Ancón 1971-2021.

Carlos Bueno

10 agosto, 2021

La leyenda continúa.

Fotografía: Horacio Gil Ochoa
Fotografía: Horacio Gil Ochoa
Fotografía: Horacio Gil Ochoa

Óscar Domínguez G.

Los abuelos que estuvimos en el festival de Ancón bajo cualquier título hace tiempo claudicamos y nos incorporamos –encorbatados– al establecimiento que juramos derribar. Adiós mechas, guitarras eléctricas, olores sospechosos, libros sobre existencialismo sin leer bajo el sobaco, pintas en las que se mecían altaneras flores que eran la marca de fábrica de la época. Es nostalgia vigente la divisa sesentera de paz y amor. También la doctrina tomada del libro del profeta Jack Kerouac, En el camino: “Sólo se vive una vez. Vamos a pasarlo bien”.

Sobreviven en el cerebro, como pegados con goma, los nombres de quienes se encargaron de ponerle banda musical a esa generación: Joan Baez, Jethro Tull, The Doors, Joe Cocker, Richie Havens, Pink Floyd, Santana, Jimmy Hendrix, Janis Joplin, The Who, Black Sabbath, los divinos Beatles. Quienes nos empantanamos y empapamos en los pequeños diluvios que cayeron sobre ese Woodstock de todo el maíz llamado Ancón, en La Estrella, hace tiempo estamos de regreso al pacífico bolero y al ingenuo bambuco. Para que la claudicación no sea total, mientras el tiempo nos tatúa más y más arrugas en el rostro, les rendimos culto a Mick Jagger y a los demás eternos Rolling Stones. Seguimos pendientes de la línea poética que tira el septuagenario Bob Dylan, quien empieza a ser eterno candidato al Nobel de literatura.

Los que castigaron el cerebro con LSD, coca, cacao sabanero, hongos, pepas, marihuana y yerbas afines cambiaron de menú. La tribu de entonces se aficionó a la dosis personal de valeriana y similares. La cannabis pasó a ejercer oficios más benévolos, por ejemplo, el de remedio contra la artritis y el reumatismo.

Gonzalo Caro, CAROLO.

Ancón, quiebre histórico Si ponemos a funcionar el espejo retrovisor, encontramos que la jerarquía católica se convirtió en inmejorable jefe de relaciones públicas del festival. La publicidad no costó un peso, así que la entrada, que valía insólitos e incómodos 13,20 pesos, fue a dar al bolsillo de los organizadores, que al final perdieron plata: ¡Cuarenta mil pesos! Hicieron nube los colados y disfrazados de testigos de Jehová para que no los reconocieran en la casa. O en el colegio. Tulio Botero Salazar, a la sazón arzobispo de Medellín, soltó toda su artillería contra el aquelarre que convocó a figuras del periodismo como Gloria Valencia de Castaño, don Arturo ‘El Comino’ Abella, Hernando Santos, Germán Castro Caycedo, Juan José Hoyos, Elkin Mesa, Henry Holguín, Francisco Velásquez, Juan José García Posada, ‘Doctor Rock’, Jairo Osorio, Fausto Panesso, ‘Manuel V’ y Jaime González. ‘Nos Tulio’, hablando urbi et orbi, dejó claro que el festival atentaba contra la moral y las buenas costumbres, y lamentó que el entonces alcalde de Medellín, Álvaro Villegas Moreno, de 35 años, hubiera permitido semejante despelote en la ciudad que rezaba más rosarios por metro cuadrado en Colombia.

El joven Villegas, luego gobernador, congresista y presidente del Directorio Conservador, se jugó el puesto y fue más allá: inauguró el festival. “Gracias, maestro”, le dijeron los olorosos organizadores. El contubernio con los jipis le costó el puesto. El “godito” del Villegas jamás se arrepintió de haber dado el permiso, y les dijo a los reporteros: “es el reconocimiento a una acción juvenil que no podemos tapar con las manos”. El influyente padre Fernando Gómez Mejía, encarnación de la inquisición paisa, desde su Hora Católica Arquidiocesana le puso papel carbón a la diatriba del prelado. No quería que sus ovejas se descarriaran. “Estos desvergonzados se van a bañar desnudos en el río”, trinó Gómez Mejía con su voz arzobispal en su programa del domingo.

Germán Castro, enviado especial de El Tiempo, consignó en sus despachos que los habitantes de La Estrella proclamaron en un comunicado que “se trata de una reunión de seres anormales y deshonestos en su máximo (sic)”.

Siquiera se murieron los abuelos

Ofendidos habitantes del Valle de Aburrá pintaron muros con textos inspirados en el poema de Jorge Robledo Ortiz Siquiera se murieron los abuelos. Al lado, los jipis ponían su propia declaración de paz y amor mediante ese “ruido que piensa”: la música, la joya de la corona del festival.

Otro que se salió de la cédula fue el director del DAS, Óscar Alonso Villegas. Pese a su inofensivo bigotico de bolerista, les dio 48 horas a los mechudos forasteros para desocupar la “aldehuela”, como llamó a Medellín el nadaísta Jaime Espinel, ‘Barquillo’. Espinel reclamó para su movimiento la paternidad del famoso des-concierto. Ancón, dijo, fue la prolongación de las veladas en el Metropol, “bar de bandidos” situado en pleno Junín.

Elkin Mesa, enviado especial de Cromos, entrevistó a ‘Carolo’, alias Gonzalo Caro Maya, motor del festival, quien le confesó que la meta era “cambiar los conceptos que se tienen sobre el papel de las instituciones. Que el Estado sirva a la comunidad, no a los intereses de una minoría. Que el poder esté en manos de los capaces, no de los vivos o habilidosos”.

De todas partes vinieron romerías para ver los desafueros y violaciones que se cometerían en Ancón. No hubo tal. Eso sí, la marachafa subió en ese improvisado Wall Street de la traba. Y como el hábito sí hace al monje, la gente bella lucía bluyines desteñidos, vestidos hindúes, botas campana, camisas floridas y sicodélicas, gruesas correas, zapatos de suela de llanta, sandalias, trespuntás, reatas indígenas con el signo de la paz, candongas de plata, collares de chaquiras y chochos. Y poca, poquísima higiene.

Un festival sin memoria

Carolo, gestor de toda esa locura, anduvo en la última feria del libro bogotana promocionando su obra El festival de Ancón, del quiebre histórico a la quiebra histórica, editado por Lealón. El paquete incluye un disco conmemorativo con las voces que cantaron en Woodstock.

Carlos Bueno O., corresponsable del libro e historiador de Ancón, cuenta que de regreso a Bogotá el rockero Manuel V, o Quinto, líder de los mechudos de la calle 60, santuario del rock capitalino, a quien le habían dado en “cadena de custodia” 400 fotos y transparencias, afiches, volantes y otros materiales, le prendió fuego a la pieza donde vivía. Milagro: él fue “lo” único que sobrevivió, informó la Estación 100 de la Policía.

Tiempo después otro material fue remitido a Canadá. Eran grabaciones en Súper 8, 16 y 35mm. La idea era “traducirlo” todo a Betamax. Tampoco funcionó: el hermano de Carolo, destinatario del archivo, murió. Nunca se supo en qué laboratorio quedó la memoria fílmica. Gringos de la Metro-Goldwyn-Mayer, con león y todo, vinieron a filmar un documental en 35mm. Nunca apareció. Codiscos llevó equipo de grabación. Según Carlos Bueno, los responsables de esa tarea enloquecieron.

Queda la memoria y la amnesia de quienes asistimos, yo en calidad de enviado especial de Todelar y como activista. También sobrevive el libro mencionado, y El Pellizco, un cadapuedario que des-orienta Carolo y que aparece cuando Dios quiere.

Alucinar un festival

Carolo (veintidós años entonces) había estado de peregrinación en Bogotá mercando afiches para su anárquica “Caverna” del pasaje Junín-Maracaibo. El azar lo conectó con el fallecido Humberto Caballero (veinte años), Álvaro Díaz Manrique, Édgar Restrepo Caro (también q.e.p.d.) y Manuel Vicente Peña. Manuel Quinto, también recogido por el silencio y convertido luego en adalid de los choferes no matones y en escritor, fue el único “muerto” de Ancón: una sobredosis de cacao sabanero lo puso fuera de combate durante quince horas.

Terminada la fiesta, Carolo se le acercó y le dijo: “nos vamos, esto se acabó, levántate y anda”. Y Manuel “resucitó”. Por ese milagro, y el del incendio en el Chapinero bogotano, sus fans han iniciado el proceso de beatificación de Carolo. Rodrigo Maya Blandón está al frente del proceso.

Cuenta otro biógrafo de Ancón, Gustavo Arenas, Doctor Rock, que los colinos bogotanos aterrizaron los ímpetus de Carolo y lo encarrilaron. Y hubo un festival donde se dieron cita durante los tres días –según datos del alucinado organizador– entre 200 y 300 mil curiosos: quinceañeras fugadas de la casa, enviados especiales, jipis, go-gós, ye-yés, nombres estos últimos tomados de estribillos de canciones de los Beatles.

Según la letra menuda de Ancón, la primera iluminación sobre el festival la tuvo Carolo en San Andrés en un viaje de ácido. Dice que siguió a pie juntillas ese mandato sicodélico. Una veintena de conjuntos de música colina y de protesta contaminaron el sector. Regular la calidad de la música. A los conjuntos les cambiaban de nombre y de ropa para que regresaran al escenario y prolongaran la velada.

La cuota musical la pusieron bandas como La Gran Sociedad del Estado –que abrió plaza–, Los Monstruos, Flippers, Galaxia, Fraternidad, Blacks Stars, Stone Free, Speakers, Ampex, Yetis, Falcons, Terrón de sueños (y faltan datos de varios municipios).

Cuarenta años después, “nosotros los de entonces que ya no somos los mismos” nos tuteamos con proctólogos, urólogos y demás “ólogos” de la costosa medicina prepagada, y pagamos nuestro entierro en cómodas cuotas mensuales. Empezamos a entender que no somos inmortales como nos creíamos. El bisturí ha cortado apéndices que sobraban. Diversas prótesis han remplazado piezas originales. Ennietecemos pacíficamente. Acumulamos tantos almanaques que ya no tenemos necesidad de mentir. Si mucho, aspiramos a merecer el rótulo de “señores”.

UC

Gracias Ancón por la conmoción provocada.

Óscar Domínguez G.

Fotografía: Horacio Gil Ochoa – Archivo Biblioteca Pública Piloto

Fotografía: Horacio Gil Ochoa
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Fotografía: Horacio Gil Ochoa
Fotografía: Horacio Gil Ochoa
Fotografía: Horacio Gil Ochoa