Relevado del cargo de médico, como tantas veces en tantos países y regiones, sólo, sin dinero, un día se aisló. Su casa no estaba del todo deshabitada. Sobre su techo de zinc caían por la noche con estrépito, al que fue acostumbrándome gradualmente, los mangos maduros desprendidos por las ratas, que por la noche se lanzaban al asalto en los frondosos mangos cuyo ramaje se inclinaba sobre su prisión voluntariamente elegida. En el cuarto vecino vivían dos murciélagos con los cuales, puede decirse, que trabó amistad. De día lo visitaba siempre una lagartija. Reemplazaba a la prensa: no decía nada. Sentado en la hamaca, con un cajón por escritorio, aprovechó la luz del día para escribir durante cinco meses Carretera al mar. Ya no le gusta el libro. Cree que le faltó lo que le faltaba a él entonces: unidad, orientación, una filosofía definida. Pero ello no viene al caso. El hecho es que concluido el libro pensó en el editor.

¿Cuál iba a ser el editor? ¿Y con qué dinero iba a viajar a Bogotá en su búsqueda? Tulio Bayer en busca de un editor desconocido, he ahí otra aventura para llenarles la panza a esos cazadores de aventureros que se dedican a disimular su cobardía con vocabulario marxista. ¿Acaso la vida misma no es una tremenda aventura?

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En fin, de vez en cuando venían hasta su refugio pacientes de la vecina Venezuela. Eran sus amigos y eran generalmente muy pobres. La mayoría asistían al puesto de salud ante su negativa de ejercer la medicina. El mismo día que terminó el libro se ganó 20 bolívares en dos consultas.

¿Apelación al zar? Era una idea. Le puso un marconigrama al entonces presidente de la República, Mister Alberto Lleras. Un marconigrama de 40 pesos, el más largo que había pasado entonces el empleado.

Como no tenía otra cosa, creo que lo amenazó con la justicia Divina. Atrincherado en su Acta de Posesión, le reclamó tres meses de salario en el puesto de salud. Ocho días después le giraron el valor de dos meses. Viajó a Bogotá con su manuscrito debajo del brazo.

Recuerda que al marchar hacia el aeropuerto de Puerto Carreño caminando en chancletas, un amigo le preguntó por qué no llevaba puestos los zapatos. No tenía zapatos y le respondió algo que todavía se refiere en los llanos: -¡Es que yo no voy a hacer el viaje a pié. Me voy en avión, camarada!

Se alojó en el hotel Clarigde. Un hotelito central que, como casi todos los de Bogotá, había conocido y al que hoy visitaría con todo respeto. Porque quizás en el último cuarto en donde hizo la pantomima para obtener el dinero necesario para la edición de su primera novela, es posible que empezara a crecer ese personaje que divide en dos la historia de Latinoamérica: Fidel Castro.

Fue pues, en el mismo hotelito en donde estuvo alojado Fidel el 9 de abril de 1948, en donde fingió estar enfermo. Este fue el recurso desesperado, después de vagar durante quince días con unos zapatos nuevos en busca de editor. Se le había agotado el dinero y su decisión era irrevocable: hacer publicar el libro.

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Llamó entonces por teléfono a Bambi, Morelia Angulo, su primera esposa, para la mis en scéne de su buena muerte. Después llamó a sus tías, cinco monjas. Iba a morir en olor de santidad -Y a propósito, ¿a qué huele la santidad?-.

Para conseguir los remedios necesarios a su improbable curación, eran necesarios dos mil pesos. El primero de los contados de su novela. Las monjitas le consiguieron el dinero.

Buscar un editor en Colombia es como buscar un ministro honesto. No existen. Hay impresores, lo cual es distinto. Y aún imponen condiciones al contenido del libro. Se toman la libertad de corregirlo, una vez cerrado el negocio. Hay que contar la experiencia, porque es un libro didáctico:

La primera persona a quien acudió con el manuscrito fue a un amigo rico del café El Automático, de apellido Arbeláez, que le había prometido financiar un libro, si alguna vez llegaba a escribirlo. Editar el libro no le quedaba difícil. Era el dueño de unos talleres de artes gráficas.

Le recordó su promesa y cuando él la recordó a su vez, le dejó el manuscrito sobre el escritorio A los cinco días le dijo que había leído su novela de un solo tirón pero que…

· No es porque yo sea conservador, pero si soy católico.

· ¿No contiene el libro algo contra el dogma católico?

La lógica no funcionó. La razón no era otra que ésta: El libro era un riesgo innecesario para un impresor. Podía disminuirle la clientela, sobre todo la eclesiástica.

Lo que más se produce en este Reyno de la Nueva Granada, tipográficamente hablando, son las novenas. Los libritos místicos, los textos de estudio para colegios privados y oficiales escritos por los religiosos. Esa mercancía es impuesta a los compradores como los radiorreceptores de la Emisora Sutatenza. Están vendidos de antemano. El texto lo impone el profesor, el Padre Rector, el Colegio.

El librito místico a la vez, lo venden casi a la fuerza los misioneros cuando salen en nuestros campos a las santas misiones. Hay pues un mercado asegurado para estos productores de libros y por eso los imprimen,

Y hay una dictadura intelectual en este Nuevo Reyno. Una dictadura todavía más odiosa que la que proclama abiertamente que lo es. La odiosa dictadura capitalista que finge defender la libertad de expresión.

Formalmente, teóricamente, esa libertad existe. Pero en la práctica nadie se atreve a irse contra el orden establecido. En esta dictadura de las ideas hay algo bien singular, los curas son los únicos escritores del mundo que tienen compradores analfabetos para sus libros:

· Yo no sé leer, doctor, pero compré esta novenita porque es muy milagrosa, dicen tantas veces las viejas.

Así pues, que recorrió todas las imprentas en busca de un editor. Nadie estaba interesado. Y el que lo estaba resultaba ser un inquisidor. Además, exigía el pago de la edición. No era un editor.

Halló un impresor. Y no puede menos de estarle agradecido, porque se atrevió a publicar su libro. Le pidió cinco mil pesos por los dos mil ejemplares que se imprimieron de Carretera al mar, según el contrato.

Cuando cerró el contrato y prometió traer el dinero tres días después, fue cuando se fue a morir al hotel Clarigde.

Bien, el único ejemplar del libro es el que reposa hoy en mi biblioteca, el cual lo acompañó por selvas, pantanos, cárceles, y varios exilios. Una dedicatoria de Bayer en 1977 resume su origen: “Al amigo Carlos Bueno Osorio, este incunable, mi primera, única y candorosa novela médico-libertaria, escrita entre Dabeiba y Puerto Carreño, editado en 1960, decomisada por el Batallón Colombia, plagiada por el General enemigo Alvaro Valencia Tovar en su curiosa novela-pastiche-documento político Uisheda diez años después.”

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Vamos a su parrafada más recordada: Carta abierta a un analfabeto político. Las peripecias de su publicación merecen ser recordadas:

Decía Tulio que como fruto del trabajo de una mujer revolucionaria que ha aunado la tenacidad con el entusiasmo, este libro salía la luz pública en la forma clandestina que le corresponde a las multicopias.

Una vez escrito, la primera ilusión fue que llegase a ser publicado en Cuba, Primer territorio libre de América. Por razones que el autor no estuvo en capacidad ni en estado de ánimo de analizar, ello no fue posible.

Por motivos mucho más evidentes, el libro fue sucesivamente estudiado y rechazado en todas las editoriales del Mundo Libre.

La Editorial ERA de México, retuvo el manuscrito durante un año, valiéndose del típico contrato que favorece al editor en detrimento del autor, contrato que hechos posteriores demostraron que no tenía intención de cumplir y que nunca cumplió.

Otra editorial mexicana, Siglo XXI, nacida al calor de la protesta contra la gazmoñería y los inefables intereses creados de otras empresas editoriales, procuró mantener la insostenible contradicción entre su pretendido prestigio revolucionario y su prudencia ante los riesgos. Dio como razón del rechazo el temor de posibles problemas con el gobierno colombiano.

En Francia, Masperó se excusó de traducirlo con variados y endebles pretextos. Ediciones du Seuil, en un informe de florecidas de elogios para el autor, lamentó que la publicación de otros libros colombianos no le permitieran editar el presente. Dicha carta es un modelo del rechazo erudito en el que la mentalidad decididamente calculadora y mercantilista de todos los traficantes en libros se vistió de seda.

En Italia, otro editor que había dado visos de revolucionario, Feltrinelli, rechazó el manuscrito con cortesía comercial.

En España, la edición comenzada a hacer fue recogida por orden del Opus Dei.

El expediente de todos estos rechazos, acumulado en el curso de dos años, por otros aspectos bastantes accidentados para el autor, podría suministrar el tema de otro libro. Un libro que el autor no escribió porque dio por finalizadas las lecciones recibidas en el curso de toda su vida sobre los medios de expresión adecuados a temas y a problemas como los tratados en el libro.

Ante la admirable testarudez de la persona que ha resuelto editarlo, el autor la autorizó plenamente y sin limitaciones futuras a difundir el escrito.

Ello significa que le cedió los llamados derechos de autor hasta la socialización total del planeta, hasta la aparición del llamado internacionalismo proletario y si es necesario un plazo más amplio, hasta la aplicación universal de un sistema político que haya sido capaz de borrar el antagonismo irreconciliable que existe entre la verdad y los peligros de su difusión. Firmado: Tulio Bayer, París, 1968.

 

Este es un ejemplo de los incidentes permanentes que sufrió con las Editoriales:

Señor Bayer,

Al igual que con su primer escrito, Carta Abierta a un analfabeto político he leído con placer e interés Gancho Ciego. Las ideas que le faltan no es lo importante, pero el contrapunteo de descripciones de la prisión y de diálogos del personaje llamado Colombo rápidamente devienen monótonas.

En cuanto al sentido que atribuye al ataque mágico contra la Alianza para el Progreso, hay que estar demasiado prevenido para percibirlo. Hay, en efecto, allí lo necesario para hacer una novela extravagante y de éxito. Pero tiene demasiadas cosas – novela negra, panfleto político, etc.- y la amalgama no esta bien hecha.

Es una lástima, como ocurrió con el primer libro a propósito del cual, creo, hicimos reservas semejantes. Firma Claude Durand. París, 8 de mayo de 1969, Ediciones Du Seuil.

Comentario al margen de Bayer: “es un rechazo, pero tengo la seguridad de que detrás del libro hay un antioqueño del todo el maíz, y que lo hará publicar en francés así tenga que armar una guerrilla en el Bois de Boulogne”. Nunca la formó y su publicación fue, obviamente, en Colombia.

Y a continuación escribió: “Los prólogos denotan siempre una deficiencia. Del lector o del escritor. Así que este libro sale sin prólogo, como debió salir hace trece años. Si alguien tiene algo que aclarar con el autor, único responsable de las aseveraciones contenidas en el libro, búsquenme en esta dirección”, su apartamento en París, donde finalmente murió en 1982.

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CULTURA
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