Ancón: de un viaje de ácido… al escándalo público.

Carlos Bueno

2 agosto, 2021

 

Tomado del libro El Festival de Ancòn, un quiebre històrico. Carlos Bueno Osorio- CAROLO. Ed. ITM, Medellìn, 2001.

Luz María Montoya Hoyos y Vicky Trujillo

 

En unas vacaciones me fui a San Andrés y allí en un viaje de ácido, tirado en una playa, fue donde se vio en las nubes la formación del Festival. Vi que se formó un escenario, que había como alguien que dirigía allí las cosas, que iban entrando los grupos y llegando la gente. Entonces me dije: esto o es una alucinación o un mensaje.

Inmediatamente se paró, trató varias veces de prender la moto, una de esas 90 cc automáticas que alquilaban en San Andrés, pero no tuvo éxito. Despotricó largo rato contra los tecnicismos, las comodidades y la industrialización y después de pensar que si estuviera en un caballo o en una mula no me habría varado, agarró la moto, la arrimó hasta el acantilado y la observó caer al mar. Fue entonces cuando decidió venirse inmediatamente para Medellín a realizar el Festival.

Y así, en la cabeza de Carolo, empezó a gestarse lo que en escaso tiempo se convertiría en el escándalo más sonado por mucho tiempo en Medellín: El Festival rock de Ancón, un concierto de tres días que hizo persignarse como si estuvieran viendo al mismo diablo a más de un antioqueño, que le valió a Álvaro Villegas Moreno el apodo de Alcalde hippie por haber permitido su realización, que hasta le costó la alcaldía, y que en todo caso, partió la historia de la ciudad en dos, porque Medellín fue una antes y otra después de Ancón.

 

Flautas por molotovs

Organizarlo no fue fácil. Empezando porque cuando Carolo fue a Bogotá a conseguir los músicos, nadie le creíaporque a nadie le cabía en la cabeza que se pudiera hacer un festival de rock en Medellín, capital nacional del puritanismo y la mojigatería.

La cuestión del permiso fue más difícil todavía. Carolo y Ricardo “Cancho” Echeverry se movieron por cuanto despacho existía con el fin de sacar adelante el controvertido proyecto. Finalmente, Carolo, quien hasta un año antes había estado participando en el movimiento estudiantil de la Universidad de Antioquia, les dijo a las autoridades que iban a cambiar las piedras y los cócteles molotov por flautas, bongos y guitarras, para buscar la paz y el amor de toda la juventud. Y ellos se tragaron el cuento.

En total, fueron cuarenta y dos días de organización. Fue algo hecho sin ningún conocimiento, con las uñas. “Todo era cuestión de sentimiento, de vocación, nos uníamos con música en el eslogan de Ancón: Pura cuestión de fe”.

Todo fue una carrera contra el tiempo. Inclusive apenas faltaban tres días para comenzar y Carolo, muy campante, todavía pensaba que los grupos se iban a colocar en aquel morrito. Hubo, pues, que montar a mil el escenario, un tablado con las instalaciones necesarias para conectar los equipos de sonido y las guitarras eléctricas.

La imaginación también jugó mucho papel, pues una de las cosas que más descrestó a los adeptos de Ancón fue la gran cantidad de grupos musicales que tocaron allí durante los tres días. Lo que pocos sabían era que en realidad se trataban de cuatro o cinco grupos a los que les tocó multiplicarse. Salían al escenario con un nombre y después de tocar se cambiaban de indumentaria y de nombre.

Varios de estos grupos estaban conformados por músicos que apenas se enteraban de que iba a haber un festival, llegaban a La Caverna de Carolo, y allí eran apuntados en un cuaderno en el que se hacían listas de bateristas, bajistas, guitarristas y flautistas. Luego, los que compaginaban bien se agrupaban y con equipos prestados ensayaban diariamente en La Caverna. Los demás grupos eran bogotanos como La Banda de Marciano y El grupo de Job.

 

Piojos hippies

Lo cierto es que el Festival tenía muchos enemigos. Si hasta el jefe del DAS decía que con realizarlo lo único que se iba a hacer era traer todas las plagas, los piojos, las niguas y las pulgas, como si antes de existir los hippies ya no existieran. 

Pero, cómo son las cosas, con las críticas negativas que tuvo Ancón, pasó lo mismo que con el libro de Los versos satánicos, que se empezó a vender como pan caliente apenas lo condenó el Ayatollah Jomeini: Igualmente, a Ancón asistieron muchas personas por pura curiosidad de ver todas las atrocidades que decían se iban a cometer allá. Por eso, para Carolo, la mejor publicidad fueron las críticas de La hora católica que decía que al que fuera lo iban a empelotar y que durante los tres días iban a estar en pecado mortal y que merecíamos la excomunión.

Carolo no fue el único que pensó así. De que la mala prensa y la oposición ayudaron mucho al éxito del evento, también está convencido Villegas Moreno. Los carros no cabían en la carretera, pero no para oír rock, sino por presenciar las violaciones y las aberraciones que se anunciaban en los periódicos.

El caso es que a Ancón entraron miles y miles de personas, unas por unos minutos, o por algunas horas, y las demás de tiempo completo, sin que hasta el momento se tenga un dato exacto, aunque se llegó a hablar de 200 mil.

No valió nada, ni el desesperante sol picante que salía hacía el mediodía, ni el duro invierno que convirtió la grama en un lodo traga zapatos. Por el contrario, todo el mundo llegaba allí y lo que querían era tirarse y revolcarse en el fango.

A través de filas y filas interminables en la carretera llegaban gentes de todas las clases sociales, de todas las edades y allí se mezclaban sin distingos. Llegaron candidatos presidenciales que se ponían un sombrero, gafas oscuras y poncho para que no los reconocieran, que aprovechaban el Festival para dar rienda suelta a una fogosa personalidad asfixiada por el acartonamiento.

 

Y todavía no se han ido

¿Curiosos? Todo el mundo, los que quiera. ¿Y hippies? Ni hablar. De todas partes de Colombia fueron apareciendo. Fueron centro de atracción y modelos a imitar. 

Los pelos largos, los zapatos con suela de llanta, las manillas de cuero, el peace and love, las tres puntá, las botas campanas, las correas con el signo de la paz, las flores para mascar, las camisas floreadas y sicodélicas, las figuras pacíficas, flacas, desgarbadas, con jerga y acento raros y pasados a mariguana, hicieron su entrada triunfal en Medellín y en un dos por tres ya eran comunes en todos los rincones. Algunos, los que no se fueron por propia iniciativa, no pudieron escaparse del desalojo que hicieron las autoridades, pues ocho días después de terminado el Festival, no se les veía firmes intenciones, no sólo de irse del parque de Bolívar y de cuanto lugar tuviera algo parecido a bancas.

Otros lograron salvarse y es así como todavía dieciocho años después, nos encontramos con algunos de ellos vendiendo un sinfín de artesanías a lo largo de la avenida La Playa.

Al Festival llegaron también periodistas de diferentes medios y corresponsales extranjeros, a raíz de que lo habían relacionado con el reciente de Woodstock que había marcado un hito en lo que a congregaciones juveniles se refiere.

Hasta Gloria Valencia de Castaño llegó en helicóptero, con cámaras y todo, para dedicarle varios programas detelevisión. Y cómo no, ni modo que faltara el “Grillo Toro, director y dueño de La voz de la música, quien haciendo uso de una inventiva envidiable logró transmitir durante los  tres días en vivo.

 

Por amor al arte

La gente entraba al parque por donde fuera, aunque no hubiera sino un pequeño puente de madera que cedería ante el exagerado peso, sin causar daños. La otra manera de entrar era cruzando a nado el río, negro del mugre, pero no fue impedimento para que cientos de personas lo hicieran y se evitarán pagar los $13.20, caprichoso precio de la entrada a Ancón.

¿Qué cómo lograron tantos dormir tres noches sobre un lodazal de respeto, con la ropa oliendo a mugre revuelta con mariguana y quebrada sucia? Pues por puro amor a la música, porque miles de personas se quedaron internos en Ancón tres días completicos con sus noches, con todas las incomodidades del mundo. De agua potable ni hablar, a no ser la que la gente llevara y la que estuvo repartiendo un día el carro de bomberos. ¿Servicios sanitarios? Menos. ¿Y comida? Pocón más bien, porque nadie, a excepción de un amigo de los organizadores que puso un puestico de gaseosas y pasteles, absolutamente nadie, ni Coca Cola, ni Pepsi Cola que ahora se desbaratan por el rock, quiso poner casetas porque toda esa mano de hippies y greñudos qué iban a comprar.

 

Los gringos criollos

Pero todo importaba nada al lado de las ganas de convivir en paz y amor con tantos hermanos hippies y de escuchar música, que en su mayoría fue improvisada y original. Precisamente, uno de los músicos, Miquillo, con su caperuza verde y su guitarra, puso a prueba la mística de los asistentes, porque es que ¿cuál pelado de los que ahora van a ver a Los Hombres G. o a Charlie García se aguantaría sin protestar a un tipo con una armónica parado durante hora y media en el escenario “haciendo ejercicios yoga en los cuales todos respirábamos al mismo tiempo para formar una verdadera unidad entre todo el público?”

Todos los músicos fueron criollos, a excepción de un norteamericano que pertenecía a un grupo bogotano, pero fue suficiente para que todavía hoy mucha gente piense que al Festival vinieron conjuntos gringos. Lo que pasaba era que hacían un inglés tan desaforado que todo el mundo se preguntaba estos gringos de dónde salieron.

 

Los muertos… De la traba

Según Carolo, fueron muchos los malintencionados. “Como el caso de los compañeros mamertos de la Juco, que les dio por decir que yo me había convertido en agente de la CIA, que estaba patrocinando el Festival. Fueron a Guayaquil, consiguieron camiones y los llenaron de vagos y los llevaron al Festival, con fotógrafos para tomar fotos y decir que aquello era una orgía, y una depravación. Pero nosotros repelimos el ataque. Aunque en Ancón no hubo muertos, hubo gente que tuvo unos viajes de droga tan tremendos que se quedaban veinte o treinta horas tirados en la grama.

Y así transcurrieron las 72 horas del festival. Miles de anécdotas se tejieron allí dentro. Generó opiniones diferentes. Para el alcalde Villegas Moreno “el Festival no dejó nada que lamentar. Vinieron hippies, pero eso no fue nada aberrante para la ciudad, ni tan escandaloso, era gente que obedecía a una corriente que existía en el mundo en ese momento”. Para el padre Fernando Gómez Mejía “el permiso del alcalde fue una actitud de complacencia con un evento que hizo mucho daño, que tuvo una trascendencia maligna, tremenda para los hogares, para la sociedady, especialmente, para la juventud, porque se consumió mariguana, LSD, además de que el Festival tenía mucho que ver con el libertinaje sexual”.

Los más sanos salieron escandalizados por la frescura de esos “hippies mariguaneros y viciosos que se desnudaban y se tiraban al agua como si nada”. Otros, como el hippie Zacarías, que vino directamente del Putumayo para el Festival y que todavía no se ha ido, salieron matados porque “fueron tres días de locura, de fumada, de tomada, donde estaba la buena música, la buena programación”. Los curiosos vieron satisfecha su curiosidad, y los demás, simplemente disfrutaron de la música.

A pesar de las diferentes opiniones, hay algo con lo que todos están de acuerdo: Medellín fue una antes de Ancón y otra después de Ancón.