El sarcasmo en estado de bala de cañón.

Carlos Bueno

21 septiembre, 2021

Entra en polémicas sólo si puedes destrozar al contrario…

Hace cien años ya, Porfirio Barba-Jacob en su aventura periodística mexicana, lo había suscrito como un catálogo ético patas arriba: Escribe no según la inteligencia del lector sino según la tuya propia. Ten convicciones sinceras. Y si no tienes una convicción sincera, que el lector se convenza de que estás convencido. Eso que llamas lector no es más que un niño que quiere ir a la feria. Entra en polémicas pero sólo si puedes destrozar al contrario. Nadie puede impedir que un perro callejero se orine en el monumento más glorioso.

No era original. Tenía ilustres precursores en esas técnicas. En 1832, Francisco de Paula Santander regresa a Santa Fe desde Nueva York cuando ya puede poner en su diario de viaje, secamente, que ha muerto Bolívar. El general aprecia rápidamente las condiciones polifacéticas y ubicuas de Lorenzo María Lleras y a poco, por su instigación, con Florentino González, dirigen La Gaceta de la Nueva Granada y El Cachaco. Dos periódicos ministerialistas, que Santander considera parte indispensable del poder político, herramientas eficaces e intimidatorias. Es la misma tradición de los papeles públicos iniciada por Nariño en La Bagatela.

Un escritor llamado Alberto LlerasGGM-Alberto Lleras C.

Como escribe Alberto Lleras Camargo en su excelente autobiografía Mi gente, eran “papeles diminutos y trabajosamente impresos, para cultivar un género literario y político sarcástico, socarrón, urticante, pueblerino y no pocas veces adulatorio. De extraordinaria y desproporcionada eficacia, si se atiende a su ínfima circulación servían, sin embargo, para que en la capital y en las provincias, los iniciados supieran por dónde iba el agua al molino, leyendo, más entre líneas que en ellas, las reservas del gobierno con sus amigos o el grado de furor con sus enemigos. Santander era muy dado a este estilo y lo cultivaba desde el gobierno, por interpuestas personas, lo cual irritaba a la oposición, que se sentía mal tratada y escarnecida por el primer magistrado, aunque los directores de los periódicos se preciaran de independientes. Dejando caer al unísono con las campanadas del Ángelus, insinuaciones mordaces o calculadas cóleras, presagios y anticipaciones de gobierno. Agentes confidenciales que dirigían los papeles públicos, donde se transparentaba el recóndito pensamiento del jefe del Estado”.

Obvios antecedentes que servirían de aprendizaje a nuestros panfletistas radicales enfrentados a la regeneración de Núñez. Balzac afirmaba: Quien dice panfleto, dice oposición. Todavía no se ha logrado en Francia hacer panfletos en beneficio del poder. Se supone que contra adversarios iguales deben observarse ciertos escrúpulos, ciertas decencias, las cuales quedan abolidas contra el dictador. En espera de la apoteosis; o sea, de su eliminación física, hay que contentarse con el asesinato simbólico; la diatriba, la injuria, la procacidad. Para el indio Uribe, José María Vargas Vila, Diógenes Arrieta o Candelario Obeso la doctrina de Honorato de Balzac, el sarcasmo en estado de bala de cañón era el arma de las diversas oposiciones en Colombia.

Juan de Dios Uribe | Legado Antioquia

Hoy ya resulta superfluo el término panfletario, pues éste cayó en desuso. Su existencia cabe dentro de los límites cronológicos que tuvo la vida de Vargas Vila -1863-1933. Ya en 1930 era no tanto un concepto como una actitud caduca; el panfleto y el panfletario eran anacronismos que, a lo sumo, podían considerarse con benevolencia e ironía; más frecuentemente eran mirados con irritación y con enfado y cualquier contenido político que hubieran podido tener estaba ahogado por el formalismo de una prosa histérica y repelente que dejó unas espléndidas metáforas y definiciones de personajes y situa