Cita 102.

Carlos Bueno

15 febrero, 2021

 No soy un pederasta. No soy un homosexual. Fui trasvestista. Me repugnan las mujeres. Amé inmensamente a mi madre. Dos hermanas mías fueron monjas. A pesar de esto, no creo en Dios y odio a los curas. No fumo, no tomo trago, no trasnocho, sufro de insomnio, me baño tres veces al día, me cambio de ropa interior y de vestido y de chaleco y de camisa y de corbata tantas veces como me aseo.

Tengo un joyero con treinta anillos de esmeraldas, de diamantes, de topacios, de rubíes y de amatistas. Me lleno los dedos de ambas manos con estas joyas para mirarlas, para gozarlas, para sentirlas junto con la seda de mis camisas pegadas a mi cuerpo, unidas a él, oliendo muis sudores, mis fiebres, mis erizamientos. Vestirme es un rito y desvestirme, otro.  Doblo con cuidado lo que me quito y tomo con devoción lo que pongo. Los frascos de agua de colonia se apretujan en mis armarios.

¿Qué Ramón Palacio Viso fue mi amante? Qué ridiculez. Qué insidia la de los pederastas universales para llevarme al cobijo de sus tiendas…han pretendido que me una a la legión de los vociferantes que claman una limosna y un beso y el amor de los efebos…

Yo no soy el anticristo, como predican los frailes; ni el corruptor de menores, como sostienen los moralistas; ni el pornógrafo, como me sindican los coros de arcángeles con levita y vocación para falsarios. Soy un hombre libre de los prejuicios y delos fanatismos, soy un profeta y un vidente. Protesto, eso sí, contra la injusticia, la desigualdad, la falta de libertad. Protesto y seguiré protestando mientras dure mi vida y aún después de muerto con mi voz bronca y solitaria, contra las dictaduras y los dictadores de todas las especies y pelambres…

Yo soy un masón confeso y excomulgado. Y no me pesa. Me afilié a la masonería cuando apenas tenía veinte años. En mi juventud, ser liberal sin ser masón era un contrasentido. Entré a ella con la romántica idea de hallarle a la vida su razón y su misterio. El culto al secreto y solo ese culto, ha hecho de la masonería ese monstruo indescifrable y brutal que nos ataca con sus fauces abiertas y su fétido aliento. Sus complicadas ceremonias, su gusto por lo simbólico y lo litúrgico. Su excentricidad, sus títulos, sus grados, sus juramentos hiperbólicos, las apariciones de los caballeros del Oriente, de los caballeros de la espada, de los caballeros del templo, los juicios y tormentos que han sufrido gentes, las polémicas religiosas y las bulas papales en contra de su organización, los exilios, las ayudas mutuas, el complicado sistema de reconocimiento y de entendimiento, todo, todo esto formó en mi imaginación una Sodoma y Gomorra, multicolor y prohibida, que me obligó a participar en esa cofradía.

Los años transcurrieron y me olvidé de que era masón. De cuando en cuando alguien me lo recordaba y asistía con cierto dejo de displicencia y de incredulidad a sus reuniones. Participaba en ellas, vestía sus trajes, brindada en voz alta por el Arquitecto Universal y no dejaba de entusiasmarme ante la ingenuidad y el alborozo de mis compañeros de masonería…es bien posible que miles de masones consiguieran sus propósitos iniciales de hacerse ríos, notables, famosos. De mi sé decir que aquella aureola sentimental y romántica que me llevo a esa logia en mis años mozos, se desvaneció sin decepciones de mi parte, porque nunca pretendí, solitario y rebelde como soy, utilizar el triángulo, el compás, los signos, los jeroglíficos y las imágenes de la masonería para mi provecho personal.

Me gustaba eso sí, suscitar la furia y el encono de la iglesia católica y aprovechar sus rencorosas excomuniones para reírme de ellas y contestarlas con un libro más, con una diatriba más, con un panfleto más. Soy en el fondo un niño que no aceptó ni acepta jamás las imposiciones y las reglas de unos padres retrógrados, de una sociedad medieval y una educación troglodita. Nací odiando la negación y la prohibición. La mano o las manos que me castigaron por quebrar una mata, por no hacer las tareas, por violar el bullicio con mi silencio, por pensar con cabeza propia, por no compartir las devociones o las categorías, o las preeminencias, las jerarquías, han sido mis enemigos personales. Por eso soy lo que soy, un ateo, un descreído de los santos y santas y de los misterios de la santísima trinidad. Soy un desengañado. Me considero un muñeco programado por el destino para decir las cosas que no se habían dicho.

Yo rebelde. Yo, hereje. Yo, Vargas Vila.

Mario H. Perico Ramírez

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